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El modo de ser de lo natural (2°)

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2. Las condiciones materiales

            Para representar las dimensiones asociadas a la exterioridad, tanto en la vida ordinaria como en la tradición filosófica se utiliza el concepto de «materia». Analizaremos ahora las dimensiones materiales y los significados del concepto de materia. 

2. l. Dimensiones de tipo material

                Son dimensiones materiales las propias de la estructuración espacio-temporal; por tanto, la extensión, que constituye la base de la estructuración espacial; la duración, que constituye la base de la estructuración temporal; y el movimiento, que relaciona lo espacial y lo temporal[1]. Nos referiremos ahora a estas tres nociones, considerándolas como las condiciones fundamentales de la  materia.

                En primer lugar, todo lo material se posee una extensión y, por tanto una magnitud. Podemos imaginar puntos materiales, y se trata de un recurso utilizado ampliamente en las ciencias; pero en la naturaleza no existen puntos inextensos: todos los seres materiales poseen una extensión y una magnitud. En consecuencia, lo material es divisible, puede ser dividido indefinidamente, y las partes que se obtengan nunca serán inextensas (en la práctica, esa divisibilidad tropieza con límites físicos que se van desplazando hacia distancias cada vez menores). Es importante señal, por otra parte, que,  los diferentes modos de ser de lo  natural se encuentran asociados a magnitudes típicas: los átomos, las moléculas, las macromoléculas biológicas, las células y los organismos poseen una magnitud determinada o, al menos, su magnitud se encuentra dentro de ciertos límites fuera de los cuales no pueden existir las respectivas entidades. Además, en los sistemas unitarios existe una continuidad entre sus partes: aunque puedan contener «incrustaciones», existe una continuidad mínima que es necesaria para la existencia del sistema

                En segundo lugar, lo material implica duración, o sea, una extensión o dispersión  temporal Pueden aplicarse a este caso, con los oportunos cambios, las reflexiones anteriores acerca de la extensión espacial. En concreto, los procesos naturales tienen una duración y, por tanto, una magnitud temporal. Son divisibles en partes, aunque los procesos unitarios se encuentran asociados a duraciones típicas, y en ellos existe una continuidad; son procesos que se desarrollan desde un término inicial a uno final de acuerdo con tendencias naturales, y dependen de pautas temporales definidas.

                En tercer lugar, la materialidad implica movimiento. La estructuración y la ubicación tienen una estabilidad que depende del equilibrío entre dinamismos; nada garantiza su estabilidad completa ni, mucho menos, definitiva Cualquier ser material puede cambiar y, ordinariamente, se encuentra sometido a continuos cambios, aunque a veces resulten casi imperceptibles; y no sólo puede cambiar en aspectos accidentales: puede cambiar también substancialmente, si desaparecen las condiciones necesarias para su existencia. Todo lo natural está sometido al devenir. Por este motivo, siempre se ha considerado la mutabilidad como característica fundamental de los seres materiales. Los conocimientos actuales ilustran esa mutabilidad; sabemos, en efecto, que en todas las entidades, incluidas las más estables, se dan continuos cambios, por lo menos en el nivel microfísico.

2.2. Significados del concepto de materia

                Hasta ahora hemos hablado de la materia, de la materialidad y de las dimensiones materiales. Precisaremos ahora los significados del concepto de materia. Las aclaraciones terminológicas, en este caso, resultan decisivas. En efecto, muchas dificultades en tomo al concepto de materia pueden evitarse distinguiendo dos sentidos diferentes, que responden a su uso adjetivo y substantivo.

a) Significado adjetivo: la materialidad

                En sentido adjetivo, algo es «material» si posee dimensiones materiales: extensión, duración y mutabilidad (y las demás dimensiones relacionadas con éstas). A un modo de ser de ese tipo se le puede designar como «material», y el conjunto de las condiciones que lo constituyen es la «materialidad».

                Tanto en la vida ordinaria como en la filosofía, es frecuente hablar de «la materia» como substantivo. Sin embargo, ese modo de hablar fácilmente induce a confusiones. En efecto, no existen seres que consistan solamente en una colección de dimensiones materiales, porque esas dimensiones no tienen una existencia propia: son dimensiones materiales de sujetos que poseen modos de ser específicos, que no se reducen a esas condiciones. Por tanto, sería más apropiado calificar a esos sujetos como «materiales», para subrayar que la «materialidad» es un modo de ser. Si analizamos los textos filosóficos donde aparece el concepto de materia advertiremos que, por lo general, lo que se dice puede expresarse de modo más claro hablando de lo «material» o de la «materialidad». Así se subraya que la materialidad es propiamente un modo de ser, un tipo de condiciones. Cuando se habla de la materia parece indicarse, en cambio, que se trata de un ser concreto.

                Intentamos subrayar, en definitiva, que la materialidad no posee un ser propio. Dicho con otras palabras: no existe ningún ser puramente material. Cuando hablamos de seres materiales, no deberíamos pensar que se reducen completamente a las condiciones materiales: esa reducción es imposible, porque esas condiciones no pueden substancializarse, no pueden existir de modo independiente. La extensión, la duración, la mutabilidad y las demás condiciones que se relacionan con ellas, sólo pueden existir como aspectos del modo de ser. Las entidades naturales poseen modos de ser que incluyen esas condiciones, pero no se reducen a ellas.

b) Significado substantivo: la materia

                ¿Sería deseable evitar el uso substantivo del concepto de materia? Señalaremos ahora algunos equívocos que provoca ese concepto en las ciencias y en la filosofía[2].

                En las ciencias, la materia designa, en ocasiones, el conjunto de los seres que estudian las ciencias físico-químicas; se exceptúan entonces los vivientes que, no obstante, son seres materiales. Por otra parte, cuando los físicos hablan de materia se refieren, por lo general, a las partículas subatómicas: se opone «materia» a «energía»; de modo poco feliz, se habla de la «materialización de la energía» para designar procesos relacionados con la equivalencia entre masa y energía, dando la impresión de que la energía no es algo material (lo cual es un sinsentido). En otros casos, se usan los conceptos de «masa» y «materia» como si fuesen casi equivalentes; esta confusión arranca del mismo Newton, quien definió la masa como «cantidad de materia»: se trata de una definición desafortunada, que ha subsistido durante siglos y todavía se encuentra en libros de texto, gracias a que, de hecho, no se aplica a ningún problema propiamente científico. En nuestra época, se ha hablado de una creciente «desmaterialización» de la ciencia, para subrayar la importancia creciente que tienen en la ciencia contemporánea las explicaciones basadas en fuerzas, campos de fuerzas y energía. En definitiva, si se desea delimitar qué dicen las ciencias acerca de «la materia», resulta imprescindible precisar los diferentes usos de ese concepto y advertir los equívocos a los que de hecho se presta.

                En el ámbito filosófico, el concepto de materia conduce, con frecuencia, a equívocos aún mayores, porque se le suele atribuir un significado que depende del mecanicismo cartesiano: se identifica la materia, por una parte, con las condiciones materiales, y por otra, con las substancias naturales; se despoja, por tanto, a lo natural de su dinamismo propio y de las demás dimensiones relacionadas con la interioridad. Esa materia empobrecida viene a ser un sujeto pasivo e inerte, que se reduce a pura exterioridad: ésta es la idea que el mecanicismo propone para las substancias naturales. A pesar de las críticas de que ha sido objeto el mecanicismo, la idea mecanicista de materia ha constitudo el trasfondo de muchos planteamientos filosóficos cuyo impacto se deja sentir todavía en la actualidad: la idea de «materia» suele utilizarse como sinónimo de «materia inerte», carente de dinamismo propio.

                No es fácil utilizar el concepto de materia en su sentido substantivo y evitar los equívocos mencionados. Ese concepto se encuentra ampliamente utilizado en la tradición aristotélica en sentidos nada próximos al mecanicismo. Pero, debido a la enorme influencia que el mecanicismo ha ejercido durante varios siglos, cuando se usa el concepto de materia como substantivo, suele ser muy conveniente introducir clarificaciones que permitan evitar los equívocos habituales. Nos referiremos ahora a este tipo de precisiones.

2.3. Materia primera y segunda

                El término «materia» se relaciona en su etimología latina con la madre («mater»), que proporciona los elementos a partir de los cuales se forma un nuevo ser.

                En la filosofía aristotélica se utiliza ampliamente el concepto de materia en su sentido substantivo. Significa, en general, aquello de lo cual algo está hecho. Corresponde a la idea del «material», la «materia prima» o los «componentes» de que algo consta o con los que algo se fabrica.

                En concreto, se habla de «materia primera» (o «materia prima») para designar un substrato común a todos los cuerpos, que permanece incluso en los cambios substanciales; y de «materia segunda» para designar las substancias naturales, que vienen a ser el substrato que permanece a través de los cambios accidentales. Vamos a analizar qué sentido se puede atribuir a estos conceptos a la luz de nuestra conceptualización de lo natural.

a) La materia primera

                Aristóteles afirma que, para explicar los cambios, debe admitirse que en todos ellos existe un substrato permanente que inicialmente carece de la forma que luego adquiere mediante el cambio. Para determinar en qué consiste ese substrato, hay que distinguir dos casos: el cambio accidental y el substancial. En el cambio accidental, una substancia adquiere determinaciones accidentales, llega a ser esto o aquello: el substrato que permanece es la substancia (no se dice que la substancia no cambie en absoluto: no cambia su modo de ser esencial, pero cambia accidentalmente). En el cambio substancial, se produce una nueva substancia; ese cambio supone cambios accidentales (de configuración, aumento, sustracción, composición y alteración), pero a través de ellos se produce un nuevo ser: también aquí debe existir un substrato porque hay continuidad entre el punto de partida y de llegada, y si no hubiera un substrato común a ambos, no existiría una transformación sino una verdadera creación. Al substrato de los cambios substanciases se le llama materia prima. Ese substrato se conoce por analogía: se relaciona con la substancia corno el bronce con la estatua, la madera con la cama, el material informe con la cosa formada[3].

                El concepto de «materia prima» es difícil. Citaremos tres lugares donde Aristóteles lo precisa[4].

                En el primero afirma: "llamo, en efecto, materia al primer sujeto de cada cosa y cada ser, a partir del cual, como de un elemento constitutivo, se hace o viene a ser algo, y no de manera accidental"[5]. Se trata, pues, de un factor esencial de la constitución de las substancias. Esta definición resulta del análisis del cambio; en este contexto, la materia es el sustrato último del cambio. Pero, ¿cuáles son sus características?

                Aristóteles se refiere a ellas cuando dice: "entiendo por materia lo que de suyo no es ni algo ni cantidad ni ninguna otra cosa de las que determinan al ente. Pues es algo de

lo que se predica cada una de estas cosas, y cuyo ser es diverso del de cada una de las categorías (pues todas las demás cosas se predican de la sustancia, y ésta, de la materia); de suerte que lo último no es, de suyo, ni algo ni cuanto ni ninguna otra cosa; ni tampoco sus negaciones, pues también éstas serán accidentales"[6]. Esta definición se refiere a la predicación, y advierte que la materia es un sujeto indeterminado al que no pueden atribuirse determinaciones concretas.

                Por fin, Aristóteles subraya que la materia prima es el sujeto último del que se componen las cosas: "cuando decimos de algo no que es 'tal-cosa' sino 'de tal-cosa' ...   por ejemplo, la caja no es de tierra ni tierra, sino de madera..... Pero, si hay algo primero, de lo que ya no se dice, con referencia a otro, que es de-tal-cosa, esto será la materia primera"[7].

                En definitiva, la materia prima aristotélica se presenta como un substrato último relacionado con la composición de los cuerpos y con el cambio substancial. Es concebido por analogía con el substrato de los cambios accidentales. No posee determinaciones propias. A todo ello se añade que tiene un carácter potencial: es pura potencialidad, precisamente porque carece de determinaciones y puede ser sujeto de diferentes actos. ¿Qué sentido puede tener esta doctrina a la luz de nuestra conceptualización de lo natural?

                Es posible interpretar la materia primera como equivalente a la materialidad de los cuerpos[8]. En efecto, no es un componente físico determinado, sino que expresa el carácter básico que tienen en común todos los entes materiales.

                La noción de «materialidad» expresa que los cuerpos son entes materiales, y por tanto, que tienen las características que se atribuyen a la materia en general: extensión, divisibilidad, localización, duración, mutabilidad tanto accidental como substancial. Sin embargo, los cuerpos tienen esas características en cuanto son cuerpos reales, que tienen determinaciones actuales; la materialidad pura no existe aislada: sólo existen entidades que tienen un ser realizado en condiciones materiales.

                De acuerdo con esta interpretación, la materia prima designa las «condiciones materiales» en las cuales existen los seres naturales. Desde luego, esas condiciones se refieren a características concretas, pero la «materialidad» designa simplemente el modo de ser de lo que existe en ese tipo de condiciones[9]. Vista bajo esta perspectiva, aunque la materia prima suponga un uso substantivo del concepto de materia, posee un contenido que se refiere completamente al uso adjetivo.

                Por consiguiente, al hablar de la materia prima nos referimos a un modo de ser. Se trata de un modo de ser común a todos los entes naturales. Contempladas bajo esta perspectiva, las afirmaciones aristotélicas acerca de la materia prima tienen un sentido claro: la materialidad es un modo de ser que pertenece esencialmente a los entes naturales (aspecto constitutivo); es el ámbito en el que se producen las transformaciones materiales (substrato de los cambios substanciales); se refiere a las condiciones materiales de modo general, no a modos de ser específicos (es substrato indeterminado); y los entes materiales pueden transformarse, en principio, en cualquier otra cosa material (potencialidad pura).

b) La materia segunda

                La noción de «materia segunda» se refiere al substrato de los cambios accidentales, o sea, a la substancia.

                Es importante, subrayar que, cuando se afirma que existe un substrato en los cambios accidentales, sólo se resalta que esos cambios tienen un sujeto. Esto no significa, en modo alguno, que ese sujeto sea inmutable. Por el contrario, los accidentes son determinaciones del sujeto y por tanto, cuando se da un cambio accidental, el sujeto cambia; pero no cambia esencialmente su modo de ser, no se transforma en otro tipo de substancia: cambia accidentalmente. En los cambios accidentales la substancia cambia, pero sólo accidentalmente.

                Esta afirmación es importante porque se refiere a un problema que ha conducido a malentendidos. En efecto, parecería que si se afirma la existencia de un substrato substancial en los cambios accidentales, debería suponerse que ese substrato sea inmutable (porque permanece a través del cambio). Y, sobre esa base, se llega fácilmente a conclusiones que vacían de contenido la noción de substancia: o bien se afirma que la substancia es sólo una categoría mental que no responde a la realidad, porque sólo una idea puede tener una permanencia absoluta y ser inmutable, o bien se niega simplemente la validez del concepto de substancia.

                Por otra parte, la «materia segunda» es una substancia natural, una entidad que posee un modo de ser y unas virtualidades específicas que no se reducen a las condiciones materiales. Ya hemos advertido que no existen substancias puramente materiales, porque la materialidad no es un modo de ser completo: sólo expresa algunas dimensiones del modo de ser de lo natural.

                Se trata también de una afirmación importante, que podría chocar si se conceptualiza la realidad dividiéndola en dos compartimentos completos en sí mismos y que se excluyen: la materia concebida de modo cartesiano, o sea, reducida a las condiciones materiales, y el espíritu concebido como un sujeto que sólo podría actuar sobre la materia «desde fuera». Desde luego, si la materia se reduce a pura exterioridad, el espíritu sólo podría actuar sobre ella exteriormente, porque no habría otra posibilidad: en ese caso, la acción de Dios no afectaría a la interioridad de lo natural (porque no existiría esa interioridad), y la acción del alma humana sobre el cuerpo sería semejante a la del jinete o el timonel que sólo puede actuar y dirigir de un modo externo. Esta perspectiva conduce a serias dificultades en la antropología y en la teología natural.

                También resulta poco satisfactoria en filosofía de la naturaleza, porque despoja a las substancias naturales de las dimensiones relacionadas con su interioridad: parecería que atribuirles una interioridad significaría caer en alguna forma de panpsiquismo o panteísmo, porque la interioridad sería un atributo exclusivo del espíritu. Pero, en ese caso, deberíamos olvidar que los seres naturales poseen un dinamismo propio; que, de modo enigmático pero real, «conocen» su propio modo de ser y el de otros seres, y «saben» cómo pueden comportarse en cada circunstancia; que son sujetos de tendencias; que esas tendencias tienen a veces un carácter cooperativo y hacen posible la existencia de procesos morfogenéticos en los que se producen nuevos modos de ser; que en muchos seres naturales existe una «información» almacenada, que se despliega a través de procesos unitarios muy complejos y sofisticados. En definitiva, deberíamos olvidar una parte muy importante, quizá la principal, del modo de ser de lo natural.

2.4.Características de lo material

                Nos referiremos ahora a algunas características de la naturaleza y de nuestro conocimiento de ella que se encuentran estrechamente relacionadas con la materialidad.

a)    Materia y pasividad

                Las condiciones materiales se relacionan con la potencialidad, porque todo lo material es mutable: puede transformarse no sólo accidentalmente sino también substancialmente.

                En este sentido, se afirma que la materia es principio de pasividad, porque implica la posibilidad de recibir determinaciones nuevas. Aristóteles afirma que "la materia en cuanto materia es pasiva"[10], y que las cosas materiales "si tienen un principio de movimiento, es un principio no de moverse o de actuar, sino de pasividad"[11]

                Sin embargo, esto no se opone al reconocimiento del dinamismo propio en los seres naturales. Basta advertir que la afirmación anterior se refiere a "la materia en cuanto materia", o sea, a las condiciones materiales consideradas con independencia de la interioridad. Se refieren a una consideración genérica de la materialidad, no al modo de ser completo de los seres naturales.

b) Materia e individuación

                Si la materialidad se relaciona con la potencialidad y la pasividad, ¿por qué se afirma que la materia es el principio de individuación en las substancias naturales? En efecto, la individualidad es determinación y concreción; por tanto, parece oponerse a la indeterminación y a la potencialidad.

                Debe advertirse que cuando se habla de la materia como «principio de individuación», se habla de la individualidad numérica. Cada substancia tiene su modo de ser propio, pero cualquier modo de ser natural es, en principio, repetible en diferentes individuos: responde a un «tipo» genérico. En este sentido, un mismo «tipo» existe individualizado en seres que poseen unas dimensiones materiales concretadas en el espacio y en el tiempo: aunque el «tipo» (las determinaciones del modo de ser) sean lo que caracteriza a un individuo, las determinaciones materiales concretas explican que el mismo tipo pueda existir en individuos numéricamente diferentes.

                Por eso, al hablar de la materia como principio de individuación, suele añadirse que se trata de la «materia señalada por la cantidad» (materia quantitate signata). Así se subraya que no se trata de las condiciones materiales indeterminadas, sino determinadas en una cantidad concretada espacial y temporalmente.

c) Materialidad y contingencia

                Se comprende fácilmente que la materialidad implica contingencia, o sea, falta de necesidad. Por una parte, porque lo material es mutable y, de hecho, está sometido a circunstancias que pueden provocar cambios. Y por otra, porque esa mutabilidad se extiende incluso a la esencia de los seres materiales, que pueden dejar de ser lo que son y transformarse en otros seres diferentes.

                En la filosofía aristotélica, la individuación material también representa, sin embargo, un camino que permite a los seres materiales imitar a los incorruptibles, porque un mismo modo de ser puede perpetuarse a través de la multiplicación numérica. Los vivientes, mediante la generación, transmite su modo de ser a otros individuos y, de este modo, se perpetúa la especie aunque perezcan los individuos.

                Bajo otra perspectiva, se suele afirmar que la materia implica necesidad. Pero esta necesidad no se opone a la contingencia que acabamos de examinar. Significa determinación en el modo de obrar, ausencia de libertad. No nos detendremos ahora en los problemas del indeterminismo: cualquiera que sea su solución, es evidente que la autoconciencia y la libertad suponen un modo de ser que trasciende las condiciones materiales.

                Otro aspecto que merece ser consignado es la limitación que la materialidad impone a la consecución de fines determinados. Fácilmente se dan cambios en las condiciones materiales, y así se introduce un cierto azar que se opone a la regularidad perfecta. La experiencia muestra que nuestras posibilidades de actuación se encuentran limitadas por las continuas variaciones de las condiciones materiales.

d) La materia y el conocimiento de la naturaleza

                La materialidad implica, de una parte, la existencia de límites en nuestro conocimiento, y de otra, la posibilidad de un conocimiento mensurable y controlado.

                En el primer sentido, Aristóteles afirma que "la materia cuanto tal es incognoscible"[12].En efecto, algo se conoce a través de su actividad; incluso las propiedades que parecen pasivas, como el color, responden a interacciones: el color se percibe gracias a la reflexión de la luz sobre los cuerpos y a las peculiares interacciones que así se producen entre los fotones de la luz y los electrones de los átomos superficiales de los cuerpos. La materialidad expresa unas condiciones exteriores, prescindiendo, del dinamismo, y de la actividad; esas condiciones no se conocen por sí mismas, sinomediante la actividad que se despliega a través de ellas.

                Además, aunque la exterioridad haga posible el conocimiento sensible (y por tanto, todo nuestro conocimiento), también impone límites: sólo conocemos inmediatamente aquellos aspectos de la naturaleza que son accesibles a los órganos de nuestros sentidos; para conocer los demás aspectos, debemos recurrir a procedimientos indirectos.

                Sin embargo, la materialidad tiene también un sentido positivo en nuestro conocimiento de la naturaleza, porque hace posible el estudio cuantitativo y experimental que se encuentra en la base de las ciencias.

                En efecto, la materialidad proporciona la base para la numeración y el estudio matemático de la naturaleza. Se refiere a dimensiones que tienen una magnitud espacio- temporal y que, por tanto, pueden dividirse, sumarse, someterse a cálculo. Podemos estudiar matemáticamente los aspectos materiales de la naturaleza y, en cambio, los aspectos cualitativos no pueden ser tratados directamente de este modo: sólo pueden estudiarse de modo matemático de modo indirecto, en la medida en que se relacionan con lo cuantitativo.

                La materialidad hace posible, además, la experimentación. Lo material puede ser estudiado mediante experimentos, porque su comportamiento se manifiesta a través de una actividad regular, no libre. Los experimentos científicos deben ser repetibles, de modo que pueda estudiarse cómo cambian algunas magnitudes en función de los cambios de otras, en condiciones controladas. Obviamente, los aspectos relacionados con el espíritu y la libertad no se pueden estudiar con este método, que se aplica, en cambio, a lo material.

                Las consideraciones recién expuestas permiten comprender por qué se puede utilizar el método matemático y experimental para estudiar los aspectos de la naturaleza que se relacionan con la materialidad, y por qué ese método no puede utilizarse para estudiar otros aspectos que, en cambio, son accesibles a la reflexión filosófica.


[1] Aristóteles afirmó que "la ciencia de la naturaleza trata sobre las extensiones, el movimiento y el tiempo": Física,III, 4, 202 b 30-31.

[2] Se encuentra una colección de estudios sobre la evolución del concepto científico y filosófico de materia en: E. McMullin (editor), The Concept of Matter, University of Notre Dame Press, Notre Dame (Indiana) 1963

[3] Cfr. Aristóteles, Física, I, 7

[4]Aristóteles alude a la materia primera en otros lugares: cfr. Física, IV, 9, 217 a 23; Acerca del cielo,III, 6 y 7; Acerca de la generación y la corrupción, I, 3, 317 b 16, 23, y II, 4;  Acerca del alma, II, 1, 412 a 7, 9.

[5] Aristóteles, Física, 1, 9, 192 a 31-33.

[6] Aristóteles, Metafísica, VII, 3, 1029 a 20-26.

[7]  Aristóteles, Metafísica, II, 7, 1049 a 18-26.

[8] Ha propuesto una interpretación semejante Juan Enrique Bolzán, quien concluye que "parece más adecuado hablar no de una «materia» -como sustantivo, tal como si ella fuera uno de los constituyentes del ente- sino de su materialidad cual una de sus notas": J. E. Bolzán, «Cuerpo, materia, materialidad», Filosofia oggi, 14 (1991), p. 516. La coincidencia es significativa, porque responde a dos trayectorias filosóficas completamente independientes.

[9] Esta interpretación coincide con la propuesta por Jesús de Garay cuando afirma que "la materia simplemente es la relación de unas determinadas condiciones llamadas materiales respecto a la forma, ya que esas condiciones en cuanto tales, también son formales": J. de Garay, Los sentidos de la forma en Aristóteles, Eunsa, Pamplona 1987, p. 219. De nuevo, en este caso, la coincidencia responde a caminos independientes. Con respecto a los problemas que estamos tratando, tiene especial interés el capítulo V de ese libro («La forma material», pp. 213-244).

[10]  Aristóteles, Acerca de la generación y la corrupción, I, 7, 324 b 18

[11] Aristóteles, Física, VIII, 4, 255 b 30-31.

[12] Aristóteles, Metafísica,VII, 10, 1036 a 8-9

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