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El modo de ser de lo natural (3°)

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3. Las determinaciones formales

                Para representar las dimensiones asociadas a la interioridad, en la tradición filosófica se utiliza el concepto de «forma», que en la vida ordinaria significa, sobre todo, la configuración o apariencia externa. Analizaremos ahora las dimensiones formales y los significados del concepto de forma. Teniendo en cuenta la estrecha relación que existe entre lo material y lo formal, este análisis corresponderá en gran parte al realizado a propósito de lo material y lo completará: materia y forma son como dos caras de la misma moneda, puesto que se refieren a la exterioridad y la interioridad de la misma realidad.

3. l. Dimensiones de tipo formal

                La extensión espacial, la duración temporal y el movimiento son dimensiones materiales que se refieren a la distensión exterior, a la multiplicidad de componentes. Las dimensiones formales, en cambio se refieren a la coherencia interior, a la unidad: la configuración refleja la unidad espacial de los componentes, la consistencia se relaciona con el mantenimiento de la unidad a través de los procesos temporales, y la sinergia expresa la cooperatividad de los diferentes componentes y procesos. Analizaremos ahora estas tres dimensiones formales básicas.

                La configuración es estructuración espacial; se define como la disposición de las partes que componen una cosa y le dan su figura propia. Los entes naturales son extensos, pero sus partes no se distribuyen al azar: se disponen en configuraciones características. En los sistemas unitarios, la configuración responde a pautas espaciales típicas que se repiten en los diferentes sistemas individuales. La configuración (dimensión formal) corresponde a la extensión (dimensión material) y se complementa con ella: si sólo existiera extensión, lo natural se reduciría a una multiplicidad inconexa de partes distendidas en el espacio; pero lo natural se encuentra estructurado de acuerdo con pautas espaciales. Nuestro conocimiento visual depende completamente del reconocimiento de esas pautas; la ciencia experimental supone su existencia y la confirma: busca conocer pautas espaciales inaccesibles a la experiencia ordinaria, y en muchos casos lo consigue.

                La consistencia se relaciona con la duración temporal; se define como duración estable. La estabilidad de los sistemas naturales depende de la conexión entre sus partes: si esa conexión es débil, la estabilidad será efímera. La consistencia (dimensión formal) corresponde a la duración (dimensión material). La duración de los entes naturales no es una simple permanencia en el tiempo con independencia de su consistencia interior; por el contrario, esa duración es precaria cuando la consistencia es débil. En la naturaleza no existe una consistencia absoluta: todo está sometido al desgaste, a interacciones, a división. La estabilidad responde a una cohesión interior que se mantiene a través de las interacciones. Los vivientes poseen una organización que les capacita para provocar activamente condiciones que favorecen su estabilidad.

                La sinergia se refiere a la organización espacio-temporal. Significa cooperación. La organización de los sistemas naturales depende de la cooperación de los componentes en una unidad funcional. La sinergia (dimensión formal) corresponde al movimiento (dimensión material); expresa la unidad de los diferentes movimientos que tienen lugar en un sistema. La unidad de los sistemas es tanto más fuerte cuanto mayor la cooperatividad de sus partes componentes y de los procesos que en ellos se despliegan.

3.2. Significados del concepto de forma

                Lo formal y lo material son correlativos; por este motivo podemos distinguir el uso adjetivo y el substantivo de la forma, al igual que lo hicimos en el caso de la materia, y en el mismo sentido. Existe, sin embargo, una diferencia importante: en el ámbito de la naturaleza, lo formal siempre existe en condiciones materiales, pero nada impide que puedan existir seres que carezcan de materia. Los dos casos son, pues, asimétricos: es imposible que existan seres cuyo modo de ser se reduzca a pura materialidad, pero es posible que existan seres espirituales, cuyo modo de ser no incluya condiciones materiales. Evidentemente, no nos ocuparemos de esos seres, porque lo natural es material; pero deberemos referimos a la espiritualidad humana: la persona humana pertenece a la naturaleza pero, al mismo tiempo, la trasciende.

a) Significado adjetivo: lo formal

                Así como la «materialidad» expresa que algo existe en condiciones materiales, o sea, que es algo «material» (uso adjetivo del concepto de «materia»), de modo semejante la «formalidad» se refiere a las determinaciones peculiares del modo de ser: ser átomo, proteína, planta, animal, blanco, buen conductor eléctrico, etc.

                En los entes naturales, esas determinaciones no existen fuera de las condiciones materiales. No subsisten de modo independiente, ni se unen a la materialidad de modo exterior: lo formal y lo material se encuentran interpenetrados, entrelazados, formando una realidad unitaria. No se trata de una simple yuxtaposición de dos realidades completas y diferentes. Sólo existe una realidad completa que subsiste con un ser propio: la substancia individual, que posee determinaciones formales que existen en condiciones materiales.

                Por este motivo, también en este caso parece preferible utilizar el lenguaje adjetivo para hablar de las condiciones formales; así se evitan los equívocos que fácilmente surgen cuando se habla de «la forma» en sentido substantivo: ese modo de hablar fácilmente induce a pensar en la forma como si fuera una entidad completa subsistente.

                El uso adjetivo de lo formal tiene un inconveniente que no existe en el caso de lo material. En efecto, en el lenguaje ordinario los términos «formalidad» y «formal» poseen significados que no se identifican con el filosófico. Pero esto no impide que se utilicen frecuentemente en filosofía en su sentido especializado, de acuerdo con una tradición multisecular.

                Desde luego, cuando se estudia el modo de ser humano, resultará necesario introducir ulteriores aclaraciones que permitan reflejar las peculiaridades de la persona y de sus dimensiones espirituales.

b) Significado substantivo: la forma

                Ya hemos aludido a la asimetría entre lo material y lo formal en un caso concreto (el de los seres espirituales). Pero esa asimetría es mucho más amplia. Ello se debe a que, mientras las condiciones materiales son genéricas y en cierto modo comunes a todos los seres naturales, (extensión, duración, movimiento), las determinaciones formales son particulares; y especificas. Las determinaciones formales esenciales son diferentes en cada tipo de seres, y las accidentales también expresan distintos modos de ser. Por este motivo utilizamos incluso términos diferentes en ambos casos: hablamos de condiciones en el caso de lo material, y de determinaciones en el ámbito formal.

                Se comprende, por tanto, que en la práctica se utilice con frecuencia el término «forma» en sentido substantivo, añadiéndole calificativos. Por ejemplo, es difícil no hablar de «forma substancial» o de «forma accidental» cuando se estudian, respectivamente, las determinaciones esenciales o accidentales; o de «la forma» substancial de una entidad química o de un viviente. Siempre se trata de «determinaciones», y eso se expresa mediante el substantivo «forma»; pero las determinaciones son diferentes en cada caso, y por eso se añaden ulteriores calificativos a la forma.

                En el caso de los accidentes, la terminología substantiva también es de uso frecuente y resulta difícil evitarla. Por ejemplo, suele hablarse de «la cantidad», «las cualidades», «la relación», etc.

                De todos modos, lo que realmente importa es el significado que se atribuye a los términos. Bastaría tener presente que las formas substanciales y accidentales de los entes materiales no, son entes completos, no poseen una subsistencia propia, no son sujetos en sentido estricto; si se tiene esto presente, no hay inconveniente en hablar de «la forma» o «lo formal» en sentido substantivo. Pero toda insistencia es poca cuando se trata de este asunto. En efecto, el lenguaje substantivo fácilmente conduce a olvidar el verdadero significado de las formas. Además, las críticas que se han dirigido durante varios siglos al concepto de forma se basan, en gran parte, en los equívocos que intentamos evitar: se piensa equivocadamente que las formas de los seres materiales se refieren a entidades o a partes de entidades. Por estos motivos, parece preferible utilizar, siempre que sea posible, un lenguaje adjetivo o un modo de hablar que evite el peligro de substancializar las formas.

3.3. Forma substancial y accidental

                El concepto de forma ocupa un lugar central en la filosofía aristotélica[1]. El término «forma» suele referirse a la apariencia exterior de una cosa, y se relaciona con su «figura»; este sentido de la forma corresponde a una de las especies del accidente «cualidad». Pero tiene también un sentido mucho más amplio, ya que designa cualquier determinación de los modos de ser: si se trata de un modo de ser substancial, se habla de «forma substancial», y si se trata de accidentes, de «forma accidental».

                En el nivel físico, la forma es correlativa a la materia, ya que es lo que la determina; por consiguiente, a los diferentes tipos de materia corresponden diferentes tipos de forma. En concreto, a la «materia primera» le corresponde la «forma substancial», y a la «materia segunda» las «formas accidentales» (en plural, porque una misma substancia posee diferentes determinaciones accidentales).

a) La forma substancial

                En la filosofía aristotélica, se afirma que las substancias materiales poseen una esencia o modo de ser fundamental que diferencia los distintos tipos de substancias (perro, acacia, aire, etc.). Esas esencias no son simples, sino compuestas: existen en condiciones materiales (materia prima), e incluyen las perfecciones que determinan el modo de ser específico (forma substancial). Materia y forma no son entes completos ni partes físicas, son principios, que se comportan como potencia y acto: la materia prima es el principio potencial e indeterminado, y la forma substancial es el principio actual y determinante.

                La forma substancial se refiere a la interioridad de la substancia: a su modo de ser unitario, y al conjunto de posibilidades de actuar que corresponden al modo de ser. Es acto, energía, naturaleza activa.

                Al mismo tiempo, y precisamente porque expresa el modo de ser específico, la forma substancial corresponde al concepto y a la definición de la substancia: a la idea que expresa el modo de ser específico de cada substancia. De hecho, Aristóteles utiliza dos términos diferentes para referirse a la forma: «morfé,» (forma) y «eidos» (idea). Aunque en una primera aproximación existe una clara correspondencia entre los significados de estos dos términos, no son idénticos. No nos detendremos aquí en este problema exegético que concierne a la interpretación precisa del pensamiento aristotélico. Para nuestro propósito, basta advertir que la forma substancial es un principio real, el principio determinante de la esencia de las substancias materiales; que materia y forma son co-principios  de la esencia, como principio potencial y actual respectivamente; y que la idea o definición de una esencia deberá incluir una referencia a ambos co-principios.

                En la perspectiva aristotélica, la forma substancial viene a ser la «responsable» de la estructuración unitaria de las substancias, de su organización, de su modo de obrar, de sus tendencias.

                Es importante advertir que la forma substancial sólo se da en los entes naturales (que son substancias). Una agregación no posee una unidad esencial, un modo de ser unitario, y por tanto no posee forma substancial. Tampoco la poseen los artefactos, cuya unidad responde a un proyecto externo, a una idea humana: a menos que, a través de procesos artificiales, se produzca una auténtica substancia.

                La forma substancial aristotélica corresponde a un aspecto central de la realidad: el modo de ser característico de cada tipo de substancias. Sin duda, existe el peligro de «cosificar» o «substancializar» la forma substancial, considerándola como un ente completo o como una parte concreta del ente. No es ése el sentido que tiene la forma en Aristóteles ni el que aquí le atribuimos. Por ese motivo, hemos advertido que, en lo posible, el lenguaje substantivo se puede complementar con un lenguaje adjetivo que excluya los equívocos; por ejemplo, para referirse a la «forma substancial» se puede hablar de «modo de ser específico», «modo fundamental de ser», u otras expresiones semejantes.

b) La forma accidental

                La expresión «forma accidental» se utiliza para designar cualquier determinación accidental. Por tanto, todo accidente puede ser denominado «forma accidental».

                En este caso, también existe el peligro de «cosificar» los accidentes, y ese peligro se encuentra relacionado, de nuevo, con el uso substantivo de los términos respectivos: se habla de «la cantidad», «las cualidades», etc., como si fuesen sujetos o entidades.

                Los accidentes son determinaciones de un sujeto substancial, de una substancia individual. Ese sujeto es extenso, es divisible, es blando, posee todo un conjunto de cualidades. No tendría sentido substancializar o cosificar los accidentes. El uso de una terminología apropiada puede ayudar a evitar ese peligro.

                Las formas accidentales se comportan como acto con relación a la substancia, que está en potencia respecto a ellas. Son determinaciones, modos accidentales de ser, y por tanto, se refieren a ser en acto. La substancia, siendo un sujeto actual, está en potencia con respecto a las diferentes formas accidentales, que pueden cambiar sin que varíe el modo de ser esencial de la substancia. Así como la forma substancial es acto de la materia prima, las formas accidentales son acto de la materia segunda (o substancia).

3.4. Características de las formas

                Examinaremos ahora algunas características de la naturaleza que corresponden al concepto de forma.

a) Forma y ser

                Hemos subrayado que las formas no son entes completos. En la terminología clásica se habla de un ens quod o ente que (en plural, entia quibus) para designar a los entes o sujetos propiamente dichos, y de ens quo o ente por el cual (en plural, entia quibus) para designar los principios del ente, que no son entes ni sujetos. De acuerdo con esta terminología, la forma es un ens quo, o sea, un ente por el cual algo es o tiene ser o tiene un determinado modo de ser. Esta terminología sigue siendo substantiva, ya que se habla de las formas como «entes»; pero subraya expresamente que se trata de entes en un sentido especial: no son entes completos, sino determinaciones del ente. En definitiva, importa subrayar que las formas no existen por cuenta propia. Lo que existe son las substancias individuales, que poseen un modo de ser específicamente determinado (forma substancial) que se realiza en condiciones materiales (materia prima).

                En cuanto las formas son determinaciones del modo de ser, se puede decir que los entes tienen ser «a través de» las formas. El dicho clásico «la forma da el ser» (forma dat esse) no puede entenderse como si la forma tuviese un ser propio previamente a su existencia material y, en un cierto momento, lo «comunicase» a la materia o al ente. Lo que tiene ser, actúa, se transforma, es la substancia individual. Pero hay que añadir que la forma real se refiere a un ser real; podemos explicar cómo funciona una célula, pero la célula viva posee un ser real que no se reduce a nuestras explicaciones: «ser célula» es un «modo de ser», y conviene subrayar que es un modo de «ser». En este sentido, es cierto que la forma da el ser; aunque, ciertamente, hay que evitar las posibles interpretaciones substantivas o cosistas de esa expresión.

                En esta misma línea, debe advertirse que, cuando se afirma que la forma es causa (la «causa formal»), esto no significa que la forma cause al modo de la causa eficiente o agente. La causa formal es la determinación del modo de ser.  Pero se trata de una determinación real., de un modo de ser real. Los entes naturales poseen un dinamismo propio que es fuente de actividad; puede decirse en sentido metafórico que todos los entes naturales tienen «vida», sin caer en posiciones hilozoistas o panpsiquistas: lo que suele denominarse materia «inerte», de acuerdo con los conocimientos actuales, tiene un dinamismo propio.

                Por tanto, las formas no se generan ni se corrompen. La forma existe cuando comienza a existir el ente al que corresponde, y deja de existir cuando ese ente se transforma en otro diferente. Se dice que las formas materiales se «educen» de la potencialidad de la materia; esto significa que no poseen un ser propio independiente: se «producen» a partir de las transformaciones que tienen como substrato la materia, son el resultado de esas transformaciones. Los conocimientos actuales sobre la «auto-organización» de la materia se refieren a la producción de nuevas estructuras y patrones de actividad que surgen como consecuencia de las interacciones cooperativas de los componentes.

                Advertimos, de nuevo, que estas consideraciones se refieren a las «formas materiales», o sea, a las formas de los seres naturales que incluyen condiciones materiales y no pueden existir fuera de ellas. Cuando consideramos el caso del alma humana espiritual, deben añadirse nuevas consideraciones que reflejen las dimensiones espirituales y sus implicaciones.

b) Forma y estructura

                ¿Podría identificarse la forma con la «estructura» de los entes materiales? La estructura se relaciona con el modo de ser de los entes naturales, y es un factor en cierto modo «inmaterial», porque se refiere a la organización de los componentes. Parece posible, por tanto, relacionarla con la forma.

                Sin duda, la estructura de los entes materiales tiene estrecha relación con el concepto clásico de forma. Y más todavía si se tiene en cuenta la caracterización de esos entes como sistemas. Según la teoría de sistemas, un sistema está caracterizado por el conjunto de correlaciones entre sus componentes, que se encuentran integrados en una estructura unitaria. Un sistema es más que la yuxtaposición de los componentes. Posee propiedades que no se encuentran en los componentes ni resultan de la mera adición de las propiedades de los componentes. Tiene características teleológicas, ya que existen leyes estructurales que favorecen la estabilidad de determinados aspectos; esto es especialmente manifiesto en los vivientes, pero se da también en otros sistemas inorgánicos, incluso en el mundo atómico regido por leyes cuánticas. Estas características favorecen la aproximación entre las nociones de estructura y de forma.

                Es conveniente, no obstante, precisar dos aspectos de esa relación. En primer lugar, cuando hablamos ahora de estructura, nos referimos a la «organización» de un sistema, que incluye no sólo la estructura espacial (configuración) sino también las dimensiones temporales (procesos cooperativos de los componentes del sistema). En segundo lugar, esa «organización espacio-temporal» no se identifica con la «forma»; es como el «plan» al que responde el conjunto de las relaciones espaciales e interacciones que existen en el sistema: sin duda, ese plan corresponde al «modo de ser» del sistema, pero el concepto de forma se refiere directamente a ese modo de ser, y no se reduce a sus aspectos concretos.

e) Formas y fines

                En la producción artificial, existe un «modelo» de acuerdo con el cual se construye el producto. De modo semejante, en la naturaleza puede decirse que la forma es el modelo conforme al cual se producen los entes naturales.

                En la generación de los vivientes, la forma del generante es el principio de la generación, de acuerdo con pautas determinadas, y a la vez es el fin de la generación,

porque se produce un ser que posee la misma forma específica del generante.

                En la producción de substancias no vivientes, la forma del producto es también el fin, el término hacia el cual tiende el proceso.

                Por consiguiente, la forma y el fin pueden identificarse en los procesos naturales. En los vivientes, se identifican porque la forma del generante y la del generado coinciden específicamente. En los no vivientes, se identifican en cuanto la forma es la meta de las tendencias de los componentes, el término del proceso.

                Es importante esta relación entre forma y fin, porque muestra que la consideración de las formas se encuentra en estrecha conexión con la de los fines. Las críticas a las formas suelen coincidir, en buena parte, con las críticas a la finalidad; y la afirmación de las formas conduce fácilmente a la afirmación de la finalidad.

d) La necesidad de las formas

                En la filosofía aristotélica, se atribuye a las esencias y, por tanto, a las formas, una cierta necesidad e inmutabilidad . Esto parece chocar con la cosmovisón actual, según la cual las entidades naturales son el resultado de procesos contingentes y, en ese sentido, no serían necesarias ni inmutables.

                Estas dificultades se relacionan con la cosmovisión aristotélica, según la cual el mundo es eterno y también lo son, de algún modo, las formas; los cambios consistirían en generaciones y corrupciones individuales dirigidas por las formas y hacia las formas: surgen de las formas y se orientan a la producción de formas, y, por así decirlo, el repertorio total de formas ya está dado de una vez para siempre. En esta perspectiva, la generación y la corrupción sólo afectan a las entidades individuales, mientras que los tipos básicos de entidades son siempre los mismos. No existe propiamente una morfogénesis, entendida como producción de formas nuevas, diferentes cualitativamente de las ya existentes.

                Estas ideas tuvieron una amplia influencia durante muchos siglos. Resultaban coherentes con la visión cristiana del mundo, ya que permitían representar fácilmente la jerarquía de los seres y el orden de la naturaleza. Mantuvieron su influjo incluso cuando, a partir del siglo XVII, se criticó la noción de forma en nombre de la nueva perspectiva científica; en efecto, las leyes naturales que se utilizaron como sustitutos de las formas poseían sus mismas propiedades: se trataba de leyes universales, necesarias e inmutables.

                Sin embargo, el núcleo fundamental del concepto de forma puede ser separado, sin dificultad, de esas ideas. De hecho, esa cosmovisión fue criticada en algunos aspectos importantes, por los pensadores cristianos de los siglos XIII y XIV, e incluso fue objeto, en esa época, de condenas por parte de algunas autoridades eclesiásticas. Esas críticas se referían, sobre todo, a la presunta necesidad y eternidad del mundo; frente al aristotelismo, se subrayó entonces la contingencia y la finitud temporal del mundo. Pero los mismos motivos que condujeron hace siglos a afirmar la contingencia del mundo podrían aducirse ahora para afirmar la contingencia de las formas. En efecto, desde la perspectiva metafísica creacionista, no sólo el mundo en su conjunto, sino las entidades naturales concretas son contingentes. Para afirmar que las entidades naturales no se disuelven en un puro flujo de procesos y que contienen una inteligibilidad, no es necesario afirmar la eternidad de las formas. Tampoco existe, una correspondencia entre la eternidad de las ideas divinas y la eternidad de las formas de las entidades naturales: se trata de dos aspectos diferentes del problema.

                La cosmovisión actual subraya la contingencia de las entidades naturales, que son resultados contingentes de los procesos naturales; por tanto, subraya también la contingencia de las formas. La eternidad y la inmutabilidad de las formas no corresponden a la cosmovisión actual. Pero tampoco son imprescindibles para admitir el significado de las formas tal como aquí se ha explicado, ni para afirmar la inteligibilidad de la naturaleza, ni para afirmar la existencia de un orden natural en el cual se da una jerarquía que culmina en la persona humana.

                Ni siquiera son necesarias como base para un concepto de la naturaleza humana que permita afirmar la existencia de dimensiones morales estables. En efecto, la moral se relaciona con la existencia de dimensiones metafísicas en la persona humana, y estas dimensiones se asientan sobre unas condiciones físicas concretas. Que esas condiciones físicas estén sujetas a cambios nada dice en contra de su existencia actual. Para afirmar la existencia de las dimensiones metafísicas de la persona humana, no es necesario afirmar que siempre se hayan dado las condiciones físicas sobre las cuales se asientan.

e) Las formas y la inteligibilidad de la naturaleza

                Conocemos algo en la medida en que conocemos sus determinaciones positivas, su modo de ser. Por tanto, algo es cognoscible en la medida en que posee un modo de ser específico, una forma. En definitiva, las formas hacen posible el conocimiento de la naturaleza, y la naturaleza resulta inteligible gracias a las formas.

                Las características de la naturaleza se deben a la confluencia de un enorme conjunto de factores, muchos de los cuales son aleatorios. Por lo que se refiere a nuestro ecosistema y, por tanto, a la vida humana, sería suficiente que no hubieran existido o que dejen de existir algunas circunstancias nada extraordinarias para que la humanidad no hubiera existido o deje de existir. Por tanto, la necesidad de las entidades naturales depende de procesos y circunstancias que incluyen factores aleatorios. De ahí resulta que la inteligibilidad de la naturaleza es parcial: no podemos demostrar que necesariamente la naturaleza existe y posee determinadas características, sencillamente porque esa necesidad no corresponde a la realidad.

                Sin embargo, la naturaleza es inteligible. Su existencia responde al despliegue direccional y cooperativo de un dinamismo que conocemos cada vez mejor. Sus características responden a procesos de modelización altamente sofisticados, que manifiestan la existencia de pautas y propiedades holísticas que también conocemos en buena parte. Por consiguiente, a la vez que es parcial, la inteligibilidad de la naturaleza es auténtica.

                Las formas se refieren a las configuraciones, a la consistencia y a la organización de las entidades naturales. Se trata de aspectos auténticos de la realidad; no poseen una necesidad absoluta, pero son reales, y proporcionan el fundamento de nuestro conocimiento de la naturaleza.


[1]  Se encuentra un buen estudio de esta cuestión en la obra ya citada de Jesús de Garay, Los sentidos,, de 1a forma en Aristóteles.

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