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Naturaleza y Metafísica 3º Parte

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2. Naturaleza y persona humana

La relación entre el mundo físico y el espíritu humano es uno de los problemas perennes de la filosofía.  El progreso científico arroja nuevas luces sobre este problema, cuya clarificación depende, en buena parte, de las reflexiones propias de la filosofía de la naturaleza.

Hemos caracterizado lo natural mediante el entrelazamiento de su dinamismo propio con la estructuración espacio-temporal, que se articula en torno a pautas. Y hemos advertido que esta caracterización permite distinguir lo natural de  lo humano, cuyo dinamismo trasciende las estructuras espacio-temporales. Consideraremos ahora las características propias de la persona humana y analizaremos su explicación filosófica.

 

No consideraremos en este apartado las teorías evolucionistas sobre el origen del hombre, porque ya las hemos estudiado en el capítulo dedicado a los orígenes.

2. 1. La singularidad humana

El hombre pertenece a la naturaleza pero, al mismo tiempo, la trasciende. Se encuentra sumergido en el mundo físico, pero es un ser personal que posee dimensiones inmateriales.

La persona humana, tal como aparece ante nuestra experiencia, presenta unas características específicas que la diferencian del resto de los seres naturales.

 

a) Características de la persona humana

Ante todo, el hombre es una persona, o sea, un sujeto capaz de actividad voluntaria y de responder de sus propios actos. Su dinamismo propio se refiere a un principio interior del que nadie, excepto la persona concreta, puede responder. Las personas pueden ser reemplazadas por otras si se trata de ejecutar tareas concretas, pero nadie puede sustituir a nadie cuando se consideran las dimensiones estrictamente personales de la vida humana: la actuación ética, la amistad, el amor.

El carácter personal del hombre se encuentra estrechamente relacionado con la autoconciencia. Su inteligencia no se limita a unas capacidades encaminadas a la acción, sino que capacita a la persona para interiorizar su propia vida y el mundo que le rodea, mediante la reflexión sobre sus propios actos. La inmanencia humana tiene un carácter intencional, lo cual significa que posee una apertura que capacita a la persona para entrar en relación con el resto de los seres.

La persona humana tiene un modo de ser y de obrar que le sitúan por encima del resto de los seas naturales. Es característico del ser humano el conocimiento intelectual, que permite plantear las cuestiones acerca del ser y del sentido, y que se encuentra estrechamente vinculado con la capacidad de elegir y de amar. Al querer y amar, el hombre se determina a sí mismo de modo voluntario, lo cual sólo es posible en un ser que posee conocimiento intelectual. La actividad libre se fundamenta en juicios de valor, que suponen el conocimiento del bien.

Pero la libertad humana no es absoluta, puesto que- se encuentra condicionada no sólo por las circunstancias, sino también por las inclinaciones naturales. La libertad presupone la  naturaleza, y la naturaleza humana tiene unas tendencias que el hombre puede encauzar, pero no modificar a su arbitrio. Esas tendencias incluyen las inclinaciones de la naturaleza física.

La persona humana tiene tendencias espirituales y físicas. En el nivel espiritual, la inteligencia sólo se satisface cuando encuentra la verdad, y la voluntad tiende hacia el bien y la felicidad. Dentro de estas inclinaciones básicas, existe una libertad de actuación, puesto que las realizaciones concretas de la verdad y del bien se presentan marcadas por la limitación y, por consiguiente, no determinan necesariamente la actuación humana.

La distancia que separa al hombre de la naturaleza puramente física es manifiesta. Sin embargo, lo natural-físico forma parte constitutiva del hombre. Las dimensiones físicas no son algo externo o accidental a la persona, sino que constituyen un aspecto básico del ser humano. Pero la persona no se agota en las dimensiones natural-físicas. La peculiaridad de la persona humana consiste en que su naturaleza pertenece a la vez al mundo físico y al mundo espiritual.

b) La espiritualidad humana

La realidad del yo personal, dotado de dimensiones espirituales, es indudable. El problema no consiste en encontrar alguna actividad singular que lo testimonie. Nuestra experiencia está llena de esa realidad: su negación exige violentar todo un conjunto de persuasiones profundas y adoptar actitudes prácticas imposibles. Tenemos experiencia clara y amplia de lo que significa la espiritualidad: personalidad, creatividad, amistad, capacidad de argumentación y crítica, actuación ética, libertad, apreciar los valores, responsabilidad.

El carácter simultáneamente material y espiritual de la persona humana tiene aspectos difíciles de conceptualizar, pero responde fielmente a la experiencia Lo físico en el hombre es humano, nunca puramente animal; se encuentra compenetrado con las dimensiones espirituales características de la persona. A la vez, la vida espiritual se realiza junto con las capacidades psíquicas, biológicas y físicas. Todo lo humano se encuentra encamado y espiritualizado. El hombre es a la vez material y espiritual.

El modo de ser material se encuentra esencialmente vinculado a las condiciones materiales, y se articula en grados progresivos de inmaterialidad, lo cual no significa independencia total de las condiciones materiales, sino la existencia de unos cauces materiales proporcionales, o sea, una organización material que hace posible la existencia de modos de ser más perfectos.

Podemos contemplar la naturaleza bajo dos perspectivas que pueden denominarse «ascendente» y «descendente». La perspectiva ascendente contempla la naturaleza desde las condiciones materiales, cuya progresiva organización hace posible la existencia de modos de ser gradualmente más perfectos. La perspectiva descendente contempla la naturaleza como el resultado de la acción metafísica fundante, que da el ser a las entidades naturales en todos sus aspectos, y proporciona el fundamento que hace posible la existencia de la naturaleza. Las dos perspectivas son complementarias. La perspectiva ascendente corresponde a las dimensiones de la naturaleza que se manifiestan ante la experiencia y son estudiadas con detalle por las ciencias, y la perspectiva descendente corresponde a las dimensiones metafísicas que sirven como fundamento radical a la naturaleza.

El nivel humano se encuentra en continuidad con los niveles inferiores de la naturaleza. Pero la persona posee unas características singulares que se encuentran en un nivel cualitativamente superior al de las demás entidades naturales. Esto es un hecho claro, y resulta lógico utilizar un término específico para designar ese tipo de características. En ese sentido hablamos de cualidades espirituales.

La utilización del término espiritual en este sentido no plantea ningún problema, ya que se trata sólo de representar las cualidades específicamente humanas, cuya existencia es patente. Los problemas surgen cuando nos preguntamos por las relaciones entre la espiritualidad humana y las condiciones materiales. Es el problema que examinamos a continuación.

c) Materia y espíritu en la persona. humana

Consideraremos los cuatro problemas que se plantean las relaciones entre la  espiritualidad humana y las condiciones materiales. El primero es epistemológico, y se refiere a la posibilidad de observar manifestaciones concretas de las dimensiones espirituales. El segundo es ontológico y se refiere a la caracterización del modo de ser propio de lo espiritual y a la coexistencia de lo espiritual y lo material. El tercero es metafísico, y se refiere a la necesidad de admitir una acción divina para dar razón de la espiritualidad humana. El cuarto es existencial, y se refiere a la supervivencia del espíritu humano después de la muerte.

Respecto al problema epistemológico resulta obvio que, teniendo en cuenta la unidad de la persona humana, es inútil buscar manifestaciones de la espiritualidad humana que no se encuentren relacionadas en modo alguno con las condiciones materiales. La existencia de las dimensiones espirituales es patente, pero también lo es que la actividad humana se encuentra mediatizada por las condiciones materiales. La búsqueda de dimensiones no mezcladas con lo material equivaldría a buscar un fantasma que se alojaría en algunos huecos del organismo humano, y ese fantasma no existe. Sin embargo, las dimensiones propiamente espirituales se manifiestan a través de toda la actividad consciente de la persona, y el progreso de la ciencia experimentar es uno de los mejores ejemplos de ello: aludiremos a ello en el apartado siguiente.

Respecto al problema ontológico, el modo de ser propio de la persona incluye como parte constitutiva el modo de ser natural, pero lo trasciende. La persona posee un dinamismo propio que sobrepasa las posibilidades de las pautas espacio-temporales, tal como lo muestra, por ejemplo, su capacidad de plantearse interrogantes y deseos que caen fuera del ámbito de lo espacio-temporal, y su capacidad de auto-determinarse libremente sobre la base del conocimiento de los valores éticos. Pero el dinamismo de la persona es unitario y, por tanto, el problema de la interacción entre lo espiritual y lo material responde a un planteamiento equivocado. En efecto, supone de algún modo que en la persona humana existen dos realidades diferentes que interactúan de modo exterior, lo cual no corresponde a la realidad. La persona posee un ser único, y aunque su modo de ser incluye dimensiones materiales y espirituales que tienen manifestaciones específicas, ambas se encuentran compenetradas en un modo de ser único.

El problema metafísico no ofrece ninguna dificultad que no se encuentre ya presente en el caso de las entidades puramente naturales. Es necesario admitir la acción divina fundante tanto en el caso de la persona como con respecto a los demás seres naturales. Cuando se habla de una creación especial del alma humana, lo que es especial son los resultados de la acción divina, o sea, las dimensiones espirituales de la persona, pero la acción divina fundante se encuentra por encima de lo natural en cualquier caso, y no sólo en el caso del hombre. Por tanto, esa creación especial no significa, por así decirlo, una alteración del curso ordinario de la naturaleza, como si la naturaleza fuese independiente de la acción divina y esta acción sólo se diera en el caso del hombre. Dios da el ser a todo lo que existe en la naturaleza, y lo peculiar en el caso del hombre es que el resultado de la acción divina posee una «densidad ontológica» que supera el modo de ser propio de las entidades naturales. Además, el modo de ser de la persona humana es posible porque existen unas condiciones naturales muy específicas; por tanto, también bajo este punto de vista puede advertirse que la creación especial del alma humana se encuentra en continuidad, y no en oposición, con el curso ordinario de la naturaleza.

Sin duda, el problema existencial, que se refiere a la supervivencia del alma humana después de la muerte, es el más difícil. Sin embargo, si la persona humana posee unas dimensiones ontológicas que suponen una participación en el ser propio de la divinidad, y su ser depende de la acción divina, resulta lógico que, cuando las condiciones naturales hacen imposible la continuación de la vida humana en su modo de ser completo, la persona continúe viviendo en su ser espiritual. En caso contrario, para que el espíritu dejase de existir, haría falta una aniquilación, o sea, una acción divina que parece contradecir a la acción creadora. Las dificultades principales provienen de la dificultad de representar la vida humana en condiciones no naturales, pero se trata de dificultades secundarias, porque se deben a nuestras posibilidades de representación. 

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