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Evolución y teología

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Visión cristiana y visión evolucionsta del mundo[1]

 

Todavía hoy nos encontramos con personas, cristianas o  no, convencida que la teoría de la evolución es contraria al  modo de pensar cristiano. En efecto, cuando hace un siglo tomó cuerpo la teoría científica de la evolución, hubo algo que pudo crear esta convicción. Juzgando con nuestra mentalidad moderna, no parece, sin embargo, que se haya tratado de un enfrentamiento entre la teoría de la evolución y la concepción cristiana del mundo; más bien parece que haya habido un enfrentamiento, a veces duro, entre ciertas formas de hacer ciencia y ciertas formas de hacer teología. La teoría de la evolución considera el desarrollo de la vida sobre la Tierra como una gradual evolución de las especies vivas desde formas primitivas de hace algunos millones de años hasta las estructura enormemente complejas y rica de espontaneidad y de psiquismo de nuestros días, incluido el hombre.

Efectivamente, ya entonce los datos y los descubrimientos de fósiles de la paleontología, incluso respectos a la forma prehumanas, llevaban a una visión evolutiva del desarrollo de los seres vivos.

Nació en seguida un fuerte contraste con la concepción tradicional, derivada, se creía, de la descripción bíblica de la creación, es decir, que Dios había creado las diversas especies una por una.

A decir verdad, si también  se quisiese atribuir a la descripción bíblica cierta intuición científica, esta no se alejaría de un concepto evolucionista. En el Génesis se dice que Dios mandó a las aguas y luego a la tierra que generasen todo tipos de planta y de animales, y llegando al hombre, Dios sacó su forma del barro insuflándole luego el espíritu de vida y haciéndole a su imagen. Por tanto, de cara a la mentalidad de hoy, la descripción bíblica sugeriría más bien una concepción evolucionista de la creación.

A pesar de esto, los antievolucionistas se apoyaban mucho en la Biblia; y por estos, la teoría de la evolución ha tenido muchas disputas con la teología, especialmente en lo que respecta al origen del hombre. Todavía hoy en algunos puntos el problema no parece que se haya esclarecido totalmente, sobre todo por que hay todavía algunas incertidumbre sobre los límites entre la competencia de la ciencia y de la teología.

En teoría el asunto pareciera ser extraordinariamente sencillo.

Se sabe que la teología es una ciencia, que, a la luz de la fe, tiene como objeto estudiar los datos de la tradición. Siendo una ciencia, se mueve, como las demás ciencia, según las reglas de la inteligencia humana, y se reciente, por tanto como ésta de sus límites. Además las escrituras nos transmiten la palabra de Dios expresadas en concepciones y expresiones ligadas al lenguaje, a las tradiciones y la visión del mundo propias del ambiente histórico y cultural en el cual la revelación ha tenido lugar. El teólogo, por tanto,  si quiere atenerse al lenguaje de Dios, tiene que saber distinguir el contenido del mensaje mismo, del contexto en el que ha sido expresado.

Y es aquí donde la teología manifiesta en cada época, a pesar de sus límites, también su capacidad de progreso, como las demás ciencias. Más aún, la teología se sirve de la contribución de la demás disciplinas humana, como la filosofía, las ciencias histórica, antropológicas, psicológicas, lingüística y a menudos también paleontológicos y físicas para resolver cuestiones no exactamente de su pertenencia y despejar así su campo de problemas que no son suyos.

Pero esto sucede a menudo no sin haber superado contrates aparentes con dichas ciencias. Por otra parte, cada contraste estimula a los teólogos a distinguir el contenido revelado de las Escrituras de ciertas superestructuras que a veces le están tan adheridas y que parecen esenciales para este.

Esto ha sucedido y está todavía sucediendo en la relación que la teología ha tenido y tiene con la teoría científica de la evolución por todo lo que se refiere a la realidad humana.

Son muchas las ciencias que se refieren al hombre como tal. La teoría de la evolución en particular se interesa al  modo como el hombre ha aparecido sobre la Tierra. Por otra parte, también la revelación divina contenida en las Escritura ciertamente quiere decir algo fundamental sobre esta realidad. Y es aquí donde, por falta de claridad, puede surgir equívoco y choques. Ahora ya está fuera de duda para todos que las Escritura no intenta darnos conocimiento de tipo científicos. Los famosos y controvertidos capítulos primeros del Génesis que se refieren a la creación de las cosas, de los animales y del hombre, ciertamente no son un tratado ni de cosmología, ni de paleontología…

Pero no ha sido fácil comprender en los siglos pasados. Hasta que la ciencia en su progreso no ha descubierto algo nuevo, sea respecto a la estructura del universo, sea respecto al desarrollo histórico de la vida, o respecto de la naturaleza de la vida humana misma, no existía ninguna razón para pensar que las cosas serían de forma distinta como se había pensado siempre, creyendo deducirlo de las Sagradas Escrituras y e cuanto habían dicho los científicos y filósofos. Pero, y aquí ha venido el lío, dado que aquellas concepciones se atribuían a las Escrituras, estas misma acababan de ser considerados objetos de revelación divinas. Este  equivoco hizo nacer en 1600 aquel conflicto entre ciencia y teología que todos conocemos.

Pero, esto debe admitirse, también la teología como ciencia progresa y se esfuerza por distinguir el revestimiento de la revelación divina, de la revelación como tal, tratando de conocer cada vez más el contenido genuino. Respecto del argumento del que hacemos, este esfuerzo hoy se dirige precisamente a distinguir lo que sabemos o podemos saber sobre la realidad humana por la ciencia y lo que sabemos y tendremos cada vez más que comprender por la revelación.

Los datos de las ciencias paleontológicas, biológicas y psicológicas ahora ya muestran la realidad humana estrechamente ligada a las realidades vivas que le han precedidas. La paleontología, incluso estando bien alejada de haber constituido  un cuadro claro y seguro de los procesos evolutivos desarrollados en la Tierra en el pasado, posee datos más que suficiente para demostrar una progresión constante en el desarrollo y valor de las realidades vivas. Y a pesar de poder estimar científicamente que el conjunto entero de la evolución terrestre tendría como fin exclusivo el hombre, en particular ha sido posible individualizar, como hemos vistos, entre el haz de la línea evolutiva de desarrollo de los últimos cincuenta millones de años, aquellas que directamente han conducido a madurar la realidad humana para llevarla hasta el hombre moderno.-

Ahora, en la reciente historia del hombre (reciente por así decirlo; ¿pero que son tres o cuatro mil años de cara a  todas las épocas de la evolución?) ha surgido- también progresivamente- un hecho: el de la revelación. Y la revelación no ha manifestado sólo Dios al hombre, sino ha hecho que se conozca a si mismo, le ha revelado su identidad profunda vista en su relación final con Dios 6y el designio entero de la creación.

Y este punto que la ciencia cede su puesto a la teología. El hombre se revela como una realidad indescriptible sólo en términos de ciencia. En el hombre la evolución ha sufrido un salto de trascendencia de orden bastante distinto de los saltos de trascendencias comunes que se verifican entre un nivel y otro del proceso evolutivo.

Es justamente en lo que respecta a este acto final de trascendencia al surgir de la realidad humana en el mundo, donde el magisterio eclesiástico y, por tanto, la teología, ven revelado por la Sagrada Escritura una especial relación creativa con Dios.

Además de los motivos de orden teológicos, que veremos, hay motivos también de orden filosófico que podrían pensar en esto.

Mirando el proceso evolutivo anterior al hombre se ve que cada grado sucesivo contiene al precedente y lo trasciende. También en el hombre se ha verificado esto, en el sentido de que el hombre recapitula en sí todas las fases precedentes y la trasciende.

Pero la trascendencia del hombre es muy particular; no sólo trasciende al escalón anterior, sino que trasciende al sistema entero que lo ha producido. Por lo cual el hombre con el pensamiento se pone intencionalmente también fuera, y emite un juicio de valor sobre el conjunto de la evolución; es decir, puede hablar de evolución.

Esta trascendencia respecto a la totalidad de la evolución no podría ser lograda si el hombre fuera solamente fruto de la evolución. Por tanto, hay que pensar que esta trascendencia le viene al hombre de una relación especial con lo absoluto (que nosotros llamamos Dios) no parece derivable-estando siempre en el plano filosófico- de un proceso evolutivo, sino del mismo absoluto. En este sentido se podría entender filosóficamente, la intervención de Dios al emerger el homo sapiens[2].

Por esto se podría pensar que el hombre no fue hombre cuando comenzó a descubrir instrumento y a usar fuego…, o al manifestar un cierto tipo de finalidad…, sino que la realidad humana sería tal por la entrada del absoluto (y, por tanto, por una decisión del absoluto, no por el continuo empuje desde la base) en su sistema de conocimiento; es decir, con la autoconciencia, en el sentido más profundo de esta palabra. Santo Tomás decía que “el hombre es el horizonte entre lo relativo y lo absoluto”; quería decir que el hombre es el punto en el cual lo relativo toca lo absoluto.

En ese sentido se podría llevar muy adelante este tema, para llegar a perspectiva bastante interesante; pero nos estaríamos desviando por considerar el problema según una visión específicamente cristiana del mundo. Sobre el plano científico y filosófico se puede admitir todo: que de trascendencia en trascendencia la realidad prehumana haya madurado por lenta evolución de los procesos vitales; que también el conocimiento y la racionalidad siguieron el mismo procedimiento de progresiva maduración; que se pueda por tanto comparar (por analogía) el desarrollo de esta capacidad de conocimiento con el desarrollo de conciencia que se verifica en todo individuo humano desde su concepción a su madurez…

Pero la visión del hombre, según la visión de la teología cristiana, especialmente si la relacionamos con San Pablo y los antiguos padres de la Iglesia, considera en el hombre otro tipo de trascendencia, verdaderamente absoluta y ligada de forma directa con Dios.

Y si aquí se quiere hablar de evolución, es preciso hablar de evolución desde un plano absolutamente distinto, no comparable con la de evolución considerada por la ciencia y la misma filosofía. En este punto no sólo la evolución del hombre se trasciende así misma por que el hombre la engloba y la mira referida a lo absoluto, sino esta se convierte en un proceso de “divinización”; es paradójico, que el hombre esté llamado a ser Dios.

En las interpretaciones de los Padres griegos, cuando, según el relato del Génesis, Dios sopló el espíritu de vida sobre el hombre, se trató de una infusión de gracia. Según estos, esta infusión, sucedería en la perspectiva de llegar a ser Cristo, de la divinización de todo el universo. Aquí sucedería el salto a otro plano en el cual, sin embargo, encuentra significado y realización todo el proceso evolutivo de la creación precedente.

Desde el punto de vista teológico, por tanto, sin esta intervención de Dios el hombre no sería hombre. San Pablo escribe (1ª Co 15): “El primer hombre, Adán, llegó a ser un ser vivo; el último Adán es espíritu vivificante. No es primero lo espiritual, sino lo animal…

El primer hombre, sacado de la tierra, es terreno; el segundo hombre del cielo es celeste” según San Pablo, por tanto, la intención de Dios es el hombre “espiritual”, el hombre de la gracia; pero lo ha realizado- podríamos decir- a través de todos los pasos entre lo que está el del hombre animal. Pero el hombre verdadero es aquel que por Cristo se une al Espíritu Santo y vuelve al Padre.

Y es aquí donde surge la persona humana. San Gregorio de Niza decía que el hombre es un ser creado por Dios para llegar a ser persona en Cristo. Esta forma de pensar es cada vez más común en la teología moderna: Cristo es la realidad que personifica al hombre; el hombre es hombre si es Cristo. Es esto, en esencia, lo que quiere decirnos, entre otras cosas, la teología de los primeros capítulo del Génesis.

Quizás lo que ha contribuido en la teología a confundir las ideas sobre el hombre ha sido el hecho de no estar suficientemente diferenciado de cualquier tipo de filosofía. Sobre este plano a podido verificarse el choque con las demás ciencias.

Pero la visión global del hombre se logra en un plano en el cual las ciencias y las filosofías, por principios, no se pueden oponer. Y si la ciencia y la filosofía pueden afirmar que pueden dar, sobre un cierto plano, una visión global del hombre a su manera, la teología debe decir lo mismo sobre su plano que comprende y trasciende a los demás: sobre el plano de Dios, de la cristificación, en el que el hombre se realiza sólo en Cristo.

Por tanto, en teología, la distinción entre finalidad sobrenatural del hombre y del cosmos (más cómoda como método de estudio), si no es bien comprendida, puede confundir ideas. Si queremos ir a ver el fundo de la realidad- en la intención de Dios-tenemos que pensar que no puede existir una finalidad que no sea Cristo. Por tanto, el hombre es hombre si es Cristo.

Para volver a la relación entre la visión cristiana del mundo y la visión científica evolucionista, podemos decir que no existe y no puede existir una contradicción. Más bien, la visión científica tendría que elevarse y sumergirse en la cristiana como la cima de una montaña se sumerge en las nubes del cielo. Las escrituras nos habla de las misma realidades (cosmos, hombre…), pero sobre una dimensión superior que envuelve y trasciende la dimensión científica.

El acto final en el cual se realiza la realidad humana es su relación personal con el Padre: es el momento en el cual, como dice San Pablo, el espíritu de Dios en él, le hace decir “Abba, Padre…”.

 



[1] Pasolini, P. Op. cit

[2]  N. Del T.: El mismo argumento que aquí se emplea sobre la emisión de juicios de valor que el hombre es capaz de objetivar sobre la realidad misma de su existir y del ser de las cosas condujo a Piero Passolini, años después  de la publicación de la primera edición de este libro, a una espiritual interpretación del famoso teorema matemático de Godel aplicado a los mecanismos que rigen los procesos de pensamiento de la mente humana, publicada en ensayos por la revista italiana de cultura  Nuova Umanita

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