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Sobre el último libro de S. Hawking

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La confusión de Stephen Hawking

Por William Carroll

Profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Oxford.

Miembro del Consejo

de Consultores y Colaboradores de HUMANITAS.

Humanitas 60

Hombres de ciencia han empezado a dudar de que haya habido un “Big Bang”. Mas, al querer afirmar que de ese modo se refuta la existencia de un Creador, confunden los  comienzos temporales con los orígenes.

 

“La creación espontánea es el motivo de que algo exista y no la nada, por lo cual existe el Universo y existimos nosotros. No es necesario invocar a Dios... para poner el Universo en marcha”. Stephen Hawking hace esta afirmación en su libro The Grand Design (El gran diseño), recientemente publicado. No es raro escuchar a un científico distinguido afirmar que es posible explicar exhaustivamente el universo y todo lo vinculado con el mismo, al menos en principio, en términos de la ciencia contemporánea. En su famoso libro titulado A Brief History of Time (Breve historia del tiempo, 1988), Hawking efectivamente reconoció que tal vez fue necesario un dios para elegir las leyes básicas de la física y por consiguiente, si estuviera disponible una gran teoría unificada con una explicación científica, llegaríamos a conocer “la mente de Dios”. Ahora, Hawking piensa que en un sentido más amplio podemos dejar de recurrir a la idea de un creador, al menos en la forma como él entiende lo que significa “crear”. Citando una versión de la teoría de cuerdas contemporánea, conocida como la “Teoría M”, Hawking nos dice que la “creación” de numerosos universos a partir de la nada “no requiere la intervención de un ser sobrenatural o un dios”. Estos universos múltiples más bien “surgen naturalmente de las leyes físicas”. Según él afirma, interrogantes fundamentales sobre el carácter de la existencia, que han intrigado durante milenios a los filósofos, están ahora dentro de la competencia de la ciencia y “la filosofía ha muerto”.

El nuevo libro de Hawking nos invita a pensar una vez más sobre lo que significa “crear” y qué pueden decirnos al respecto las ciencias naturales, si algo pueden decir. La afirmación —de carácter ampliamente filosófico y ciertamente no científico— de que el universo es autosuficiente y no existe necesidad alguna de un Creador para explicar por qué algo existe y no la nada, es producto de confusiones fundamentales en cuanto a los ámbitos explicativos de las ciencias naturales y la filosofía. Lo afirmado con frecuencia es una especie de “naturalismo totalizador”, que elimina la necesidad de todo tipo de apoyo en explicaciones basadas en principios que trasciendan el mundo de las cosas físicas. Tanto si hablamos de explicaciones del Big Bang propiamente tal (como el efecto túnel cuántico a partir de la nada) o de alguna versión de una hipótesis sobre universos múltiples o de principios de autoorganización en el cambio biológico (incluyendo aludir a la casualidad y el azar como explicaciones últimas), la conclusión que a muchos parece ineludible es que no es necesario recurrir a la idea de un Creador, es decir, a cualquier causa que esté fuera del orden natural.

Muchos cosmólogos, que en la actualidad se refieren con frecuencia a lo ocurrido “antes del Big Bang”, piensan que al descartarse un Big Bang original se elimina la necesidad de un Creador. Niegan la necesidad de un Creador porque consideran que “ser creado” significa tener un comienzo temporal. Con semejante argumento, la aceptación o rechazo de un Creador está vinculada con aceptar o rechazar mediante una explicación un Big Bang original. Podría recordarse la famosa pregunta retórica de Hawking: “En la medida en que el universo tuviese un comienzo, podríamos suponer que tuvo un creador; pero si el universo es realmente autónomo, sin límites ni bordes, no tendría comienzo ni fin: simplemente sería. ¿Qué espacio hay entonces para un creador?”.

¿Qué espacio, en realidad?

La creación, como noción metafísica, afirma que todo cuanto es, comoquiera sea, depende de Dios como causa. El mundo de las cosas en proceso de cambio es el objeto de las ciencias naturales, desde las partículas subatómicas hasta las bellotas y las galaxias. Cada vez que se produce un cambio debe haber algo que se transforma. Ya sea que esos cambios sean biológicos o cosmológicos, sin principio ni fin o temporalmente finitos, siempre constituyen procesos. La creación, por otra parte, es causa radical de toda la existencia o todo cuanto existe. La creación no es un cambio. Causar totalmente la existencia de algo no es producir un cambio en algo, no es trabajar en un material existente o con el mismo. Cuando se dice que un acto creativo de Dios se produce “a partir de nada”, esto significa que nada utiliza Dios al crear todo lo que es; no significa que haya un cambio de “nada” a “algo”. En la cita del comienzo de este ensayo, encontramos a Hawking diciéndonos que no es necesario “invocar a Dios... para poner el Universo en marcha”; pero la creación no significa “poner el Universo en marcha”, como si algún cambio tuviese lugar en un supuesto comienzo. Negar semejante cambio, como lo hace Hawking, no es negar la creación.

La cosmología, la biología evolutiva y todas las otras ciencias naturales dan cuenta del cambio; no abordan las interrogantes metafísicas de la creación, no dicen por qué existe algo y no la nada. Es un error emplear argumentos de las ciencias naturales para negar la creación; pero también es un error recurrir a la cosmología como confirmación de la creación. La razón puede conducir al conocimiento del Creador, pero el camino se encuentra en la metafísica y no en las ciencias naturales.

Para evitar una confusión, debemos advertir diversos sentidos con los cuales empleamos el término “crear”. Hablamos con frecuencia de creaciones humanas, especialmente en relación con la producción de obras de arte, música y literatura. Lo que para Dios significa crear es radicalmente distinto a cualquier tipo de hacer humano. Cuando los seres humanos hacen cosas, trabajan con material ya existente para producir algo nuevo. El acto humano de crear no es la totalidad de la causa de lo producido; en cambio, el acto creativo de Dios es enteramente la causa de lo producido. Este sentido de ser la totalidad de la causa se capta en la expresión “a partir de nada”. Ser esa totalidad de la causa de todo cuanto es requiere un poder infinito, y ninguna criatura, ningún ser humano posee semejante poder infinito. Dios dispone que las cosas sean y por consiguiente son. Al decirse que Dios es la totalidad de la causa de todo lo que es, no se niega el rol de otras causas que son parte del orden natural creado. Las criaturas, tanto animadas como inanimadas, son causas reales de la amplia gama de cambios que se producen en el mundo, pero únicamente Dios es la causa universal del ser como tal. La causalidad de Dios es tan distinta a la causalidad de las criaturas, que no existe competencia entre ambas, esto es, no necesitamos poner límites, por así decir, a la causalidad de Dios para dar lugar a la causalidad de las criaturas. Dios hace que las criaturas sean causas.

Ya en el siglo XIII se estableció la base para la comprensión fundamental de la creación y su relación con las ciencias naturales. Trabajando en el contexto de la ciencia aristotélica y con el apoyo de la perspectiva de pensadores musulmanes y judíos, así como de sus antecesores cristianos, Tomás de Aquino proporcionó una comprensión de la creación y la ciencia que sigue siendo verdadera. La distinción entre creación y cambio —y por consiguiente entre el ámbito explicativo de las ciencias naturales y la creación—, a la cual ya me he referido, es una característica clave del análisis de Tomás. Así, él escribió: “Por encima del modo de llegar a ser mediante el cual algo llega a existir a través del cambio o el movimiento, debe haber un modo de llegar a ser o un origen de las cosas sin mutación ni movimiento alguno, mediante el influjo del ser”. La creación no es principalmente un hecho distante, sino más bien la totalidad en curso de lo que causa la existencia de todo cuanto es. La creación corresponde al origen del universo y no a su comienzo temporal. Ciertamente, es importante reconocer esta distinción entre origen y comienzo. El primero afirma la dependencia total y continua de Dios como causa de todo cuanto es. Es muy posible que el universo haya tenido un comienzo temporal; pero no hay contradicción en la noción de un universo creado eterno, ya que aun cuando no tuviese comienzo, de todas maneras tendría un origen, de todas maneras sería creado. Ésta es precisamente la posición de Tomás de Aquino, quien aceptó como asunto de fe que el universo tuvo un comienzo temporal, pero también defendió la inteligibilidad de un universo simultáneamente creado y eterno.

Tomás también pensaba que ni la ciencia ni la filosofía podrían saber si el universo tuvo un comienzo. Pensaba efectivamente que la metafísica podía mostrarnos que el universo es creado, pero habría hecho una advertencia contra quienes en la actualidad recurren, por ejemplo, a la cosmología del Big Bang, para llegar a la conclusión de que el universo tuvo un comienzo y por consiguiente debe ser creado. Siempre estaba alerta para rechazar el empleo de argumentos indebidos para apoyar lo que se cree. La “peculiaridad” de la cosmología tradicional del Big Bang puede representar el comienzo del universo que observamos, pero no puede llegar a la conclusión de que ése es el comienzo absoluto, el tipo de comienzo que sería indicador de la creación.

Aquí el punto crucial reside en que dar cuenta en forma científica del Big Bang no implica en grado alguno decir si el universo es o no es creado. Las teorías cosmológicas contemporáneas que emplean una hipótesis multivariada o aluden a una serie infinita de big bangs no ponen en tela de juicio la característica fundamental de lo que significa ser creado, es decir, la total dependencia de Dios como causa de la existencia. Un universo eterno no sería menos dependiente de Dios que un universo con un comienzo temporal. Para aquel que cree que el universo tiene un comienzo temporal, debería rechazarse cualquier teoría sobre un universo eterno; pero un creyente podría preguntarse qué tipo de universo crea Dios (por ejemplo, si tiene o no un comienzo temporal) conservando al mismo tiempo la seguridad de que independientemente del tipo de universo existente, Dios es su Creador.

En cuanto a la forma de interpretar la primera parte del Génesis, Tomás de Aquino señaló que lo esencial es el “hecho de la creación” y no “la manera o modo” de la formación del mundo. Las interrogantes sobre el orden, el diseño y el azar en la naturaleza se refieren a la “manera o modo” de la formación del mundo. Las tentativas de las ciencias naturales de explicar estas facetas de la naturaleza no ponen en tela de juicio el “hecho de la creación”.

Dios hace que las cosas sean los tipos de cosas que son y al mismo tiempo ejerzan el tipo de causalidad que les es debidamente propio. También la realidad del azar y la contingencia depende de Dios como causa. Dios trasciende el orden creado de manera tan radical que Él puede ser activo en el mundo sin ser una causa compitiendo en el mundo.

El mundo interconectado y —por así decir-— horizontal de las cosas que cambian no debería confundirse con la dimensión vertical de la creación, de la cual la existencia misma de lo horizontal sigue dependiendo. Tanto el orden como el diseño, el azar y la contingencia son propios del reino horizontal, mientras la realidad misma de todas las cosas depende de la dimensión vertical. No deberíamos pensar que crear, en su sentido principal, significa producir orden. El hecho de explicar el orden y el diseño en términos de procesos dentro de la naturaleza no elimina la necesidad de un Creador, un Creador responsable de la existencia de la naturaleza y todo cuanto hay en ella. Hawking piensa que los argumentos modernos sobre el diseño, especialmente aquellos que se refieren a la notable coincidencia de las condiciones iniciales del universo (el llamado principio antrópico fuerte), no nos conducen a la existencia de un Gran Diseñador; más bien “la fina precisión de las leyes de la naturaleza puede explicarse por la existencia de múltiples universos”. Simplemente vivimos en un universo con un ambiente adecuado para nosotros (tal vez entre un número infinito de otros universos). Ciertamente —señala—, “así como Darwin... explicó de qué manera el aparente diseño milagroso de las formas vivas pudo aparecer sin la intervención de un ser supremo, el concepto de lo multivariado puede explicar la fina precisión de las leyes físicas sin necesidad de un creador benevolente que haya hecho el universo en beneficio nuestro”. El Gran Diseñador rechazado por Hawking no es el Creador, al menos ese Creador reconocido en la filosofía y la teología tradicionales. En su libro The Grand Design (El gran diseño), Hawking reconoce una competencia casi absoluta a las ciencias naturales y escribe: “Por cuanto existe la ley de gravedad, el Universo puede crearse y se creará a sí mismo a partir de la nada”. Con todo, no existiría la gravedad y ciertamente absolutamente nada existiría si Dios no hubiese creado todo lo que es como es. El poder creativo de Dios es ejercido en la totalidad del curso de la historia cósmica, en todas las formas en que la historia se ha desplegado. Dios crea un universo en el cual las cosas tienen su propia causalidad, su propia autosuficiencia: una naturaleza susceptible de análisis científico. Sin embargo, ninguna explicación del cambio cosmológico o biológico, por mucho que afirme estar basada radicalmente en el azar o lo contingente, pone en tela de juicio la consideración metafísica de la creación, es decir, la dependencia de la existencia de todas las cosas de Dios como causa. Cuando ciertos pensadores niegan la creación basándose en teorías de las ciencias naturales, están comprendiendo equivocadamente la creación o las ciencias naturales, o ambas cosas.

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Comentarios Sobre el último libro de S. Hawking

Muy bien explicado y redactado. Pero es la opinión, por lo leído, de un creyente; como siempre arrimamos cada uno el ascua a su sardina. Dios no tiene sentido alguno hoy día, por mucho que se quiera adornar diciendo que la creación, o el acto creativo de dios, no es aquello que normalmente entendemos por crear. En un principio fue la ignorancia lo que hizo que se creyera en entes sobrenaturales. A medida que el hombre ha ido descubriendo cómo funciona el universo y la naturaleza inmediata que le rodea, ha comprendido que estaba equivocado, aunque algunos nos quieren hacer pensar que la idea de dios también ha evolucionado para adecuarse al momento presente. Lo que en su momento fue un error por la ignorancia, no debería ahora ser más cierto, por mucho que esa disciplina llamada teología haya sido desarrollada... En fin esto daría para mucho
Francisco Francisco 26/12/2011 a las 14:29

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