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La finalidad natural I

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Indice de Temas

 

1. Naturaleza y finalidad 1.1.El concepto de finalidad

1.2. Tipos de finalidad

a) La finalidad subjetiva

b) La finalidad objetiva

1.3. Los problemas de la finalidad natural

 

2. La finalidad en la naturaleza

2.1. Dimensiones finalistas de la naturaleza

a) Direccionalidad

b) Cooperatividad

c) Funcionalidad

2.2. Existencia y alcance de la finalidad natural

a) La finalidad como categoría cosmológica

b) El ámbito de la finalidad natural

c) Finalidad y perfección

2.3. La explicación de la finalidad natural

a) Explicaciones naturales

b) Explicaciones metafísicas.

 

3. La finalidad natural ante las ciencias

3.1. La finalidad en el nivel físico

3.2. La finalidad en el nivel, biológico

3.3. Finalidad y auto-organización

 

4. Las objeciones anti-finalistas

4.1.Incognoscibilidad

4.2. Inutilidad

4.3. Imposibilidad

4.4. Ilegitimidad

 

5. Interpretaciones filosóficas de la finalidad natural

5.1. Aristóteles: la causa final

5.2. Tomás de Aquino: finalidad, creación y providencia

5.3. Bacon y Descartes: ciencia y anti-finalismo

5.4. Kant: la finalidad como idea regulativa

5.5. Hartmann: la crítica del pensar teleológico

 

La finalidad natural ocupa un lugar central en la reflexión acerca de la naturaleza. Desde la antigüedad hasta nuestros días, las principales diferencias de opinión en la filosofía de la naturaleza se refieren, en buena parte, a este problema. Los «finalistas» afirman que en  la naturaleza existe una direccionalidad que se debe interpretar como finalidad; esta posición corresponde a la actitud natural del hombre ante la naturaleza, y empalma fácilmente con la afirmación de una providencia divina que gobierna el curso de los fenómenos naturales. En cambio los «anti-finalistas» niegan que exista finalidad en la naturaleza o, al menos, que podamos conocerla, y suelen rechazar la existencia de la providencia divina; sus argumentos pretenden apoyarse, con  frecencia en el desarrollo de las ciencias.

Debemos delimitar, ante todo, qué se entiende por «finalidad natural» y cómo pueden tratarse los problemas que a ella se refieren; este es el objetivo del primer apartado. En el segundo se muestra que existe finalidad en la naturaleza, y se determina su alcance y su explicación. En el tercero se examina la finalidad natural a la luz de las ciencias. En el cuarto se analizan las principales objeciones que suelen oponerse contra la finalidad natural. Por fin, en el quinto se estudian algunas interpretaciones, tanto favorables como contrarias a la finalidad natural, que tienen especial importancia en el ámbito filosófico.

 

1. Naturaleza y finalidad ,

 

El concepto de finalidad es muy amplio y se aplica a un amplio espectro de problemas. Consideraremos, en primer lugar, los aspectos de la finalidad que tienen especial importancia para estudiar la finalidad natural, y a continuación explicaremos qué significa la finalidad natural y cómo abordaremos su estudio.

 

1.1. El concepto de finalidad

La noción de «fin» tiene tres sentidos principales: «término de un proceso », «meta de una tendencia », y «objetivo de un plan »

En primer lugar, el fin designa el «término» de algo. Si se trata de entidades, el fin se refiere a sus límites (el final de un libro o de un camino, por ejemplo). Si se trata de procesos que se desarrollan en el tiempo, el fin designa la última fase con la cual terminan o finalizan (el final de la lectura de un libro o del recorrido de un camino, por ejemplo). Estos dos fines son aspectos de una misma realidad, considerada en su aspecto estático o dinámico: el final de un proceso es una entidad o, en general, un estado de cosas al que se llega a través del proceso. Aquí nos interesa subrayar el dinamismo y la actividad; en este sentido, la finalidad significa «término de un proceso».

En segundo lugar, el fin es la «meta» hacia la cual «tiende» una acción o un proceso. Este  sentido se añade al primero: no todo término es una meta, pero toda meta es el término de una tendencia. El concepto de finalidad se encuentra estrechamente relacionado con el de «tendencia», que sirve como criterio para reconocer la existencia de la finalidad. ene ste sentido, la finalidad significa «meta de una tendencia»

En tercer lugar, cuando el término se alcanza mediante una acción voluntaria, es la meta de un proyecto deliberado, el «objetivo» que se busca mediante la acción. este tercer sentido supone los dosprimeros, y les añade la intención del sujeto. Este caso sólo se da en sujetos libres, capaces de proponerse objetivos. en este sentido, la finalidad se identifica con el «objetivo de un plan».

Utilizaremos ahora estas ideas para delimitar qué entendemos por «finalidad natural» y para mostrar qué problemas plantea.

 

1.2. Tipos de finalidad

 

Nuestras consideraciones se centrarán en la finalidad que se da en los seres naturales y que no está provocada por el conocimiento, bien sea porque se trate de seres que no poseen ningún tipo de conocimiento, o porque se trate de procesos que, si bien existen en seres capaces de conocer, se realizan de modo automático sin que intervenga el conocimiento. Distinguiremos, por tanto, la finalidad «subjetiva», provocada por un conocimiento del fin, y la «objetiva». independiente de ese conocimiento. Además, dentro de la finalidad objetiva distinguiremos la finalidad «artificial», que se da en los artefactos, y la «natural», propia de los seres naturales.

 

a) La finalidad subjetiva

 

Denominamos finalidad «subjetiva» a la que responde a la intencionalidad de un sujeto, o sea, a una acción que se basa en un conocimiento del fin. En este caso, la finalidad consiste en la búsqueda de un objetivo, y se da en una acción mediada por el conocimiento intelectual o sensible. Puede denominarse también finalidad «intencional».

No analizaremos ulteriormente las diferencias entre la actividad intencional de los seres inteligentes y la de los simples animales; no es necesario hacerlo, porque no nos ocuparemos de ninguno de los dos casos. Nuestras reflexiones se centrarán en las acciones y procesos que se desarrollan, por así decirlo, de modo «automático».

Podría objetarse que, en cierto modo, cualquier acción natural supone algún tipo de conocimiento; en efecto, incluso los seres físicos y químicos «conocen» las circunstancias en que se encuentran y actúan de acuerdo con ese «conocimiento». Pero el término «conocimiento» se utiliza en ese caso de modo metafórico: no se trata de acciones deliberadas en las que se busca de modo consciente un objetivo.

En definitiva, lo que pretendemos subrayar es que nuestras reflexiones se limitan a las acciones y procesos que no son el resultado de un plan deliberado por parte del agente. Por tanto, dejamos fuera de nuestra consideración incluso las acciones instintivas de los animales, que plantean interesantes problemas en relación con finalidad y se utilizan con frecuencia para probar la existencia de finalidad en la naturaleza. Adoptamos este planteamiento por dos motivos. En primer lugar, porque el análisis de esas acciones exigiría adentrarse en el terreno de la psicología animal, y nos llevaría demasiado lejos de nuestro propósito. Y, además, porque deseamos plantear el problema de la finalidad natural en el terreno más próximo a la comprobación empírica.

 

b) La finalidad objetiva

A diferencia de la finalidad «subjetiva» o «intencional», que responde a la búsqueda de un fin por parte de un sujeto, la finalidad «objetiva» es la que existe en un «estado de cosas»: o sea, la finalidad «interna» de un «objeto» en el que existen tendencias hacia metas determinadas y, por tanto, fines. Se trata de una «funcionalidad», como la que se da en un  sistema holístico cuyas partes actúan en vistas a determinados objetivos y, por tanto, desempeñan «funciones» dentro del sistema. Por tanto, esta finalidad puede denominarse también finalidad «funcional».

Existen dos casos posibles de finalidad objetiva: la «artificial», que se da en los artefactos construidos por un ser dotado de conocimiento, y la «natural», que corresponde a procesos que se desarrollan sin que medie una intención exterior. .

Los artefactos responden a un plan impuesto desde el exterior. Poseen una funcionalidad interna; por ejemplo, una máquina consiste en unas piezas organizadas estructuralmente de modo que su actividad llegue a unos resultados determinados; pero la organización y la funcionalidad son el resultado de una intención exterior.

Los seres naturales pueden poseer una funcionalidad interna propia. Esto no sucede siempre; sólo sucede en los sistemas unitarios, cuyos componentes se encuentran coordinados y forman estructuras unitarias. A estos casos casos nos referiremos al hablar de finalidad «natural».

Es importante, por tanto, advertir que la «finalidad natural», tal como acaba de ser descrita, no se refiere a cualquier tipo de entidades naturales, sino sólo a los sistemas unitarios.

No se piense, sin embargo, que al reducir la finalidad natural a los sistemas unitarios, se limita excesivamente el ámbito de nuestras reflexiones. En efecto, en la naturaleza existen sistemas de diferentes niveles, de tal manera que los de un nivel pueden formar parte de sistemas unitarios de otro nivel; por tanto, entidades y procesos a los que quizá no se puede atribuir una funcionalidad en sí mismos, resultan ser partes funcionales de sistemas mayores que los incluyen: basta pensar, por ejemplo, en los ecosistemas, formados por muchos componentes heterogéneos, e incluso en sistemas mayores como la biosfera y, en último ténnino, el sistema total de la naturaleza, en el que pueden descubrirse muchos aspectos funcionales debidos a la cooperación de componentes muy diferentes.

Estas precisiones nos permitirán ahora explicar cómo planteamos los problemas implicados por la finalidad natural.

 

1.3 Los problemas de la finalidad natural

 

Hablamos de los problemas, en plural, y no del problema, en singular, porque en torno a la finalidad natural se dan cita varios problemas de diferentes niveles. Ni siquiera existe unanimidad acerca de la formulación de esos problemas. No debe sorprender esta falta de unanimidad porque la finalidad natural suele contemplarse con cierto apasionamiento, debido a sus implicaciones: por una parte, la afirmación de la finalidad parece comprometer la neutralidad filosófica de las ciencias, y por otra, se trata de un tema clave para firmar o negar la existencia de una providencia divina que gobierna la naturaleza.

Son múltiples los problemas relacionados con la finalidad natural. Acabamos de mencionar dos de ellos: el lugar de la finalidad en las ciencias, y la existencia de un plan divino para el gobierno del mundo. A estos se pueden añadir varios más: ¿cómo puede hablarse de finalidad en el caso de agentes que carecen de inteligencia?, ¿puede afirmarse que todo en la naturaleza desempeña una función determinada?, ¿existe una dirección global en el proceso evolutivo?, ¿puede compaginarse la finalidad natural con la existencia del azar y del desorden? La lista no pretende ser exhaustiva. Además, esos problemas se encuentran relacionados entre si. Es necesario, por tanto, establecer un método para abordarlos de modo riguroso.

El método que seguiremos consiste en examinar, em primer lugar, la existencia de la finalidad natural, su alcance y su explicación; este es el objeto del apartado siguiente que constituye la parte central de nuestra argumentación. En los demás apartados se examinarán algunas cuestiones ampliamente debatidas: qué aportan las ciencias al problema de la finalidad, qué peso tienen las principales objeciones que suelen plantearse contra la finalidad natural, y qué valor poseen algunas interpretaciones filosóficas que determinan en gran parte los argumentos que suelen utilizarse al estudiar la finalidad natural.

 

2. La finalidad en la naturaleza

 

Como se acaba de indicar, en este apartado analizaremos la existencia, el alcance y la explicación de la finalidad natural. Nos referiremos, en primer lugar, a tres dimensiones finalistas de la naturaleza: la direccionalidad, la cooperatividad y la funcionalidad. Mostraremos a continuación que esas dimensiones permiten afirmar la existencia de finalidad en la naturaleza, y precisaremos el alcance de esa finalidad. Y examinaremos después la explicación de la finalidad natural, concluyendo que en parte responde a causas naturales pero, al mismo tiempo, remite a un fundamento metafísico.

 

2.1 Dimensiones finalistas de la naturaleza

Centraremos nuestro análisis en tres dimensiones que resumen las principales manifestaciones de la finalidad natural: la direccionalidad, la cooperatividad y la funcionalidad. La direccionalidad se refiere a los procesos naturales, y su afirmación equivale a reconocer que existen términos específicos de esos procesos. La cooperatividad se refiere a la capacidad que poseen las entidades y los procesos naturales para integrarse en resultados unitarios. Y la funcionalidad expresa la coordinación que existe entre los componentes de los sistemas unitarios.

 

a) Direccionalidad

Los procesos naturales no se desarrollan de modo arbitrario. Por el contrario, arrancan de entidades típicas y, se despliegan de acuerdo con pautas dinámicas. El dinamismo natural se despliega siguiendo «cauces privilegiados».

Desde luego, existe una gran variedad de posibles procesos en función de la concurrencia de los diferentes dinamismos. Pero giran en torno a pautas específicas.

Señalaremos una vez más que en la naturaleza, si bien no todo son pautas, todo se articula en torno a pautas.

Esto sucede desde los niveles ínfimos de organización hasta los más complejos. En el nivel fundamental, las cuatro interacciones básicas poseen una intensidad y unos efectos bien definidos, y condicionan el desarrollo de todos los procesos naturales. Algo semejante ocurre con la actividad de los átomos y de las moléculas en la mayoría de los procesos, y con la actividad bioquímica en los procesos de la vida. Cuando nos adentramos en los organismos vivos, la direccionalidad alcanza su cima, y es realmente asombrosa: el despliegue de la información genética, las actividades intracelulares, la comunicación entre células, las funciones vitales, son manifestaciones de  una direccionalidad clara y específica. En la Tierra y, en las estrellas se despliegan también dinamismos específicos y direccionales.La existencia de pautas dinámicas, incluso en procesos que suelen calificarse como caóticos, es cada vez más evidente.

La direccionalidad de los procesos naturales puede ilustrarse recurriendo a algunas metáforas. Por ejemplo, en la naturaleza existen «rutas» bien definidas y señalizadas: si representáramos la naturaleza mediante un mapa en el que figuran los caminos que conducen de un lugar a otro, obtendríamos un mapa enormemente específico. También puede decirse que la naturaleza posee un «lenguaje» muy singular: la enorme diversidad de los procesos naturales se explica mediante un abecedario básico de tres partículas subatómicas y menos de cien átomos; la información genética se construye utilizando cuatro palabras (los cuatro nucleótidos), y veinte aminoácidos bastan para construir las proteínas. En definitiva, los procesos físico-químicos y biológicos se explican mediante un lenguaje muy simple, que es muy específico en su abecedario, su vocabulario y sus reglas para formar palabras y sentencias. El lenguaje musical también proporciona una interesante analogía: los sonidos y ritmos musicales se representan mediante una partitura cifrada, cuyos componentes son unos pocos signos que se escriben en el pentagrama; de modo análogo, el despliegue del dinamismo natural corresponde a las estructuras espaciales y los ritmos temporales que resultan de la combinación de unos pocos componentes básicos.

La ciencia supone que existe direccionalidad en la naturaleza y busca, precisamente, determinar sus modalidades. Su éxito implica un conocimiento cada vez más concreto de la direccionalidad de los procesos naturales.

Podemos afirmar, por tanto, que el dinamismo natural se despliega de modo direccional. Esto basta para afirmar una direccionalidad débil que, aun siendo auténtica, no garantiza que se alcancen unas metas determinadas. ¿Podemos dar un paso más, y afirmar la existencia de una direccionalidad fuerte, o sea, que existen tendencias hacia metas concretas?

Encontramos aquí una dificultad notable, porque los despliegues concretos del dinamismo natural dependen de circunstancias muy variadas que, en gran parte responden a coincidencias accidentales. Dicho de otro modo: aunque el dinamismo natural gire en torno a pautas, los resultados de su despliegue no están determinados poprque en los procesos  concurren diferentes dinamismos y nada garantiza que se llegue a unos resultados concretos. Esto equivale a reconocer que los resultados no son necesarios, sino contingentes. En estas condiciones, ¿cómo puede afirmarse que existen tendencias hacia metas determinadas?

Esta dificultad es insuperable si pensamos en unas metas que se alcanzan de modo absolutamente necesario. Si la direccionalidad, se identifica con la existencia de unas tendencias que necesariamente conducen hacia metas concretas, deberá concluirse que esa direccionalida no existe.

A primera vista, esta conclusión parece destruir la esperanza de encontrar un fundamento para la finalidad natural. Sin embargo, no es así. Simplemente, nos vemos obligados a introducir dos matizaciones, que tendrán una importancia decisiva a la hora de establecer nuestras conclusiones acerca de la existencia, y alcance de la finalidad natural. La primera se refiere a la existencia de las condiciones particulares que determinan el despliegue del dinamismo natural. En concreto, se trata de advertir que la direccionalidad no es algo abstracto, sino que se refiere. a situaciones concretas y, por tanto, a un contexto determinado.

Por ejemplo, en el organismo de un viviente sano que se encuentra en circunstancias adecuadas. existen tendencias hacia metas bien definidas y puede hablarse  de direccionalidad en sentido fuerte. Pero este caso se puede generalizar: en cualquier situación concreta, que incluya todos los componentes y todas sus circunstancias, existen tendencias hacia estados determinados. Por tanto, podemos afirmar que en la naturaleza, dada una situación concreta, existen tendencias hacia metas determinadas[1].

En esa misma línea, la segunda matización se refiere a las condiciones que garantizan las metas de la direccionalidad. Existen metas determinadas en la medida en que intervienen factores que, por así decirlo, «imponen su ley». En muchos casos, existe una organización o intervienen factores que, dentro de un amplio margen de circunstancias, garantizan que se alcancen metas determinadas.

Puede hablarse, en este sentido, de grados de direccionalidad, en función de los factores que intervienen en una situación; se tratará, por ejemplo, de simples potencialidades, de capacidades más próximas a su actualización, o de auténticas tendencias que conducirán a resultados concretos. En último término, siempre se trata de potencialidades cuya actualización es sólo posible, o probable, o segura.

 

b) Cooperatividad

La cooperatividad es un tipo singular de direccionalidad. Concretamente, es una potencialidad que se refiere a la integración de diferentes factores en un resultado unitario. Al hablar de «resultado unitario», nos referimos a sistemas holísticos, a propiedades emergentes, a nuevos tipos de dinamismos: o sea, a la aparición de nuevos tipos de estructuración y dinamismo que no se reducen a la simple yuxtaposición de los factores iniciales.

La existencia de cooperatividad en la naturaleza es uno de los principales resultados del progreso científico reciente, en el que ocupa un lugar destacado la sinergia o acción cooperativa.

En todos los niveles de la naturaleza ocupan un lugar central los sistemas holísticos, que se forman gracias a la acción cooperativa de sus componentes. En el mundo microfísico, los protones, neutrones y electrones se integran de acuerdo con interacciones específicas de modo que constituyen los átomos, cuyos electrones se disponen en niveles energéticos también muy específicos determinando así las propiedades químicas de los átomos y, por tanto, su capacidad de integrarse en sistemas mayores. A partir de ese nivel, existen muchos otros tipos de cooperatividad que alcanzan su punto culminante en los organismos de los vivientes.

La cooperatividad hace posible la morfogénesis o producción de pautas holísticas específicas, y se encuentran en la base de la especificidad de la naturaleza.

Si se considera la cooperatividad desde la perspectiva diacrónico de las teorías, evolucionistas, es fácil advertir que las sucesivas integraciones conducen a nuevos tipos de organización que, a la vez, abren nuevas posibilidades y cierran otras. Por ejemplo, una vez que existe un animal determinado, pueden existir mutaciones genéticas capaces de integrarse en un nuevo programa cuyo desarrollo producirá un nuevo organismo, y en este sentido se abren nuevas posibilidades; a la vez, un organismo suficientemente especializado no podrá conducir a formas de vida que ya han quedado atrás. Cuanto más se avanza en la organización, se abren nuevas rutas que antes resultaban inaccesibles.

En este sentido puede subrayarse la futilidad de algunas críticas que se oponen a la evolución argumentando que es sumamente improbable que coincidan al azar todos los componentes de un nuevo organismo, o todas las variaciones que hacen falta para que surja un nuevo órgano. Efectivamente, la improbabilidad puede equivaler a imposibilidad se piensa en una mezcla al azar de factores completamente independientes, como sucedería si se mezclasen al azar las letras o las palabras que componen una obra literaria; en cambio, la probabilidad aumenta de modo notable cuando se advierte que los componen no son independientes, que existen tendencias cooperativas y que cada logro abre nuevas potencialidades cooperativas que anteriormente no existían y que son cada vez más específicas. Las probabilidades son mucho mayores aún si se tiene en cuenta que, además de la simple cooperatividad, existe un grado, mayor, de direccionalidad en el cual pueden darse factores reguladores cuyas variaciones permiten quizás explicar la producción simultánea de todo un conjunto de cambios coordinados. Ese nuevo grado es la funcionalidad.

 

 

c) Funcionalidad

La naturaleza se encuentra organizada de tal manera que existen sistemas que poseen una notable funcionalidad. Y puede hablarse también de la funcionalidad de la naturaleza en su conjunto, en cuanto proporciona las condiciones que hacen posible la vida humana.

Suele hablarse de «funcionalidad» para designar el carcácter funcional de una parte dentro de un todo mayor. Lo «funcional» pertenece a la función de esa parte, y se distingue de lo estructural: que un órgano es funcional significa que desempeña una función. Y una «función» es una clase especial de actividad por la cual algo realiza su tarea propia. Estos conceptos se aplican a objetos, máquinas e instrumentos, así como a personas; pero ocupan un lugar destacado cuando se habla de organismos vivientes cuyas partes (células, tejidos, órganos, aparatos) poseen estructuras y funciones características.

 También es interesante subrayar que existe una estrecha relación entre estructura y función, porque la función de una parte depende obviamente de sus características estructurales. En nuestro caso resulta especialmente relevante, porque nuestro análisis se centra en la estructuración natural, y la estructuración proporciona la base que hace posible un alto grado de funcionalidad.

La existencia de funcionalidad resulta patente en los vivientes. Incluso existe una disciplina científica, la fisiología, cuyo objeto es el estudio de las funciones de los vivientes. Por tanto, cualquier tratado de fisiología puede ser considerado como una exposición sistemática de la funcionalidad en los vivientes.

¿Puede hablarse de funcionalidad en el nuvel físico-químico? Evidentemente, los

sistemas de ese nivel no poseen las características típicas de los vivientes, y no parece lógico atribuirles el mismo tipo de funcionalidad; por ejemplo, tiene sentido hablar de las funciones que desempeñan los hematíes, el hígado o el sistema nervioso, epro resultaría paradójico hablar de las funciones que desempeña un electrón en el átomo o un átomo en la molécula.

Los motivos de esta diferencia son patentes: un ser vivo posee unas tendencias típicas cuya realización se logra gracias a las funciones que desempeñan sus componentes; en cambio, no parece posible atribuir unas tendencias semejantes a las entidades físico-químicas.

Sin embargo, puede hablarse de funcionalidad en el nivel físico-químico si se tiene en cuenta su doble integración con el nivel biológico: como componente y como medio ambiente. La funcionalidad de los vivientes depende de sus componentes físico-químicos, y el ejercicio  de esa funcionalidad sólo es posible cuando existe un medio ambeinte que proporciona las condiciones imprescindibles o convenientes. En el primer caso (componentes) puede hablase de una «funcionalidad interna», y en el segundo (medio ambiente) de una «funcionalidad externa».

Podemos llevar nuestras consideraciones más lejos, si consideramos que diferentes sistemas naturales se integran en sistemas mayores. En la medida en que todo un conjunto de entidades naturales pueda ser considerada como un auténtico sistema puede atribuirse a sus componentes una «funcionalidad interna». Es el caso, por ejemplo, de los ecosistemas, en los que existen componentes vivientes (las especies que lo habitan) , y no vivientes (los factores ambientales); de la biosfera, cuyos componentes se extienden a la litosfera, la atmósfera y los océanos, además de los vivientes; e  incluso puede hablarse del sistema total de la naturaleza, puesto que existen estrechas relaciones de dependecia entre muchas de sus partes (desde la perspectiva evolutiva, esas relaciones son especialmente estrechas)

Estas reflexiones permiten resolver un problema al que frecuentemente se alude a propósito de la finalidad. En efecto, suele decirse que muchos casos de aparente finalidad no son, en realidad, más que ejemplos de una «utilidad externa» y no pueden utilizarse para argumentar en favor de la finalidad. Esta objeción tiene una parte de razón; no sería correcto, por ejemplo, hablar de finalidad «natural» a propósito de un clima o una vegetación favorable para ciertas especies. Sin embargo, muchos casos de «utilidad externa» se convierten en casos de «funcionalidad interna» si se trata de condíciones que se engloban, como componentes, en sistemas mayores. Continuando con e1 ejemplo anterior, determinadas condiciones climáticas y la existencia de las plantas son condiciones imprescindibles para la existencia humana; por tanto, si se consideran sistemas que incluyen la vida humana, se trata de componentes a los que deberá atribuirse una auténtica funcionalidad interna.

Evidentemente, existen grados de funcionalidad. Por ejemplo, algunas funciones de los organismos resultan completamente necesarias para su supervivencia, y otras, en cambio, son solamente convenientes. Algo análogo sucede cuando consideramos sistemas mayores.

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