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El desafío de la racionalidad

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El nacimiento y desarrollo de la ciencia experimental a partir del siglo XVII ha estado frecuentemente acompañado de polémicas filosóficas, y no pocas posturas filosóficas de la época moderna han sentado, en parte, intentos diversos de solucionar esas polémi­cas. Sin embargo, sólo en épocas relativamente recientes ha llegado a constituirse la filosofía de la ciencia como una disciplina autóno­ma, que ha dado lugar a la aparición de un nuevo tipo de dedicación profesional.

El comienzo de la moderna filosofía de la ciencia puede situar­se en  el año 1929, cuando el Círculo de Viena hizo público su manifiesto ­programático. La actividad del Círculo se tradujo en publi­caciones y congresos que contribuyeron decisivamente a la consolidación de la filosofía de la ciencia como disciplina autónoma. Como consecuencia, esta disciplina nació y se desarrolló bajo el  impacto de la filosofía neopositivista.

Son muchos, en la actualidad, los filósofos que cultivan esa especialidad cuyo desarrollo reciente ha sido considerable. Este desarrollo ha girado básicamente alrededor de unas pocas figuras que han marcado las pautas fundamentales de los temas y enfoques filo­sóficos dando lugar a un amplio movimiento en el cual, a pesar de notables divergencias acerca de problemas específicos, ha existido durante años una gran unidad en cuanto a las posturas filosóficas de base.

Un rasgo común, admitido generalmente en este movimiento, ha sido la  defensa de una «actitud científica» que representaría, en cierto modo, el paradigma de la «racionalidad» y de la «objetivi­dad». En un principio, la actitud científica se presentó, en manos de los neopositivistas, como una superación de la «mentalidad metafí­sica» que sería simplemente ilegítima. Esta actitud extrema fue su­perada posteriormente. Sin embargo, según la perspectiva que llegó a ser predominante, las ciencias experimentales venían considera­das como el modelo de la actitud «racional» y «objetiva» para todo conocimiento válido de la realidad.

No es de extrañar, por tanto, que uno de los temas centrales que se han planteado en ese contexto haya sido precisamente el proble­ma de la «racionalidad», y que buena parte de los esfuerzos se hayan dirigido a proporcionar explicaciones de la racionalidad propia de las ciencias experimentales, considerándola como el ideal que debe­ría ser imitado por toda pretensión cognoscitiva responsable.

Pero, de hecho, las diversas «teorías de la racionalidad» que se han propuesto nunca han llegado a ser suficientemente convincen­tes, y siempre han encontrado serias objeciones por parte de diver­sos representantes de la moderna filosofía de la ciencia. Al cabo de los años, puede advertirse que quizá la única postura admitida ge­neralmente en su seno sigue siendo una «actitud científica» que re­sulta cada vez más difícil de concretar.

Diversos autores han criticado los condicionamientos cientifi­cistas de la moderna filosofía de la ciencia, señalando que esos con­dicionamientos son responsables de la confusión imperante en esa disciplina. Sin embargo, no parece que se hayan llegado a superar completamente los defectos cientificistas. Esa superación exigiría el planteamiento de unas bases metafísicas que permitan dar cuenta del sentido realista del conocimiento en general y del conocimiento científico en particular: sólo desde la perspectiva de una metafísica realista pueden llegar a plantearse adecuadamente los problemas acerca de la naturaleza y el valor del conocimiento científico.

En nuestro estudio examinamos ocho posiciones en tomo al pro­blema de la racionalidad científica. Cada apartado está dedicado mo­no gráficamente a un autor. Hemos escogido ocho autores que pue­den considerarse especialmente representativos del desarrollo de la moderna filosofía de la ciencia. Sin duda, podríamos haber incluido algunos otros, pero nuestra selección ha tenido por objeto proporcio­nar un panorama que permita advertir la continuidad de los proble­mas que tratamos y que, de este modo, pueda resultar útil para el no especialista y esclarecedor para quien se dedica a estos temas.

El enfoque es abiertamente crítico. Hay que advertir que nues­tra crítica se limita a algunos enfoques básicos especialmente im­portantes relacionados con el problema de la racionalidad y que, por tanto, no se pretende negar el valor de muchos análisis concre­tos que se encuentran en las obras de los autores que estudiamos. Convendrá también tener presente que diversos autores dentro de la moderna filosofía de la ciencia han realizado críticas semejantes a las nuestras: la peculiaridad de nuestro trabajo es que intenta poner de relieve las implicaciones de un planteamiento metafísico realista para el correcto enfoque de los problemas que se examinan[1].

 Para mayor claridad, estudiamos cada una de las posturas en su contexto propio, evitando en lo posible incluso las citas de otros au­tores que se han ocupado de los mismos temas: de este modo, espe­ramos conseguir una visión coherente de cada postura.

Dado el enfoque de nuestro trabajo, no pretendemos fundamen­tar ni desarrollar en detalle el punto de vista de una metafísica realista: esta tarea exigiría un planteamiento propio, diverso del que aquí nos hemos propuesto. Existen estudios, tanto introductorios como especializados, acerca de la metafísica realista y de sus implicacio­nes respecto a la teoría de la ciencia, que pueden resultar útiles quien se interese por estos temas[2] Por nuestra parte, hemos pu­blicado una obra en la que se expone de modo sistemático nuestra interpretación del conocimiento científico, analizando sus objetivos, métodos, construcciones, objetividad, verdad y progreso[3].

De todos modos, puesto que las alusiones a la metafísica realis­ta son frecuentes y constituyen una parte importante de nuestras ar­gumentaciones, aludiremos a continuación a algunos puntos que tienen especial relevancia para poder captar adecuadamente nues­tras críticas y sugerencias positivas: No deberá perderse de vista que se trata solamente de exponer sintéticamente algunos aspectos concretos que puedan ayudar, sobre todo al lector menos especiali­zado en los temas filosóficos, a captar el sentido de nuestras argu­mentaciones posteriores: el desarrollo sistemático de una epistemo­logía realista es una tarea más compleja, que puede encontrarse en las obras a las que acabamos de remitir al lector.

Los aspectos que nos interesa subrayar aquí pueden reducirse a cinco afirmaciones, que presentamos y comentamos a continuación.

1) Existen en la naturaleza un orden interno y unas estructuras reales, que puedan ser captados por el conocimiento humano

Esta afirmación implica que la naturaleza posee una organiza­ción peculiar, centrada en torno a pautas[4]. Y también implica el va­lor realista del conocimiento humano, que puede captar la estructu­ra de la realidad.

El realismo del conocimiento es un punto de partida, no una conclusión. Es un dato básico constatable pero no demostrable. Si se pone en duda el sentido básico realista del conocimiento humano, nunca podrá llegar a demostrarse: la demostración de que cono­cemos la realidad es imposible si no se admite de algún modo que onocemos algunos aspectos verdaderos de la realidad, con lo que nunca podrá darse una demostración estricta del realismo del cono­cimiento.

Esto no significa que el realismo deba aceptarse ciegamente. Por el contrario, puede mostrarse que es la postura que corresponde a la estructura del conocimiento humano en su correcto funcionamiento, puede además ser defendido frente a las posibles objeciones, y pue­de mostrarse que su negación conducirá inevitablemente a alguna forma de escepticismo teórico o práctico claramente insostenible.

El desarrollo sistemático de las afirmaciones precedentes da lu­gar a una teoría metafísica de la naturaleza y del conocimiento. La pretensión de fundamentar el valor del conocimiento sobre unas ba­ses diferentes, sin aceptar un realismo básico como punto de parti­da, fácilmente conduce a teorías filosóficas que, cuando son desa­rrolladas coherentemente, llevan a posturas pragmatistas.

Por otra parte, es interesante advertir que la existencia de un or­den interno en la naturaleza, aunque pueda parecer obvia, encuentra frecuentemente una cierta oposición por parte de quienes no admi­ren la existencia de un Dios creador de ese orden, ya que la refle­xión sobre el orden de la naturaleza fácilmente remite a Dios. La metafísica realista, desarrollada coherentemente, conduce a la exis­tencia de Dios como Causa primera del ser, y uno de los caminos que conducen a esa Causa es precisamente la existencia del orden natural.

 2) En el conocimiento humano, es posible alcanzar la certeza en la posesión de la verdad

La verdad pertenece al plano objetivo: las cosas son como son, independientemente de que se las conozca o no por parte del hom­bre. La certeza, en cambio, se encuentra en el plano subjetivo, ya que consiste en la seguridad con que se afirma algo como verdade­ro. Se trata de dos planos diferentes: es posible estar subjetivamente seguros de algo objetivamente falso, y es posible dudar de algo objetivamente verdadero. El problema es cómo justificar la legitimidad de la certeza, o sea, qué garantías existen de que podamos estar seguros de la verdad de nuestras afirmaciones

En último término, la certeza legítima se basa en la evidencia. Existen diversos tipos de evidencia y, desde luego, no siempre será posible llegar a una evidencia suficiente como para alcanzar la cer­teza.

Pero es posible llegar a la certeza legítima en muchos casos. Esto no es sino un aspecto del realismo del conocimiento humano, expuesto en el punto anterior, y cuyo desarrollo requeriría también estudios más detenidos.

En no pocas ocasiones, y debido a un prejuicio racionalista in­justificado según el cual sólo podría admitirse como conocimiento cierto aquel del cual pudieran proporcionarse demostraciones lógi­cas estrictas, llega a afirmarse que todo conocimiento acerca de he­chos es conjetural. En efecto, si se identifica la certeza con la posi­bilidad de demostrabilidad lógica, es patente que en la experiencia humana de los hechos no podría darse nunca certeza, puesto que nos encontramos o bien con hechos contingentes (que podrían ser de otro modo), o bien con hechos necesarios pero de los cuales te­nemos un conocimiento parcial y fragmentario (por lo que no cap­tamos completamente su necesidad).

El prejuicio racionalista surge cuando se pretende que el cono­cimiento humano debiera ser omnicomprensivo y perfecto; al com­probar que de hecho no lo es, la conclusión escéptica es inevitable si se sigue aceptando la caracterización racionalista del conoci­miento humano.

Puede afirmarse, por el contrario, que el conocimiento humano suele ser parcial y aproximativo, pero que no por ello es siempre conjetural: es posible alcanzar la certeza acerca de determinados as­pectos de la realidad, aun a sabiendas de que nuestro conocimiento es parcial (no hay que identificar «parcial» con «erróneo» o «conje­tural» ).

Muchas posturas epistemológicas están condicionadas por in­terpretaciones inadecuadas de este punto, como veremos, y por ello acaban afirmando que la «verdad» es un ideal regulativo del cono­cimiento que no puede alcanzarse en concreto (o, al menos, que no puede saberse si se ha alcanzado), o acaban prescindiendo total­mente de la utilización del concepto mismo de «verdad». Con fre­cuencia, se sigue hablando de la «verdad» pero de modo confuso y poco satisfactorio, lo cual es lógico si se admite el planteamiento racionalista pero se pretende compaginarlo con la afirmación del sentido realista del conocimiento.

 3) Las ciencias experimentales consiguen conocimientos verdaderos

La actividad científica busca y consigue un conocimiento ver­dadero de la realidad. Si esto no se admite, las ciencias experimen­tales quedan reducidas a un plano instrumental: no serían más que un «preámbulo de la técnica», o sea, un conjunto de instrumentos o herramientas conceptuales útiles para conseguir un mejor dominio e la realidad.

Puede objetarse que, aunque la intención realista de la ciencia sea evidente, de hecho los métodos de las ciencias experimentales son sumamente complejos e impedirían que se alcance un conoci­miento verdadero de la realidad: la construcción de los conceptos científicos, los formalismos matemáticos, las técnicas experimen­tales, y la complejidad de las aplicaciones prácticas de la ciencia, aparecen como obstáculos para hablar del sentido realista de la ciencia experimental.

Pero hay que tener en cuenta que no pocas afirmaciones cientí­ficas se refieren claramente a la realidad: así, las que se refieren a la existencia de entidades antes desconocidas, o de propiedades reales de los cuerpos, o de relaciones entre esas propiedades. Las «leyes experimentales» científicas suelen tener una referencia real directa. Ciertamente, el valor realista de muchas afirmaciones científicas ha de ser valorado teniendo en cuenta las condiciones mencionadas anteriormente. Habrá que distinguir afirmaciones con un sentido realista inmediato, otras puramente instrumentales, y entre ambas se dará una amplia gama de afirmaciones cuyo sentido realista será parcial y diverso según los casos.

Frecuentemente, la epistemología se centra en los grandes siste­mas teóricos axiomatizados de la ciencia, y con ello se crea un nue­vo obstáculo para hablar del sentido realista del conocimiento cien­tífico. Hay que advertir al respecto que los sistemas científicos tie­nen una función «heurística» (permiten llegar a nuevos enunciados) y otra de «economía del pensamiento» (permiten manejar de modo mucho más sencillo los conocimientos ya adquiridos). Pero la siste­matización no es un fin en sí misma, sino una ayuda para conseguir los objetivos de la ciencia experimental (conocimiento de la natura­leza sometido a control experimental). Por tanto, aunque los gran­des sistemas científicos tengan una importancia innegable, ha de te­nerse en cuenta que en un mismo sistema pueden encontrarse yuxapuestas afirmaciones claramente realistas (por ejemplo: leyes ex­perimentales), otras puramente instrumentales y otras con un carác­ter intermedio.

En nuestro estudio afirmamos que determinadas posturas epis­temológicas afirman el sentido realista de la ciencia, pero adoptan posturas que de hecho, si se desarrollan de modo coherente, son in­compatibles con el realismo. Esto suele suceder debido a los moti­vos recién mencionados: si se pone demasiado énfasis en las pecu­liaridades de los métodos científicos, se llega fácilmente a ese tipo de dificultades.

Un desarrollo más detenido de los problemas relacionados con el sentido realista de la ciencia exigiría el análisis detallado de los problemas cuyo enfoque y solución quedan aquí esbozados simple­mente.

4) Existe continuidad entre el conocimiento científico y el cono­cimiento ordinario

El cientificismo, interpretando equivocadamente el éxito de la ciencia, la considera como paradigma de todo conocimiento válido. El «conocimiento ordinario» quedaría entonces reducido a la condi­ción de un primer estadio que es superado con el progreso de la ciencia. En el mejor de los casos, se llega a admitir que existe entre ambos tipos de conocimiento una continuidad, pero afirmando que en la ciencia se da de un modo perfeccionado el proceso del cono­cimiento ordinario, de tal manera que éste ha de ser siempre valora­do en función de la ciencia.

Afirmamos ahora que la ciencia supone siempre el valor propio del conocimiento ordinario y se apoya en él.

El conocimiento ordinario no es sólo un punto de partida para la ciencia (desde luego, lo es). Además, el empalme de la ciencia con la realidad se efectúa mediante conceptos del conocimiento or­dinario. Más aún: los cánones de validez del conocimiento científi­co no son esencialmente diferentes de los del ordinario; la eviden­cia, la observación, la abstracción, la inducción, la inferencia de­ductiva, etc., se dan básicamente del mismo modo en ambos casos, aunque haya que tener en cuenta las peculiaridades de los métodos científicos a las que hemos aludido anteriormente.

Todo ello hace ver con mayor fuerza todavía que, para valorar el conocimiento científico, es importante disponer de una teoría del conocimiento en general construida sobre una adecuada base meta­física. Si se deja de lado este aspecto imprescindible, será imposible caracterizar correctamente la naturaleza del conocimiento científico­. y la teoría de la ciencia se verá abocada a dificultades insupera­bles. Esto sucede, en diversos grados, en las posturas que examinaremos.

Podría objetarse que el desarrollo de la ciencia modifica las imagenes de la realidad «pre-científicas», lo que vendría a probar que la ciencia posee una superioridad sobre el conocimiento ordinario. Pero hay que tener en cuenta que las modificaciones introduci­das por la ciencia se refieren a aspectos de la realidad acerca de los cuales el conocimiento ordinario se encuentra con limitaciones ob­vias, pero no afectan a los aspectos sobre los que existe una eviden­cia suficiente. Por tanto, una teoría del conocimiento humano se revela imprescindible para abordar con suficientes garantías la filosofía de la ciencia.

Uno de los aspectos más importantes de la teoría del conocimiento  que conviene resaltar es la continuidad entre el conocimiento sensible y el intelectual, lo cual implica un enfoque adecuado de los problemas de la abstracción y de la inducción. Precisamente, la moderna filosofía de la ciencia adolece por lo general de serias lagunas al respecto, lo que motiva múltiples dificultades. La inducción es frecuentemente concebida como simple inducción por enu­meración; entonces, su justificación es imposible, por lo que suele concluirse erróneamente que la inducción no desempeña papel al­guno en el conocimiento científico; la consecuencia de ello es que el sentido realista de la ciencia queda en suspenso, ya que todo co­nocimiento de la realidad se apoya de algún modo en una inducción por la cual se pasa de los datos sensibles concretos al conocimiento de las propiedades generales.

No es aventurado afirmar que una buena parte de la moderna fi­losofía de la ciencia parte de unos planteamientos de tipo raciona­lista y empirista en los que se establece una separación tal entre el conocimiento sensible y el intelectual, que se hace imposible soste­ner coherentemente el valor realista del conocimiento científico. 

5) La ciencia supone una metafísica realista

La actividad científica tiene un sentido claramente realista: sin una referencia a un orden real extra-mental que se intenta conocer, la ciencia no tendría ningún sentido ni podría existir. Así, toda acti­vidad científica es realista al menos implícitamente.

Puede suceder, desde luego, que quien trabaja en la ciencia no piense explícitamente en el sentido realista de su actividad, pero ese sentido siempre se encontrará implícitamente presente en su trabajo.

Hay que distinguir la actividad científica real, de las interpreta­ciones filosóficas que los científicos o los filósofos pueden hacer de los resultados de esa actividad o de sus métodos. No es raro, en efecto, que científicos o filósofos defiendan interpretaciones de la ciencia que son incompatibles con su sentido realista: tales interpre­taciones filosóficas no deben confundirse con los resultados válidos alcanzados por la actividad científica.

El hecho de que la actividad científica suponga el realismo no significa que el científico como tal deba admitir explícitamente todo el desarrollo de una metafísica realista. Lo más frecuente será que el científico se dedique a su tarea sin pensar expresamente en consi­deraciones filosóficas, aunque, de hecho, su actividad suponga im­plícitamente unas bases realistas. Las ciencias experimentales no son temáticamente filosóficas, aunque contengan ineludiblemente supuestos filosóficos realistas. Pero el análisis de la naturaleza y valor de la ciencia -la «filosofía de la ciencia» habrá de contar necesariamente con una base metafísica realista si quiere plantear los problemas filosóficos con un mínimo de garantías.

Por otra parte, hay que distinguir el trabajo científico ordinario, en el que se trabaja sobre unas bases admitidas comúnmente, de las fases creadoras verdaderamente de la actividad científica, en las que llegan a proponerse nuevas concepciones acerca de determina­dos aspectos de la realidad. La creatividad científica implica nuevas visiones de la realidad que no tendrían sentido fuera de un contexto realista.

Estos cinco aspectos de una teoría realista del conocimiento ayudarán a comprender el alcance de nuestras críticas y sugeren­cias. Pero su desarrollo sistemático nos llevaría fuera del objetivo que nos hemos propuesto. Por ese motivo, hemos preferido limitar nuestras reflexiones filosóficas a los aspectos más básicos, evitando análisis que complicarían excesivamente el desarrollo de nuestro objetivo y restarían claridad a la exposición.

Una base metafísica realista no garantiza sin más que los enfo­ques concretos de la filosofía de la ciencia sean correctos, pero constituye una base imprescindible para que los problemas se puedan plantear correctamente. Por tanto, cuando insistimos en la nece­sidad de una metafísica realista, no hacemos más que señalar la dirección básica que debería seguir un enfoque epistemológico adecu­ado. El desarrollo sistemático de una filosofía de la ciencia orientada en esa dirección supera los límites del presente trabajo, pero se encuentra en otros trabajos a los que ya hemos aludido[5]

ARTICULO DE MARIANO ARTIGAS

[1] Los científicos también se han lamentado. en ocasiones, de la minusvalora­ción a que queda sometida la verdad científica en algunas interpretaciones que analizamos en nuestro trabajo. «En un ensayo publicado en Nature en 1987, dos fí­sicos se quejaban de que el escepticismo público hacia la ciencia no dejase de crecer.­ Atribuían esta corrosiva tendencia a cuatro filósofos que habían atacado las ideas tradicionales de verdad y progreso científico: Karl R. Popper, que propuso que las teorías nunca pueden ser probadas, sino tan sólo falsadas; lmre Lakatos, que sostenía que los científicos se niegan a aceptar pruebas que vayan contra sus teorías; Thomas S. Kuhn que arguye que la ciencia es una actividad más política que racional, y Paul K. Feyerabend. Distinguían a Feyerabend llamándolo “el peor de la Ciencia en este momento'»: J. Horgan. «Paul Karl Feyerabend: El peor enemigo de la ciencia», Investigación y Ciencia. n.º 201 (junio 1993). p. 36.

[2] Pueden consultarse, por ejemplo. los siguientes: R. Verneaux. Epistemología General o crítica del conocimiento. Herder. Barcelona 1971; C. Cardona. Metafísica de la opción intelectual. 2.° ed .. Rialp. Madrid 1973; J. Pieper, El descubrimiento de la realidad. Rialp. Madrid 1974; J.J. Sanguinetti. La filosofía de la ciencia según Sanlo Tomás, Eunsa, Pamplona 1977: S.L.laki. The Road of Science and the Ways to God, The University of Chicago Press. Chicago 1978; A. Llano, Gnoseología, Eunsa. Pamplona 1983; E. Forment, Filosofía del ser. PPU. Bar­celona 1988 y Lecciones de Metafísica. Rialp. Madrid 1992.

[3] Se trata de: M. Artigas. Filosofía de la ciencia experimental, 2° ed., Eunsa, Pamplona 1992. Otros aspectos relacionados con los temas que aquí se tratan se encuentran en: E. Agazzi-M. Artigas-G. Radnitzky, «La fiabilidad de la ciencia". Investigación y Ciencia. nº 122 (noviembre 1986), pp. 66-74; M. Artigas, «Objec­tivité et fiabilité dans les sciences", en: E. Agazzi (ed.). L' objectivité dans les di­jférentes sciences, Editions Universitaires, Fribourg (Suisse) 1988, pp. 41-54; M. Artigas, «Three Levels of Interaction between Science and Philosophy", en: C. Dilworth (ed.). Intelligibility in Science. Rodopi, Amsterdam 1992, pp. 123-144. En el apartado dedicado a Popper se citan otros estudios que hemos dedicado a es­te autor.

[4] Se encuentra un estudio sistemático de este aspecto fundamental de la natu­raleza, así como de sus implicaciones, en: M. Artigas, La inteligibilidad de la na­turaleza, Eunsa, Pamplona 1992.

[5] Especialmente en nuestra Filosofia de la ciencia experimental, cit. Nota 3

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