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Los Orígenes II

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3. El origen de los vivientes

3. 1. El origen de  vida

3.2. La evolución de las especies

3.3. La evolución: ciencia y filosofía

a)     Evolución y creación

b)    Evolución y finalidad

c)     Evolución y emergencia

3.4. Evolución y acción divina

Dos son los problemas principales en torno a la evolución biológica: el origen de los primeros vivientes, y el sucesivo origen de unas especies a partir de otras. Aunque el segundo problema se enfrenta con dificultades nada triviales, el primero es todavía más difícil.

Examinaremos a continuación las explicaciones científicas acerca del origen de la vida y de su posterior evolución, y añadiremos después algunas reflexiones sobre las implicaciones filosóficas de estos problemas.

3. 1. El origen de la vida

Biogénesis abiótica significa que los primeros vivientes se formaron a partir del nivel físico-químico mediante procesos naturales. Se trata de un proceso que no se observa actualmente en la naturaleza y que, por el momento, no se puede producir en el laboratorio. Los vivientes que conocemos provienen de otros vivientes.

 Los antiguos afirmaron que en algunos casos (como la putrefacción) existía la generación espontánea, o sea, la generación de algunos vivientes imperfectos a partir de materia inorgánica. Esta opinión fue sostenida, por ejemplo, por Tomás de Aquino[1]. Sin embargo, los experimentos de Pasteur en 1860 indicaron que en nuestro mundo no existe la generación espontánea, y que los procesos que parecían apoyarla se debían a un insuficiente aislamiento: cuando se aislaban convenientemente los productos, evitando su comunicación con los microorganismos del ambiente exterior, no se producía ningún viviente.

Sin embargo, el problema de la biogénesis abiótica volvió a plantearse más tarde, de una nueva manera, cuando se afianzó el evolucionismo. Se trataba ahora del origen de los primeros vivientes, proceso que se habría dado históricamente, de acuerdo con procesos naturales, en una época muy remota: unos 700 millones de años después de la formación de la Tierra.

Suele admitirse que la Tierra se formó hace unos 4.500 millones de años, y que los fósiles más antiguos pertenecientes a seres vivos se remontan a unos 3.800 millones de años. Sin duda, 700 millones de años constituyen un tiempo dilatado; sin embargo, si se tiene en cuenta la enorme complejidad de los vivientes con respecto a la materia inorgánica, ese tiempo parece demasiado corto para que los primeros organismos llegasen a formarse de modo casual. Aunque se han propuesto diferentes explicaciones sobre el posible origen químico de la vida, la complejidad de los vivientes, por muy elementales que sean, sigue constituyendo un desafío para comprender cómo se pudieron formar unas estructuras tan sofisticadas, en las que unas partes dependen de otras, mediante procesos aleatorios. En este terreno, no existe unanimidad entre los científicos, y las discrepancias afectan a todas las dimensiones del problema.

En cuanto al ambiente donde surgió la vida, según la interpretación más difundida (que con frecuencia se presenta como segura), habría existido una «sopa primitivas, en el océano cuyas aguas rodearían las islas volcánicas, que contendría los elementos químicos más indispensables para la vida, y allí se habrían formado los primeros seres vivos, bacterias unicelulares capaces de reproducirse[2]. Sin embargo, algunos científicos advierten que esa explicación ofrece serias dificultades, y avanzan otro tipo de posibles explicaciones; por ejemplo, se ha argumentado en favor de los cristales de arcilla como la materia prima en la que se podrían haber originado los primeros organismos[3].

En cuanto a los procesos que habrían producido los primeros organismos, la principal dificultad consiste en explicar la formación de los primeros sistemas capaces de autorreplicarse, en ausencia de los mecanismos que ahora permiten la replicación. En efecto, en los vivientes actuales, la replicación se efectúa mediante la cooperación de los ácidos nucleicos (ADN y ARN) y las proteínas; pero las proteínas se fabrican mediante procesos dirigidos por los ácidos nucleicos, y la actividad de los ácidos nucleicos exige la intervención de proteínas: por tanto, parece que nos encontramos en un círculo vicioso.

La salida de ese círculo podría encontrarse en los hiperciclos. Se trata de procesos en los cuales una entidad produce los factores necesarios para su propia replicación, a través de un proceso cíclico: existen circuitos de retroalimentación que hacen posible una «autocatálisis»[4]. En esa línea, se ha propuesto que el RNA (ácido ribonueleico) podría ser el precursor original de la vida que conocemos; la posibilidad se basa en la existencia de diferentes tipos de RNA, y en su capacidad de autorreplicarse combinando las funciones catalíticas y de «molde»: el RNA puede dirigir tanto la replicación como la producción de los factores necesarios para ello. Esta teoría se denomina mundo del RNA[5].

Existen, sin embargo, otras posibles explicaciones sobre el origen de la vida. Aunque con frecuencia se afirma, sobre todo en textos más bien divulgativos, que ya se ha explicado el origen de la vida, y de hecho existen teorías que gozan de cierta aceptación, los enigmas que todavía esperan respuesta no son pocos ni pequeños[6]. Algunos científicos consideran enormemente improbable que se haya formado la vida sobre la Tierra de modo espontáneo, y postulan que la vida, o al menos algunos de los componentes orgánicos básicos, debieron llegar a la Tierra procedentes del espacio exterior o de algún planeta habitado[7]; pero, de este modo, no se resuelve el problema: sólo se desplazan los interrogantes.

3.2. La evolución de las especies

Las teorías evolucionistas afirman que, a partir de los primeros organismos, se han originado mediante procesos naturales los demás vivientes. Existe en la actualidad un amplio consenso entre los biólogos acerca del hecho de la evolución, aunque también existen discrepancias, a veces serias, acerca de su explicación.

A comienzos del siglo XIX (1809), Lamarck defendió el transformismo biológico, o sea, el origen de unas especies a partir de la transformación de otras más primitivas, e intentó explicarlo mediante la herencia de los caracteres adquiridos. El ejemplo clásico es el del cuello de la jirafa: gracias a los esfuerzos por alcanzar alimentos situados a alturas cada vez mayores, el cuello se fue alargando y esas variaciones se transmitieron a los descendientes. Esta explicación ha sido rechazada posteriormente, aunque algunos científicos sostienen que, en algunos casos, existen procesos cuasi- lamarckianos.

En 1859 se publicó El origen de las especies de Charles Darwin, obra que contribuyó decisivamente a una aceptación cada vez mayor de la teoría evolucionista. La explicación de Darwin se centraba en la selección natural: se supone que en los vivientes se dan pequeñas variaciones, algunas de las cuales confieren a sus poseedores ventajas en la lucha por la supervivencia; los seres mejor adaptados tendrán más descendencia y, a la larga, mediante un proceso gradual, las pequeñas ventajas se irán acumulando hasta producir nuevos tipos de vivientes, o sea, nuevas especies.

Cuando Darwin formuló su teoría, casi nada se conocía acerca de las variaciones postuladas por Darwin ni de su herencia. La genética, que estudia esos problemas, aún no había nacido. Mendel formuló sus leyes, que constituyen las bases de la genética, en la misma época en que se afianzaba el darwinismo, pero esas leyes sólo fueron conocidas y valoradas a partir de 1900. En torno al cambio de siglo, el evolucionismo sufrió una seria crisis, de la que se recuperó cuando, hacia 1930, se formuló la denominada teoría sintética de la evolución, o neo-darwinismo, que unió las ideas de Darwin con los avances de la genética y el estudio de las poblaciones. Más tarde, la biología molecular ha proporcionado otros ingredientes básicos a las teorías evolutivas.

 - El neodarwinismo afirma que las variaciones que se encuentran en la base de la evolución son las mutaciones genéticas, o sea, cambios en el ADN, que se producen por causas diversas pero siempre «al azar» (porque no responden a una intención de la naturaleza). Existen muchas mutaciones, y la mayoría provocan trastornos que hacen inviable al nuevo ser; pero algunas pueden ser viables y beneficiosas, y ésas son las que se conservan. Las mutaciones genéticas, como afectan al material hereditario (los genes), se transmiten a los descendientes; de este modo, los efectos de las mutaciones beneficiosas se amplificarán, porque sus portadores se encontrarán en una situación beneficiosa en la lucha por la existencia: se produce una «selección natural», así denominada por analogía con la selección artificial en la cual conseguimos mejorar las características de los animales mediante los cruces apropiados. Eventualmente, esa amplificación puede provocar, por acumulación de muchos pequeños cambios, la aparición de nuevos tipos o especies. En definitiva, según el neodarwinismo, la evolución se explica por la combinación de mutaciones al azar y selección natural[8].

Son muchos los problemas implicados por el evolucionismo. Por tanto, no puede extrañar que, aunque exista un amplio consenso entre los biólogos acerca del hecho evolutivo, también existan discrepancias acerca de muchas explicaciones concretas. Señalaremos algunas de ellas.

Una de las discrepancias se refiere al alcance de la selección natural. El darwinismo interpreta los diferentes caracteres biológicos en términos de ventajas o desventajas adaptativas por medio de la selección natural. Sin embargo, el «neutralismo» (propuesto por Motoo Kimura) afirma que muchos cambios del ADN, incluso la mayoría, no tienen un significado adaptativo: son «neutrales» en este aspecto[9].

Otra discrepancia se refiere al carácter gradual de la evolución. El darwinismo interpreta los cambios evolutivos como el resultado de la lenta acumulación de pequeños cambios; es una teoría «gradualista». Pero el «saltacionismo» o teoría de los equilibrios puntuados (propuesto por Stephen J. Gould y Niles Eldredge) afirma la existencia de cambios bruscos, que no responden a una lenta acumulación de variaciones, sino a otro tipo de mecanismos[10]. De este modo se comprendería que el registro fósil presente importantes huecos acerca de los cambios graduales postulados por el darwinismo.

Además, parece lógico suponer que, para que exista una evolución desde los organismos más primitivos hasta el organismo humano, deberían existir unas leyes básicas, que por el momento nos son desconocidas, capaces de «guiar» tan complicado proceso hasta su forma actual. Se han formulado intentos en esta dirección, en los cuales no se concede demasiada importancia a la selección y al azar. Sin embargo, los conocimientos actuales son insuficientes para abordar con plena seguridad estos problemas, que son objeto de controversias y de especulaciones.

Por ejemplo, cada vez se conocen mejor dos ámbitos que pueden proporcionar importantes claves para comprender la evolución. Por una parte, la regulación génica, o sea, la existencia de programas que regulan la expresión de los genes, podría explicar la existencia de cambios en programas enteros de regulación que conduzcan a la aparición de nuevos planes de organización. Por otra parte, como resultado de los nuevos conocimientos acerca de la auto-organización, también se podría explicar la aparición de nuevas características en función de las virtualidades y tendencias inscritas en lo natural. Esos dos ámbitos se encuentran relacionados y puede esperarse que contribuirán a progresar en el conocimiento de la evolución biológica[11].

 La evolución de las teorías evolucionistas es continua; una vez y otra se formulan nuevas síntesis que suelen incluir nuevos puntos de vista[12]. Esto no significa que esas teorías sean poco rigurosas ni que el filósofo pueda prescindir de ellas: la situación es semejante a la que se encuentra en otros ámbitos de las ciencias, y las discusiones suelen referirse a los mecanismos de la evolución, no al hecho. Por otra parte, advertir los límites de las explicaciones actuales es el único modo de progresar; cuando se afirma el carácter definitivo y completo de las explicaciones actuales, que presentan muchas lagunas, en realidad se está obstaculizando el progreso científico.

3.3. La evolución: ciencia y filosofía

 La evolución biológica y la perspectiva filosófica se complementan. En efecto, las teorías científicas se refieren al hecho de la evolución y a sus mecanismos; en cambio, la reflexión filosófica se centra en torno al significado de la evolución: analiza sus condiciones de posibilidad y sus aplicaciones.

a) Evolución y creación

Las condiciones de posibilidad de la evolución remiten al problema de la creación. Para mostrarlo, mencionaremos tres condiciones de posibilidad de la evolución que se refieren a sus supuestos, o sea, a requisitos que han debido darse para que la evolución sea posible.

 En primer lugar, para que la evolución sea posible se requiere, ante todo, que existan unas entidades y unas leyes básicas que puedan servir como base de la evolución.

En segundo lugar, esas entidades y leyes han de ser muy específicas, porque deben poseer unas virtualidades (o posibilidades, o potencialidades) a partir de las cuales puedan formarse entidades que posean nuevos tipos de organización: y esto de modo recursivo, o sea, de tal manera que las nuevas entidades posean nuevas virtualidades que permitan el paso siguiente; y así sucesivamente,, a lo largo de la amplia escala evolutiva.

En tercer lugar, han debido darse, en cada fase de la evolución, las condiciones que han hecho posible la actualización de las virtualidades.

Una analogía que puede ayudar a comprender el problema es la de una obra escrita (una novela, un drama, o una obra de cualquier otro género). Para que la obra pueda existir, es necesario que exista un lenguaje escrito; por tanto, un alfabeto o conjunto de signos dotados de un significado concreto, y unas reglas que determinen la unión de esos signos en palabras y frases dotadas de sentido. Es necesario, además, que se unan las letras, las palabras y las frases, formando un conjunto inteligible. Si se trata de una obra de calidad, también será necesario que el conjunto y cada una de sus partes posean unidad, interés y elegancia.

De modo semejante, para que los organismos que conocemos hayan podido producirse mediante un proceso evolutivo, es necesario que existan los componentes básicos del nivel físico-químico (las partículas y fuerzas fundamentales); que esos componentes posean unas propiedades específicas que permitan la formación de sucesivos niveles de organización (núcleos, átomos, moléculas, macromoléculas) hasta llegar a los primeros vivientes; y que, en el nivel biológico, se puedan producir nuevas combinaciones que conduzcan a nuevas formas de organización. Conocemos el resultado: la escala de vivientes que culmina en el hombre; y este resultado posee una organización enormemente sofisticado; por tanto, las virtualidades que estaban presentes desde el principio en los componentes básicos, deben ser muy específicas. Por fin, en cada paso evolutivo han debido darse unas circunstancias precisas y una cooperatividad que ha hecho posible que los diferentes factores se integrasen para producir nuevas estructuras.

 Por tanto, las teorías evolucionistas no explican todo. Se apoyan en unos supuestos, o condiciones de posibilidad: la existencia de una materia y de unas leyes muy específicas, cuyas virtualidades han permitido la sucesiva producción de toda una serie de organismos que forman una escala enormemente variada cuyo resultado final es el organismo humano.

Estas reflexiones conducen al problema de la creación divina del mundo. La ciencia puede estudiar cómo se originan unas entidades a partir de otras, pero no puede dar razón de la existencia misma del mundo y de sus propiedades básicas. Puede decirse, por tanto, que el problema de la creación es un problema metafísico que trasciende las posibilidades del método científico y que se refiere a las condiciones que hacen posible la evolución. Afirmamos, en resumen, que entre evolución y creación no hay contradicción,, y además, que la reflexión sobre las condiciones de posibilidad de la evolución conduce al problema de la creación

En este ámbito, subsisten algunos equívocos que se deben a dos posiciones extremas. Por una parte, la que defiende un evolucionismo que, yendo más allá de lo permitido por la ciencia, niega la creación o la acción divina en el mundo, y por otra, la de algunos fundamentalistas religiosos que, en nombre de la Biblia, niegan la posibilidad de la evolución biológica. Pero ambas posiciones son ¡legítimas: ni la ciencia puede negar la acción divina, ni la religión es competente para oponerse a argumentos verdaderamente científicos.

b) Evolución y finalidad

La evolución se relaciona también con el problema de la finalidad. En efecto, la existencia de una larga serie de niveles de organización cada vez más complejos y sofisticados que culminan en el organismo humano sugiere la existencia de una «orientación» o «dirección» en el proceso evolutivo. Por tanto, si buscamos las causas que permiten comprender de modo completo la evolución, surge la pregunta sobre la existencia de un plan superior que gobierna la evolución.

En ocasiones se ha afirmado que existe una «ortogénesis global», o sea, una «tendencia evolutivas que ha conducido a los resultados que conocemos, y que, por tanto, es posible probar científicamente que la evolución está «dirigida»[13]. Desde luego, es evidente que, de hecho, existe una serie de niveles de organización en la cual, no siempre pero sí bajo algunos aspectos importantes, puede distinguirse un progreso en la organización; y también es evidente que este hecho requiere una explicación. Sin embargo, no parece posible concluir que exista una tendencia que haya conducido necesariamente a los resultados que conocemos; por una parte, porque nuestro mundo es contingente, y por otra porque, incluso si se afirma la existencia de un plan divino, ese plan puede incluir avances y retrocesos, explosiones de vida y extinciones en masa: nada obliga a identificarlo con un proceso lineal y siempre progresivo.

Con frecuencia, se niega la existencia del plan divino argumentando, precisamente, que el proceso evolutivo no es siempre progresivo, o sea, que incluye éxitos y fracasos (por ejemplo, la mayoría de las especies se han extinguido); se añade que muchos resultados evolutivos no parecen responder a un plan previsto, sino a adaptaciones oportunistas; y se subraya además que el azar desempeña una función importante en el proceso, lo cual no parece compatible con la existencia de un plan. Sin embargo, estas dificultades sólo serian incompatibles con un plan completamente «lineal», siempre progresivo, que se despliega de modo completamente necesario y, como ya se ha señalado, no existe motivo para pensar que el plan divino deba ajustarse a ese modelo: más bien resulta congruente pensar que, si Dios ha querido el proceso evolutivo, haya respetado el modo natural de su desarrollo.

En otros casos, se dice que la existencia de un plan divino sería incompatible con el espíritu científico, que busca explicar los fenómenos mediante causas naturales. En realidad, la acción divina no sólo es compatible con las leyes naturales, sino que las fundamenta y hace posible su actuación; además, permite comprender la racionalidad de un proceso evolutivo que, si sólo se debiera a fuerzas ciegas, quedaría envuelto en el misterio más absoluto.

 El interrogante acerca de la existencia de un plan divino se encuentra fuera del alcance de las teorías evolucionistas: la ciencia puede estudiar el hecho y las modalidades de la evolución, pero la posible existencia de un plan divino sobrepasa las posibilidades de su método. En consecuencia, los mismos motivos que impiden afirmar científicamente la existencia de un plan superior, impiden también negar su existencia en nombre de la ciencia. Sin embargo, los conocimientos proporcionados por las ciencias invitan a plantear la pregunta acerca del plan divino[14].

c) Evolución y emergencia

Para que exista la evolución, deben existir unas causas proporcionadas. En este sentido, una objeción clásica contra la evolución consiste en afirmar que lo más no puede surgir de lo menos, o sea, que el efecto no puede ser superior en perfección a la causa. ¿Cómo se explica que, a lo largo del proceso evolutivo, se produzcan nuevas perfecciones que antes no existían?

La emergencia de nuevas perfecciones se explica, en primer lugar, por la integración de diferentes factores en un nuevo sistema unitario. De hecho, en el nivel físico-químico existen muchos procesos en los que se forman nuevos sistemas dotados de caracteres holísticos y propiedades emergentes. En el nivel biológico, las mutaciones genéticas provocan cambios en la información genética, y si son viables, se producirán nuevas características. Las mutaciones tienen causas determinadas, y el despliegue del programa genético es la causa de las nuevas características. Así se explica que puedan aparecer novedades en los organismos.

Sin embargo, las novedades estructurales van unidas, en el nivel biológico, a modos de ser peculiares, a una «interioridad» cuya relación con la «exterioridad» estructural es un tanto misteriosa: las tendencias de los vivientes y el psiquismo de los animales. Parece indudable que existe un paralelismo entre el grado de organización y la interioridad de los vivientes;- y también es claro que, a medida que se avanza en el conocimiento de las estructuras biológicas, se determinan mejor sus aspectos concretos. Sin embargo, la interioridad de los vivientes sigue siendo objeto más de admiración que de comprensión.

Es lógico que las teorías evolucionistas encuentren límites en ese ámbito. Las explicaciones científicas son tanto más rigurosas cuanto más directamente pueden ser comprobadas mediante el control experimental; pero es difícil someter a control experimental la interioridad de los vivientes: la ciencia debe contentarse con estudiar las conexiones entre esa interioridad y las estructuras espacio-temporales que con ella se relacionan.

3.4. Evolución y acción divina

Podemos concluir que la evolución biológica es compatible con la acción divina y, además, que la acción divina nos sitúa en una perspectiva muy adecuada para comprender las condiciones que hacen posible la evolución.

Frente a esta conclusión, el darwinismo cientificista afirma que la combinación de las mutaciones al azar con la selección natural basta para explicarlo todo: las mutaciones son la fuente de la variabilidad; la selección es la fuente del orden, porque es un filtro que sólo permite el paso de los organismos mejor dotados; y no hay por qué recurrir a otras explicaciones. En ese caso, no quedaría lugar para los interrogantes filosóficos. Suele añadirse que esos interrogantes corresponden a preguntas mal planteadas, porque el único método legítimo para estudiar la naturaleza sería el método científico[15].

Esa tesis debe afrontar serias dificultades. En efecto, si bien la selección natural puede desempeñar una función en la formación del orden de la naturaleza, no puede ser la causa propia de ese orden. La selección consiste en dejar pasar a una parte de los candidatos y cerrar las puertas a otros y, en ese sentido, produce una situación más ordenada. Sin embargo, para poder seleccionar unos candidatos, es necesario que existan previamente: es imposible que se seleccionen unas propiedades positivas si no se han producido con anterioridad. En cualquier caso, las propiedades deben producirse mediante causas propias: los ojos, el cerebro, el radar de los murciélagos y la información genética son el resultado de causas positivas, no del filtro de la selección.

Podría decirse que esas causas son las mutaciones genéticas, que no se producen de modo finalista (no van dirigidas hacia un fin), sino al azar. Pero esa afirmación, aunque contiene una parte de verdad, puede ser también una fuente de equívocos. En efecto, aunque se produzcan muchas mutaciones aleatorias, sólo resultarán viables unas pocas, concretamente aquellas que puedan integrarse funcionalmente dentro de un programa muy complejo que ya está actuando. Que exista la posibilidad de esas sucesivas integraciones, enormemente sutiles, que conducen a niveles crecientes de complejidad, deja la puerta abierta a los interrogantes acerca de las virtualidades, las tendencias y su explicación última, e incluso invita a formularlos.

En último término, la combinación de mutaciones y selección puede explicar algunos aspectos de la producción de los vivientes, pero resulta insuficiente como explicación total de los aspectos holísticos, direccionales y cooperativos que existen en la evolución.

Cuando se niega la legitimidad de los interrogantes filosóficos en nombre de la ciencia se adopta una perspectiva cientificista, según la cual sólo existe un camino para conocer la naturaleza: el que utiliza la ciencia experimental. Pero este cientificismo es contradictorio. En efecto, su tesis no pertenece a ninguna ciencia, no es una afirmación de física ni de química ni de biología ni de ninguna otra ciencia experimental; por tanto, aplicando a esa tesis el criterio que la misma tesis establece, insulta insostenible. Se trata de una tesis que se refuta a sí misma.

En realidad, el cientificismo responde a motivaciones que no son científicas, sino filosóficas e incluso teológicas. En el caso de la evolución, suele responder al deseo de afirmar, como si de una conclusión científica se tratase, que no hay lugar para un Dios creador y providente[16]. Pero esa afirmación es ¡legitima, porque se presenta como científica cuando, en realidad, no lo es. El cientificismo equivale a un reduccionismo que niega arbitrariamente los problemas que no caben en sus estrechos moldes[17].

En otras ocasiones, se afirma que las teorías evolucionistas son suficientes, pero no porque se niegue la legitimidad de los problemas filosóficos, sino porque se desea evitar la introducción de discusiones filosóficas en el campo científico[18]. En ese caso, no se adopta una posición cientificista; sólo se pretende distinguir lo que pertenece a la ciencia y lo que responde a otras perspectivas. Esa distinción es razonable e incluso necesaria, y en nada se opone a nuestra conclusión.

En definitiva, para conseguir una perspectiva completa sobre la evolución, las explicaciones científicas han de ser completadas considerando las dimensiones metafísicas del problema, que se refieren especialmente a la creación del universo y a la existencia de un plan divino que lo gobierna. Esto en nada se opone a la ciencia, porque la afirmación de la acción divina que da el ser a todo lo que existe en la naturaleza y lo gobierna, haciendo posible el despliegue de los dinamismos naturales y la producción de novedades emergentes, no se refiere a los mecanismos concretos estudiados por las ciencias, sino a su fundamento radical: se sitúa en un nivel que es diferente al de las ciencias y que se complementa con ellas.


[1] Puede verse, por ejemplo: Tomás de Aquino, Suma Teológica, 1, q. 71, a. 1, ad lm; 1, q. 91, a. 2, ad 2m. En estos textos se afirma la generación de vivientes imperfectos a partir de la putrefacción, bajo la acción de los cuerpos celestes, y se niega que de ese modo puedan generarse los animales perfectos, en cuya generación interviene el semen.

[2] Cfr. R. Gore, «Our Restless Planet Earth», National Geographic Magazine, vol. 168, n' 2, agosto 1985, p. 151: es un ejemplo de la seguridad con que suele presentarse esa hipótesis.

[3] Cfr. A. G. Cairns-Smith, «Los primeros organismos», Investigación y ciencia, n°107, agosto 1-985, pp. 54-63.

[4] Se explica este tipo de procesos, aplicándolos al problema del origen de la vida, en: M. Eigen - W. Gardiner - P. Schuster - R. Winkler-Oswatitsch, «Origen de la información genética», Investigación y ciencia, n° 57, junio 1981, pp. 62-81. Eigen y Schuster propusieron esta explicación en 1977.

[5] Cfr. R. F. Gesteland - J. F. Atkins (editores), The RNA World, Cold Spring Harbor Laboratory Press, Plainview (New York) 1993, donde se estudian los diferentes aspectos de ese, modelo y los argumentos que lo apoyan.

[6] Las dificultades se reflejan en: J. Horgan, «Tendencias en evolución. En el principio ... », Investigación y ciencia, n° 175, abril 1991, pp. 80-90, donde se analiza el panorama de las diferentes explicaciones que se han propuesto. En el subtítulo de ese artículo se dice que "hay puntos de vista muy dispares sobre cuándo, dónde y, sobre todo, cómo empezó la vida sobre la Tierra". Se advierte que las explicaciones que suelen figurar en los libros de texto han sido seriamente cuestionadas. Se analizan las diversas propuestas. Y en el resumen esquemático se dice que este problema "es un telar de Penélope donde nuevos datos arruinan las ideas asentadas".

[7] La hipótesis de la «panspermia», según la cual existen gérmenes de vida en el espacio y de ahí habrían llegado a la Tierra, es antigua. En nuestros días, Francis Crick (Premio Nobel, junto con Jarnes Watson, por su descubrimiento de la estructura en doble hélice del ADN), habla de la «panspermia dirigida»; los gérmenes de vida, o quizás bacterias, podrían haber sido enviadas a nuestro planeta de modo intencionado: cfr. F. Crick, «Foreword», en: R. F. Gesteland - J. F. Atkins (editores), The RNA World, cit., p. xiv.

[8] Se encuentra una colección de estudios sobre la evolución, interpretada a la luz del neodarwinismo, en: AA. VV. Evolución, Labor, Barcelona 1982. Sobre los principios básicos del neodarwinismo, cfr. F. J. Ayala, «Mecanismos de la evolución», ¡bid., pp. 13-28.

[9] Cfr. M. Kimura, «Teoría neutralista de la evolución molecular», Investigación y ciencia, n° 40, enero 1980, pp. 46-55.

[10] Cfr., por ejemplo: S. J. Gould, «The meaning of punctuated equilibrium, and its role in validating a hierarchical approach to macroevolution», en: R. Milkman (editor), Perspectives on Evolution, Sinauer, Sunderland (Mass.) 1982, pp. 83-104.

[11] Puede verse, por ejemplo: S. A. Kauffman, The Origins of Order. Self-Organization and Selection in Evolution, Oxford University Press, Oxford 1993. El autor se adentra en ámbitos difíciles que pueden requerir matizaciones científicas y filosóficas, pero en cualquier caso, su trabajo constituye una muestra de los problemas que han de afrontar las actuales teorías evolucionistas y de algunas posibles líneas de solución en la línea de la auto-organización.

[12] Puede verse, por ejemplo: G. Ledyard Stebbins - F. J. Ayala, «La evolución del darwinismo», Investigación y ciencia, n' 108, septiembre 1985, pp. 42-53. Los autores concluyen el artículo con estas palabras: "Cualquiera que sea el nuevo acuerdo que surja  de la investigación y la controversia actuales, no es probable que exija el rechazo del programa básico del darwinismo y de la teoría elaborada a mediados de este siglo. La teoría sintética del siglo XXI se apartará considerablemente de la que se elaboró hace unos pocos decenios, pero su proceso de aparición tendrá más de evolución que de cataclismo":

[13] Pierre Teilhard de Chardin intentó probar que existe en la evolución una direccionalidad ascendente. Sus argumentos se basan en la existencia de niveles crecientes de organización, que culminan en el sistema nervioso y en la cerebralización, y ase encuentran unidos a un aumento progresivo de la consciencia. Sobre esa base se consideró autorizado a afirmar, como si se tratase de una conclusión científica, que la evolución está «dirigida». Cfr. P.Teilhard de Chardin, El fenómeno humano, Taurus, Madrid 1967, pp. 173-178. Se trata de una versión teísta del «impulso vital» de Bergson: cfr. H. Bergson, La evolución creadora, Espasa Calpe, Madrid 1985 (original de 1907).

[14] Se comprende, por tanto, que a Jacques Monod, Premio Nobel, quien afirmó que "El hombre sabe ahora que está solo en la inmensidad indiferente del universo de donde ha emergido por azar", Christian de Duve, también Premio Nobel, haya replicado: "Esto es, por supuesto, absurdo. Lo que el hombre sabe -o, al menos debería saber- es que, con el tiempo y cantidad de materia disponible, ni siquiera algo que se asemejase a la célula más elemental, por no referirnos ya al hombre, hubiese podido originarse por un azar ciego si el universo no los hubiese llevado, ya en su seno": C. de Duve, La célula viva, Labor, Barcelona 1988, p. 358.

[15] Jacques Monod, premio Nobel de Biología, es un ejemplo paradigmático de esa actitud (cfr. su obra El azar y la necesidad, Barral, Barcelona 1971), que ha sido defendida posteriormente con gran vigor por Richard Dawkins, profesor de Biología en la Universidad de Oxford, en su obra El relojero ciego, Labor, Barcelona 1988.

[16] El caso de Dawkins es claro. Su libro va dirigido a mostrar que no es necesario recurrir a Dios para explicar la evolución. Se ha dicho que la existencia de un reloj remite necesariamente a un relojero, pero Dawkins pretende mostrar que bastar&iacut

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