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Los origenes I

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LOS ORIGENES

 1. La cosmovisión evolucionista

2. El origen del universo

2. 1. La cosmología científica

2.2. La creación: física y metafísica

  • a) La creación como problema metafísico
  • b) Comienzo temporal y creación
  • c) El inicio del universo

2.3. Implicaciones de la creación

Uno de los aspectos más destacados de la cosmovisión actual es la importancia que se atribuye a las teorías sobre los orígenes del mundo, de los vivientes y del hombre. Por primera vez en la historia, se dispone de teorías generalmente admitidas por los científicos, que afirman la existencia de un gran proceso en el que se habría producido, de forma gradual, la aparición de los sucesivos niveles de organización que existen en la naturaleza.

 En el primer apartado de este capítulo se considera, de modo introductorio, la cosmovisión evolucionista. En los apartados siguientes se estudian los pasos principales de esa cosmovisión: el origen del universo en el apartado segundo, el origen de los vivientes en el tercero, y el origen del hombre en el cuarto, y se analizan los problemas filosóficos implicados en cada paso. Por fin, en el apartado quinto se examinan, a modo de conclusión, las fronteras de las explicaciones evolucionistas.

1. La cosmovisión evolucionista

El evolucionismo biológico, según el cual los vivientes actuales proceden de otros más primitivos por sucesivas transformaciones, fue ganando terreno a lo largo del siglo XIX, a medida que se acumulaban pruebas apoyadas en los fósiles y en los estudios de anatomía comparada.

La primera teoría transformista fue propuesta por Lamarck en su libro Filosofía zoológica, publicado en 1809. En 1859, con la publicación de El origen de las especies de Darwin, el transformismo logró gran difusión en el ámbito científico y cultural. Los progresos de la genética dieron lugar, hacia 1930, a la formulación del neo-darwinismo o teoría sintética de la evolución. En la actualidad, los biólogos suelen admitir el hecho de la evolución, aunque no existe unanimidad acerca de las explicaciones concretas de sus mecanismos.

Por otra parte, desde la década de 1920, los físicos han formulado teorías sobre el origen del universo. La mayoría de los físicos admiten en la actualidad que el universo se ha formado a partir de un estado primitivo en el que toda la materia y energía estaban concentradas con una enorme densidad. Una explosión inicial (denominada la Gran Explosión o el Big Bang) habría provocado una expansión seguida de sucesivas fases en las que se habrían formado los átomos, las moléculas, las estrellas, las galaxias y los planetas que existen en la actualidad.

Cuando se unen las teorías sobre la evolución cósmica (origen) y formación del universo inorgánico) y la evolución biológica (origen y desarrollo de los vivientes), se obtiene una cosmovisión evolutiva que explicaría cómo se han formado las estructuras naturales que existen en la actualidad mediante procesos que se pueden estudiar científicamente

Si se contempla la naturaleza bajo la perspectiva del entrelazamiento del dinamismo y la estructuración, la evolución aparece como un conjunto de procesos morfogenéticos en los diferentes niveles naturales. En cada fase de la evolución existen unas virtualidades que se actualizan en función de los factores que intervienen; se producen nuevos tipos de organización que poseen nuevos tipos de dinamismos y virtualidades, cuyo despliegue y actualización producen, a su vez, otros niveles de organización, y así sucesivamente. Todo ello puede ser contemplado como el despliegue de una información original que, en sucesivos niveles de organización, da lugar a nuevas pautas informacionales de complejidad creciente.

2. El origen del universo

Desde la antigüedad existieron cosmogonías que pretendían representar la historia del universo, pero carecían de una base científica adecuada. Al mismo tiempo, se planteaba el problema filosófico acerca de la explicación última del universo.

En la Edad Moderna se formularon algunas hipótesis científicas que se consideran como precursoras de las ideas actuales. Kant propuso que el universo se había formado a partir de una nebulosa primitiva[1]. Esa hipótesis fue utilizada más tarde por Laplace, quien sugirió que el Sol se formó por contracción y enfriamiento de una nebulosa incandescente, que los planetas se habrían originado a partir de fragmentos desprendidos del Sol, y que los satélites provendrían de los planetas[2]. Tales explicaciones dejaban intacto el problema de la creación del universo, y se referían únicamente a procesos físicos que no sustituían a la creación[3]. Por otra parte, todavía se disponía de un conocimiento muy limitado de la composición del universo y era muy difícil someter esas teorías a pruebas empíricas.

Por primera vez en la historia, en nuestra época se formulan teorías científicamente rigurosas acerca del origen y evolución del universo. Estas teorías han renovado el interés por los problemas filosóficos acerca de la creación.

2. 1. La cosmología científica

La cosmología científica, rama de la física que estudia el origen del universo, es relativamente reciente. Las pruebas de la existencia de galaxias distintas a la nuestra sólo llegaron a ser concluyentes en torno a 1920, y el modelo de la Gran Explosión no fue generalmente aceptado hasta 1964.

El modelo de la Gran Explosión se basa en la teoría de la relatividad general, formulada por Einstein en 1915. Las ecuaciones de esta teoría permiten calcular el movimiento local de la materia bajo la acción de la gravedad, y por ese motivo resultan apropiadas para describir el universo a gran escala, ya que bajo esa perspectiva el universo es un sistema físico compuesto por objetos dotados de gran masa, las estrellas y  galaxias, que se encuentran separados por grandes distancias, y la evolución de los sistemas viene determinada por la fuerza de la gravedad.

Einstein aplicó su teoría al universo en su conjunto en 1917. El modelo que resultaba era un universo dinámico (que evoluciona con el tiempo), pero Einstein, disgustado con esa idea, lo modificó introduciendo, de modo arbitrario, una constante cuya consecuencia era proporcionar un modelo estático del universo (más tarde afirmó que ése había sido el peor error de su vida). Los trabajos de Willem de Sitter en 1916-1917 y de Alfred Friedmann en 1922-1924 suponían, por el contrario, un universo dinámico, idea que se impuso cuando Edwin Hubble formuló en 1929 la ley que lleva su nombre, según la cual las galaxias se alejan unas de otras con una velocidad proporcional a su distancia relativa (cuanto mayor es su distancia, tanto mayor es la velocidad a la que se alejan)[4].

La primera versión del modelo de la Gran Explosión fue formulada por Georges Lemaître, astrónomo y sacerdote católico belga, en 1927; suponía que el universo se había formado a partir de la explosión de una especie de átomo primitivo, y coincidía con la ley de Hubble en postular la expansión del universo. George Gamow reformuló la teoría en 1948. Sin embargo, el modelo de la Gran Explosión no fue aceptado por la mayoría de los científicos de modo inmediato. También en 1948, Hermann Bondi y Thomas Gold formularon un modelo diferente acerca del universo, la teoría del estado estacionario; postulaba que el universo presenta el mismo aspecto en cualquier época, y para explicar su expansión, sugería la creación continua de materia de modo que, cuando las galaxias se separan, se forma materia nueva entre ellas: para mantener constante la densidad, bastaba la creación de un miligramo de materia por metro cúbico cada billón de años. Durante años, los modelos de la Gran Explosión y del estado estacionario se presentaban como hipótesis alternativas. Hacia 1960, el origen del universo era todavía una cuestión de la que se ocupaban pocos científicos, y los modelos existentes se estudiaban casi como una curiosidad.

La situación cambió radicalmente cuando, en 1964, Arno Penzias y Robert Wilson descubrieron la radiación de fondo de microondas, cuyas características eran congruentes con las predicciones del modelo de la Gran Explosión. Desde entonces, ese modelo ha sido generalmente aceptado por los científicos, y el modelo del estado estacionario fue prácticamente abandonado. El afianzamiento progresivo del modelo de la Gran Explosión se debe también a otros factores: en concreto, proporciona una explicación coherente con la expansión del universo, propone una edad del universo que está de acuerdo con los datos acerca de la edad de sus componentes, y sus predicciones sobre la abundancia relativa de los átomos ligeros en el universo está en consonancia con los datos observados.

Desde 1981, el modelo de la Gran Explosión se ha completado con la teoría del universo inflacionario propuesta por Alan Guth, que se refiere a la enorme expansión que habría tenido lugar, durante brevísimos instantes, inmediatamente después de la Gran Explosión, produciendo efectos muy importantes con respecto a la posterior evolución del universo.

Según el modelo de la Gran Explosión, la evolución del universo habría seguido un esquema que, de modo simplificado y sólo aproximativo, sería el siguiente. El universo tiene una edad de unos 15.000 millones de años (entre 10.000 y 20.000). Al principio la materia se encontraba concentrada en un estado de enorme densidad y temperatura. Como consecuencia de la explosión, se produjo una expansión que fue acompañada de un enfriamiento progresivo. En el primer segundo la temperatura era de unos 10.000 millones de grados; sólo había entonces radiación y algunos tipos de partículas entre las que se darían interacciones muy violentas. Al cabo de unos tres minutos, el descenso de la temperatura permitió la nucleosíntesis o formación de los núcleos de los elementos más ligeros. Transcurridos unos 300.000 años, cuando la temperatura había descendido a unos pocos miles de grados, se produjo la recombinación o formación de átomos; entonces, la radiación de fotones se separó de la materia y se expansionó libremente, de igual modo en todas las direcciones y con una temperatura que descendió con el transcurso del tiempo, dando lugar a la radiación isótropa «fósil» que detectaron por vez primera Penzias y Wilson. Más tarde, la fuerza gravitatoria provocó la condensación de grandes masas, donde se produjeron reacciones termonucleares; así se formaron las estrellas y galaxias. En las reacciones nucleares en el interior de las estrellas se producen los átomos más pesados, que se diseminan por el espacio en las explosiones de estrellas y son el material a partir del cual se forman planetas como la Tierra.

2.2. La creación: física y metafísica

Los nuevos conocimientos científicos no sólo han contribuido a formular una nueva imagen del mundo; también han provocado un replanteamiento del problema de la creación.

a) La creación como problema metafísico

Con el modelo de la Gran Explosión, por primera vez en la historia se dispone de cálculos verosímiles acerca de la edad del universo. Se entiende que ello suscitara nuevas discusiones sobre el problema de la creación; en efecto, si se puede adjudicar una edad concreta al universo, parecería alcanzarse una demostración científica de la creación. De hecho, el modelo del estado estacionario fue utilizado, en ocasiones, para evitar la atribución al universo de una edad limitada, con las connotaciones que esto parece tener en favor de la creación.

Sin embargo, la física no puede determinar la edad del universo de modo absoluto. Aunque afirme, por ejemplo, que el universo proviene de una especie de átomo primitivo, puede preguntarse ulteriormente por el origen de ese átomo y puede suponer que se formó a partir de estados físicos anteriores. En su propio nivel, el físico siempre puede postular, aunque sea a título de hipótesis, la existencia de estados físicos anteriores a cualquier estado del universo. Por tanto, la cosmología científica no puede demostrar la creación del universo.

El problema de la creación no se refiere al origen de un estado físico a partir de otro, sino al fundamento radical del universo, o sea, a la producción de su ser. La ciencia experimental estudia las transiciones entre estados físicos, y su perspectiva no le permite estudiar el fundamento radical del universo. Por tanto, la física no puede decir nada acerca de Dios ni de la creación, y resulta inviable abordar esos problemas utilizando sólo argumentos científicos. En definitiva, la creación no es un problema físico, sino metafísico. El problema filosófico de la creación consiste en determinar si el universo puede ser autosuficiente o si, por el contrario, es necesario afirmar que ha sido producido por una causa que le ha dado el ser.

El cristianismo afirma la creación divina del universo de la nada (según la clásica expresión latina, ex nihilo)[5]. Esto significa que la creación divina produce totalmente el ser, sin apoyarse en algo preexistente: no es una simple transformación de algo que ya existía[6].

Resulta lógico preguntarse si la creación del universo es sólo un contenido de la fe religiosa o si, además, puede ser probada racionalmente. La doctrina católica afirma que la existencia de Dios creador, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocida con certeza mediante la luz de la razón natural a partir de las cosas creadas, de tal modo que la inteligencia humana puede encontrar por sí misma una respuesta a la cuestión de los orígenes[7].

Las pruebas racionales de la creación remiten, en último término, a un dilema: o bien el universo es auto-suficiente, o sea, existe por sí mismo y nada hay fuera de él que explique su existencia, o bien remite a una causa que es diferente del universo, que lo ha producido y le ha dado el ser. La primera posibilidad es, en realidad, imposible; en efecto, si el universo fuese auto-suficiente, debería poseer características divinas que no posee. Los seres materiales son limitados, cambian, se generan y se corrompen: tienen un ser que no da razón completa de sí mismo. Estas dificultades no se solucionan recurriendo a una cadena infinita, o sea, suponiendo que el universo ha existido siempre; en efecto, la insuficiencia de lo material para dar razón de si mismo subsiste aunque se multipliquen las cadenas causales indefinidamente: no se trata de un problema de número, sino de cualidad. El modo de ser de los seres materiales implica que estos seres no pueden ser auto-suficientes, y a estos efectos es igual que se considere un solo ser, o muchos, o una serie indefinida.

Por tanto, el universo físico remite a una causa superior que le ha dado el ser. Sólo un Dios personal puede poseer las características propias de la divinidad. Los seres particulares, limitados, cambiantes, remiten a un Ser que posee el ser por sí mismo y que, por este motivo, puede dar el ser a otros seres, de modo limitado y particular: es lo que se denomina la «participación del ser». No significa que las criaturas tengan una parte del ser divino, sino que poseen de modo parcial y limitado el ser, recibido de Dios.

Para afirmar la creación divina del universo, poco importa cuándo y cómo haya comenzado a existir. En cuanto al cuándo, el universo debe ser creado, independientemente de su duración: los razonamientos que conducen a la creación nada tienen que ver con el problema de la duración. En cuanto al cómo, también es irrelevante; debe afirmarse la creación tanto si el universo ha comenzado a existir como una burbuja cuántica casi imperceptible, como si en sus comienzos han existido entidades y procesos mucho más organizados. De todos modos, ambas cuestiones han dado lugar a amplias discusiones, y por este motivo se analizan con más detenimiento a continuación.

b) Comienzo temporal y creación

No parece posible demostrar que el universo tiene una edad limitada, porque siempre se puede suponer, aunque sea de modo hipotético, la existencia de estados anteriores a cualquier estado concreto del universo. Esto fue subrayado por Kant en la primera antinomia cosmológica de su Crítica de la razón pura, que versa sobre la indemostrabilidad científica de la finitud o infinitud temporales del universo. Varios siglos antes, Tomás de Aquino ya había afrontado el problema de modo radical cuando, en su opúsculo Acerca de la eternidad del mundo, afirmó que, si nos atenemos sólo a los argumentos racionales, no podría excluirse que el universo hubiera tenido una duración indefinida, y que sólo conocemos que no fue así por la revelación sobrenatural[8].

Tomás de Aquino se preguntó si es posible que un ser creado haya existido siempre, examinó los argumentos contrarios y, después de refutarlos, concluyó que sólo  conocemos el origen temporal del universo por medio de la revelación. En definitiva, subrayó que el problema de la creación del universo no se identifica con el de su origen temporal de tal modo que se puede conocer racionalmente que el universo ha debido ser creado por Dios, aunque no se pueda probar por la sola razón que haya tenido un comienzo en el tiempo: el cristiano conoce el origen temporal del universo sólo por la revelación divina[9]. En cualquier caso, duración indefinida no equivale a eternidad en sentido estricto;, la eternidad consiste en la posesión perfecta del ser, por encima del tiempo y de la duración, y sólo se da en Dios, mientras que la duración de los seres naturales se refiere a la existencia sucesiva propia de un modo de ser temporal y cambiante[10].

Desde luego, si se pudiese probar que el universo ha tenido un comienzo absoluto antes del cual no existía, debería afirmarse que el universo ha sido creado,; pero no parece posible tal prueba. Sin embargo, independientemente del problema del comienzo temporal, el universo no es auto-suficiente, y esto basta para establecer que ha debido ser creado por Dios.

Ninguna de las pruebas que Tomás de Aquino propuso para demostrar la existencia de un Dios creador supone que el mundo haya tenido un comienzo. Sin embargo, en las discusiones acerca de la creación, con frecuencia se encuentran asociadas ambas ideas. Ese modo de razonar fácilmente conduce a equívocos. Por este motivo es importante subrayar que no puede identificarse el problema del origen temporal del mundo con el de su creación: el problema de la creación del universo se refiere al fundamento radical de su ser, y puede resolverse sin tener el cuenta el problema de su duración.

c) El inicio del universo

Según el modelo de la Gran Explosión, el universo existía hace 15.000 millones de años en un estado primitivo cuyo estudio parece remitir a una singularidad en la cual no se aplicarían las leyes ordinarias de la física. Se han propuesto diferentes hipótesis para abordar el estudio de ese estado inicial. Se trata de un problema difícil y, por el momento, ni siquiera es seguro que los modos actuales de abordarlo sean correctos.

De acuerdo con una hipótesis que goza de cierta aceptación, el universo habría comenzado a existir como una especie de «burbuja cuántica»; dicho de modo más técnico, como una «fluctuación del vacío cuántico». De modo esquemático, lo que esa propuesta afirma es que las fluctuaciones cuánticas del campo gravitatorio habrían producido estructuras espacio-temporales, a partir de las cuales se producirían partículas materiales mediante las fluctuaciones del vacío cuántico; por fin, el resto del universo se produciría a partir de esas partículas, de acuerdo con las leyes físicas[11].

Esa hipótesis se encuentra en una fase muy especulativa. Remite a la «gravedad cuántica», teoría que pretende unificar la física cuántica y la gravedad, acerca de la cual existen serios problemas y no pocas discrepancias[12]. Sin embargo, es posible que el universo haya comenzado a existir en un estado muy tenue, casi imperceptible, tal como propone esa hipótesis.

En cambio, no tiene sentido utilizar esa hipótesis para afirmar una presunta auto- creación del universo, o sea, una auténtica creación pero sin Creador[13]. ¿Qué sentido puede tener tan extraña posibilidad, que parece contradictoria y realmente lo es? Algunas reflexiones acerca de los conceptos físicos permitirán advertir los equívocos implicados en esa propuesta.

En primer lugar, es importante advertir que en física se suele hablar acerca de la creación de materia en un sentido impropio, y que este hecho puede inducir a confusión. En efecto, una de las consecuencias de la teoría especial de la relatividad, formulada por Einstein en 1905, es la ecuación que establece la equivalencia entre masa y energía; cuando ocurren ciertos fenómenos a los que se aplica esa ecuación, suele hablarse de creación de partículas a partir de la energía o, en el proceso inverso, de aniquilación de un par de partículas. Pero se trata en realidad de procesos físicos en los que se dan transformaciones análogas a las de cualquier otro proceso físico, y no tiene sentido tomar aquí el término creación en su sentido filosófico o teológico, esto es, como creación a partir de la nada.

Por otra parte, el concepto físico de vacío (que, en apariencia, se encuentra próximo al concepto de la nada), se refiere a estados físicos concretos. De hecho, los físicos distinguen distintos tipos de vacío, según las teorías y métodos empleados; se habla, por ejemplo, del vacío clásico y del vacío cuántico. Por tanto, no puede identificarse el vacío con la nada.

El vacío cuántico es un estado físico que posee una estructura compleja. Su estudio corresponde a la física cuántica, ámbito en el que existen interpretaciones discrepantes, sobre todo acerca de la causalidad. A veces se afirma que en el mundo cuántico existen sucesos sin causa; pero se trata de una confusión que sólo surge si se identifican determinismo y causalidad: una vez deshecho el equívoco, es fácil reconocer que todo proceso, también en el nivel cuántico, exige la existencia de causas que expliquen su producción, aunque quizás se trate de una causalidad no determinista.

La relatividad general, que es la base de los modelos cosmológicos, interpreta la fuerza de la gravedad como una curvatura del espacio-tiempo; por ese motivo supone, en cierto modo, una geometrización de la física. En el ámbito de la gravedad cuántica, que pretende unificar la relatividad general y la física cuántica, se habla de fluctuaciones topológicas que explicarían la aparición de estructuras espacio-temporales. De modo un tanto confuso, se añade que podrían darse fluctuaciones cuánticas mediante las cuales aparecieran, de modo incausado, estructuras espacio-temporales, a partir de las cuales posteriormente se producirían partículas materiales. Pero, sin negar el interés científico de las transiciones topológicas, no es difícil advertir que la existencia de espacio-tiempo sin materia y la aparición de materia a partir de puro espacio-tiempo, si estos conceptos se utilizan en su sentido habitual, no tienen sentido.

Si se reúnen los equívocos mencionados, se llega a afirmar la posible auto- creación del universo; pero esa propuesta se basa en extrapolaciones ilegítimas[14]: se pretende extraer de la física algo que esta ciencia, por su propio método, es incapaz de suministrar, puesto que sus ideas sólo pueden tener significación empírica si existe algún procedimiento para relacionarlas con experimentos reales o posibles, y esto no sucede cuando se considera el problema del origen absoluto del universo a partir de la nada. El método seguido para obtener esas imposibles conclusiones consiste en atribuir a las teorías físicas sobre el espacio, el tiempo, la materia, la energía y el vacío un sentido metafísico que no poseen, ya que tales ideas han de ser definidas en la física de acuerdo con teorías matemáticas y datos experimentales, por lo cual necesariamente se refieren a entidades o propiedades o procesos físicos, y de ningún modo pueden aplicarse a un evento como la creación a partir de la nada que, por su propia naturaleza, no es un proceso que relaciona un estado físico con otro estado también físico[15].

Las propuestas de presentar la autocreación del universo como una posibilidad científica son solamente una de las manifestaciones actuales de la fe pseudo-científica del naturalismo. Totalmente diferente es el problema propiamente científico. En ese ámbito, compete a la ciencia decidir si la lejana historia del universo remite a un fenómeno cuántico casi imperceptible o a otros estados diferentes. Por el momento, no es fácil proporcionar argumentos sólidos al respecto.

2.3. Implicaciones de la creación

Aludiremos ahora a algunas implicaciones de la creación, que ayudarán a situar su verdadero sentido, su relación con las teorías científicas, y sus consecuencias para conseguir una comprensión completa de la naturaleza.

La creación es necesaria para fundamentar el ser de lo creado; no se refiere a algún aspecto particular de las cosas creadas, sino a la totalidad de lo que son. El ser de lo creado depende radicalmente de Dios, no sólo para comenzar a existir, sino totalmente: por consiguiente, la acción divina es necesaria como fundamento del ser creado, también cuando ese ser ya ha llegado a existir. La acción divina fundante se extiende a todo lo que existe en cualquiera de sus aspectos; por tanto, también a la actividad de lo que ya existe y a los  nuevos seres que se producen mediante los procesos naturales. Por tanto, la creación del universo no puede consistir en un simple «poner en marcha» algo que luego se basta a sí mismo.

La creación no es necesaria solamente para explicar que algo haya comenzado a ser. La acción divina se extiende a todo lo que es, se produce, se conserva, se origina. El ser limitado de lo creado remite al Ser que tiene el ser por sí mismo, y que, por tanto, puede dar el ser a las criaturas sin perder nada de lo que es. Y si se tiene en cuenta que el Dios creador ha de ser infinitamente sabio, poderoso y bueno (porque posee la plenitud del ser), se comprende que el universo creado debe responder a un proyecto divino: debe ser racional y debe ser gobernado por Dios.

La acción divina no resulta necesaria sólo para explicar algunos aspectos de la naturaleza que no se conseguirían explicar de otro modo; más bien es una exigencia de la existencia misma de la actividad natural en todos sus aspectos. La creación divina no responde a la falsa imagen de Dios que se ha denominado el «dios de los agujeros» (god of the gaps), o sea, no es un recurso para «tapar los agujeros» de nuestra ignorancia; es una exigencia rigurosa a la que se llega cuando se pretende explicar racionalmente la existencia misma de lo natural.

Además, la acción divina no interfiere con lo natural en su propio nivel: lo fundamenta. No se trata de una causa que se sitúa en la línea de las causas naturales, por muy excelente que fuese; por el contrario, hace posible que existan todas las causas naturales y sus efectos. La afirmación de la acción divina fundante no quita importancia a lo natural ni lo sustituye; precisamente es esa acción divina la que da el ser a todo lo natural, con su dinamismo propio y sus virtualidades.

Es fácil advertir que la creación divina implica una perspectiva muy específica acerca de lo natural y que, según se admita o se niegue esa creación, se llegará a ideas completamente diferentes acerca del ser y del significado de lo natural.

Por ejemplo, la creación divina permite comprender no sólo la existencia del universo, sino su carácter racional; concretamente, la existencia de una información en la que se entrelazan el dinamismo y la estructuración de tal manera que los sucesivos despliegues del dinamismo producen sistemas cada vez más organizados y, en último término, el sistema total de la naturaleza con todos sus niveles que culminan en el organismo humano. Si no se admite la creación divina, deberá afirmarse que la organización del sistema de la naturaleza es, en último término, el resultado accidental de fuerzas ciegas, lo cual es completamente inverosímil; aunque existan fuerzas que de algún modo pueden calificarse como ciegas, y aunque se admita que las coincidencias accidentales desempeñan una parte importante en el desarrollo de los procesos naturales, afirmar que esos factores son las últimas claves explicativas equivale a negar que exista una explicación racional coherente para una naturaleza que está penetrada en todas sus dimensiones por la racionalidad[16].


[1] En su Historia general de la naturaleza y teoría del cielo, o sea el estudio de la constitución y del origen mecánico del universo, conforme a principios newtonianos, obra publicada de modo anónimo en 1755.

[2] En su obra Exposición del sistema del mundo, publicada en 1796.

[3] Por ejemplo, Kant admitió, en la obra mencionada, que en el universo se da una finalidad que implica la existencia del Creador.

[4] La ley de Hubble se apoya en la interpretación del corrimiento hacia el rojo de los espectros de las galaxias mediante el efecto Doppler.

[5]  Cfr. Catecismo de la Iglesia católica, Asociación de Editores del Catecismo, Madrid 1992, nn. 279-301.

[6] Cfr. 0. Cottier, «La doctrine de la création et le concept de néant», Acta Philosophica, 1 (1992), pp. 6-16.

[7] Cfr. H. Denzinger - A. Schönmetzer, Enchiridion symbolorum, definitionum et declarationum de rebus fidei et morum,, 36° ed., Herder, Barcelona-Freiburg-Romna 1976, nn. 3004 y 3026; Catecismo de la Iglesia católica, cit., n. 286.

[8] Cfr. J. 1. Saranyana, «Santo Tomás: 'De aeternitate mundi contra murmurantes'», Anuario Filosófico, 9 (1976), pp. 399-424: contiene la traducción castellana de ese opúsculo, con comentarios.

[9] En este contexto, Tomás de Aquino añadió que si el cristiano afirma el origen temporal del universo mediante argumentos racionales, dará ocasión de burla al no creyente que conoce la ilegitimidad de tales argumentos.

[10] Tomás de Aquino estudió estos problemas en diferentes lugares de su obra. Además del opúsculo citado, puede verse: Suma Teológica, 1, q. 44, a.1; 1, q. 45, aa. 1 y 2; 1, q. 46, aa. 1 y 2; Suma contra los gentiles, 11, c. 38.

[11] Cfr. D. Andresciani, «Lo studio dell'origine dell'universo nel contesto della cosmologia quantistica», en: Excerpta e dssertationibus in Philosophia, vol. III, Facultad Eclesiástica de Filosofía, Universidad de Navarra, Pamplona 1993, pp. 9-88, donde se estudian diversas formulaciones actuales de esa hipótesis, y sus implicaciones filosóficas.

[12] Cfr. C. J. Isham, «Quantum Theories of the Creation of the Universe», en: R. J. Russell - N. Murphy - C. J. lsham (editores), Quantum Cosmology and the Laws of Nature, Vatican Observatory Publications, Vatican City State 1993, pp. 49- 89. Isham, que trabaja en el ámbito de la cosmología cuántica, analiza las propuestas actuales y sus dificultades, y advierte con razón que el término creación, cuando se usa en el contexto científico, puede originar confusiones, porque la física sólo estudia los orígenes de un estado físico a partir de otro, y no la creación en su sentido metafísico.

[13] Pueden verse propuestas de ese tipo, por ejemplo, en: P. Davies, God and the New Physics, Dent, London 1983; P. W. Atkins, La creación, Labor, Barcelona 1983; Q. Smith, «The Uncaused Beginning of the Universe», Philosophy of Science, 55 (1988), pp. 39-57.

[14] Se encuentran análisis críticos de esa propuesta en: M. Artigas, «Física y creación: el origen del universo», Scripta Theologica, 19 (1987), pp. 347-373, y «Explicación física y autocreación del universo», en: AA. VV., El hombre: inmanencia y trascendencia, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona 1991, pp. 109-129; W. E. Carroll, «Big Bang Cosmology, Quantum Tunnelling from Nothing, and Creation», Laval Théologique et Philosophique, 44 (1988), pp. 59-75 ; W. L. Craig, «God, Creation and Mr Davies», The British Journal for the Philosophy of Science, 37 (1986), pp.163-175.

[15] No es infrecuente, sin embargo, que buenas exposiciones científicas de estos temas se entremezclen con reflexiones filosóficas que llevan a la física más allá de sus posibilidades. Puede verse, por ejemplo: J. J. Halliwell, «Cosmología cuántica y creación del universo», Investigación y ciencia, n' 185, febrero 1992, pp. 12-20.

[16] Por ejemplo, Edgar Morin afirma que la organización de la naturaleza habría surgido de un caos, concebido a la manera del fuego de Heráclito: un "caos original de donde surge el logos": E. Morin, El Método. 1. La naturaleza de la Naturaleza, Ediciones Cátedra, Madrid 1981, pp. 76-78. Morin parece identificar el estado primitivo del universo y, en general, el mundo microfísico, con un caos en sentido estricto. Sin embargo, esa identificación es muy problemática, porque el mundo microfísico, también en un estado primitivo, debe poseer las virtualidades cuya actualización ha provocado la formación de estructuras más organizadas. La física supone que siempre existen leyes y, de hecho, consigue formularlas, y ante la reflexión filosófica resulta inverosímil que la organización actual de la naturaleza provenga de un caos propiamente dicho, carente de cualquier tipo de estructura y leyes.

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