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Naturaleza y Metafísica 2º Parte

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1.3. Las objeciones naturalistas

El naturalismo afirma que la naturaleza es la realidad total, o sea, una realidad auto-contenida que no remite a ulteriores fundamentos. Las posiciones naturalistas han encontrado defensores en todas las épocas, pero en la nuestra suelen buscar el apoyo de las ciencias, presentándose, con frecuencia, como si fuesen una consecuencia de la actividad científica, de sus presupuestos, de sus métodos o de sus resultados.

Con frecuencia, las críticas naturalistas contra las pruebas de la existencia de Dios suponen que se recurre a un deus ex machina , una especie de tapa-huecos para rellenar las lagunas de nuestra ignorancia. Esta crítica puede ser válida frente a algunas argumentaciones deficientes, pero no afecta a las pruebas verdaderamente rigurosas.

Por otra parte, el naturalismo científico pretende eliminar de nuestro conocimiento y de la realidad todo aquello que no sea accesible a las ciencias. Pero esta posición supone un cientificismo que es contradictorio en su propio planteamiento, porque su tesis básica no puede ser establecida mediante el método científico, no pertenece a ninguna ciencia.

El naturalismo evolucionista afirma que la evolución permite explicar el orden natural como un resultado de los procesos de mutación, adaptación y selección. Sin embargo, esa explicación no es suficiente. Por una parte, porque la evolución sólo puede darse a partir de algo que ya existe: el método científico no permite explicar la existencia de la naturaleza, que remite a un fundamento radical. Por otra parte, porque la evolución supone la existencia de leyes que, en último término, tampoco pueden ser explicadas completamente por la ciencia. Y además, porque el azar, aunque intervenga en los procesos naturales, no es la causa propia de los resultados de esos procesos: la producción de nuevos seres remite a causas propiamente dichas, que puedan dar razón de la organización real de las entidades naturales.

El esquema darwinista de variación y selección puede proporcionar explicaciones parciales. Pero han de ser completadas con la existencia de disposiciones, tendencias y cooperatividad: deben existir programas que hagan posible el orden real. Conocemos el resultado final; los posibles antecedentes deben ser coherentes con ese resultado, y esto impone condiciones de posibilidad que se refieren al modo de ser de las entidades naturales y a su cooperatividad.

En definitiva, las teorías evolucionistas, mientras permanecen en su ámbito propio, o sea, como explicaciones científicas que dejan la puerta abierta a los interrogantes últimos, no son contrarias, en modo alguno, a la afirmación de la finalidad natural ni de la existencia de Dios. Es interesante subrayar que, en la actualidad, esta conclusión es generalmente admitida, también por parte de los científicos que ocupan un lugar destacado en la defensa del evolucionismo y que no tienen creencias religiosas.

Por motivos semejantes, en el ámbito de la evolución cósmica , las teorías de la cosmología científica que estudian el origen del universo, tampoco llegan hasta el nivel metafísico. El método científico lo impide. La ciencia experimental no puede pronunciarse, ni a favor ni en contra, con respecto a la existencia de Dios.

A veces se presenta el panteísmo como si fuera una idea compartida generalmente por los científicos: sería "la creencia vaga de muchos científicos de que Dios es la naturaleza o Dios es el universo"; y se propone, en esta línea, sustituir al Dios personal creador por "una mente universal que exista como parte de ese único universo físico: un Dios natural, en oposición al sobrenatural"[1]. Pero el panteísmo no tiene ninguna relación con la ciencia y debe afrontar serias dificultades, porque identifica las características de un absoluto divino con las entidades limitadas y mudables de la naturaleza.

Por otra parte, las críticas naturalistas suelen afirmar que el progreso científico se  opone a las pruebas de la existencia de Dios, como si el avance de la ciencia hiciera innecesario admitir la existencia de Dios. Sin embargo, el progreso científico supone que conocemos más leyes y, por tanto, que conocemos mejor el orden de la naturaleza: cuanto más avanza la ciencia, más amplio es nuestro conocimiento del orden natural, y se amplían las bases sobre las cuales se apoyan las pruebas de la existencia de Dios.

En la actualidad, la naturaleza se muestra ante nuestro conocimiento, más que nunca, dotada de orden y racionalidad. La reflexión rigurosa acerca de la naturaleza conduce a plantear el problema de su fundamentación última. El naturalismo no pasa de ser la afirmación gratuita de un postulado, que suele basarse en extrapolaciones ilegítimas.

1.4. Ciencia y trascendencia

¿Es posible conseguir una integración entre la perspectiva científica y los problemas relativos a la trascendencia?

Sin duda, las ciencias y la teología natural adoptan enfoques diferentes. Sin embargo, es posible integrarlos, con tal que se respete su diversidad y se adopte la perspectiva exigida por cada tipo de problemas.

Cada disciplina científica adopta una perspectiva particular, que puede ser denominada una objetivación, porque se refiere a un modo de construir y estudiar su objeto propio: se realiza un corte en la realidad, mediante el cual se centra el estudio en algunos aspectos particulares. Obviamente, cualquier objetivación de este tipo tiene un carácter histórico, pues depende de los conceptos e instrumentos disponibles en cada momento[2]. De este modo se consigue la intersubjetividad científica, que supone la adopción de definiciones y criterios operacionales que, en parte, tienen un carácter convencional. Ese modo de operar permite alcanzar una verdad que es contextual y parcial, pero auténtica.

Dado que cada disciplina científica opera dentro de una objetivación particular, el método científico deja abierta la posibilidad de un estudio dirigido hacia als condiciones radicales del ser. Cualquiera sea la posición metafísica que se adopte, es forzozo reconocer que siempre existe un salto metodológico entre las perspectivas científica y metafísica.

Sin embargo, también se afirma con frecuencia que ambas perspectivas deben relacionarse mediante un diálogo, y que la ciencia conduce hasta cuestiones fronterizas con la teología.  Se trataría de "cuestiones que surgen de la ciencia y que exigen insistentemente una respuesta, pero que, por su naturaleza, trascienden las competencias de la ciencia"[3].

Esos problemas pueden surgir de dos maneras. La primera se refiere a problemas científicos que provocan cuestiones interrogantes metafísicos en los sujetos que los estudian; se comprende que esto suceda, pero sólo afectará al científico como persona individual. En cambio, la segunda se refiere a supuestos generales de la ciencia y a interpretaciones de sus logros; estos problemas son mejores candidatos para ser cuestiones fronterizas. Puede mencionarse en este contexto, sobre todo, la inteligibilidad de la naturaleza, su racionalidad como un buen candidato a ser una cuestión fronteriza: es  parte importante de los supuestos de la actividad científica como tal, sin los cuales la ciencia no tendría sentido. Sin duda existe un largo camino desde la admisión implícita de estos supuestos por parte de los científicos hasta su articulación filosófica. Pero se trata de cuestiones que pueden estudiarse de modo objetivo y que señalan puntos importantes de confluencia entre la actividad científica y las ideas metafisícas.

En cualquier caso, la afirmación de Dios y de un plan divino que gobierna la naturaleza, sobrepasa el nivel propio de las ciencias y remite a razonamientos metafísicos. Pero, por el mismo motivo, no es legítimo negar la existencia de un plan divino en nombre de las ciencias. Las ciencias no permiten  afirmar ni negar que exista un plan divino acerca de la naturaleza, porque se trata de algo que cae fuera de su método: proporcionan conocimientos acerca de las manifestaciones de las dimensiones ontológicas, pero estas dimensiones, sólo pueden tematizarse desde una perspectiva propiamente filosófica.



[1] P. Davies, God and the New Physics, Dent, London 1983, pp. 38 y 223. En publicaciones posteriores, Paul Davies ha evolucionado hacia posiciones menos extremas.

[2]Los aspectos epistemológicos de este problema están tratados con amplitud en: M. Artigas, Filosofía de la ciencia experimental. La objetividad y la verdad en las ciencias, edición, Eunsa, Pamplona 1992; y de modo más divulgativo en: M. Artigas, El hombre a la luz de la ciencia, Palabra, Madrid 1992; Ciencia, razón y fe, 4° edición, Palabra, Madrid 1992; Ciencia y fe: nuevas perspectivas, Eunsa, Pamplona 1992. El enfoque básico coincide en buena parte con el objetualismo realista de Evandro Agazzi: cfr. E. Agazzi, «Eine Deutung der wissenschaftlichen Objectivitát», Allgemeine Zeitschrift für Philosophie, 3 (1978), pp. 20-47; «Vérité partielle ou approximation de la vérité?», en: AA. VV., La na__re de la vérité scientifique, Ciaco, Louvain-la-Neuve 1986, pp. 103- 1 14; «L'objectivité scientifique», en: E. Agazzi (editor), L’objectivité dans les différentes sciences, Editions Universitaires, Fribourg 1988, pp. 13-25.

[3] J. C. Polkinghorne, «A Revived Natural Theology», en: J. Fennema - 1. Paul (editores), Science and Religion. One World: Changing Perspectives on Reality, Kluwer Academie Publishers, Dordrecht 1990, p. 88.

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