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Los Orígenes III

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4. El origen del hombre

4. 1. El proceso de hominización

4.2. El hombre a la luz de la ciencia

a)     Hombre y animal

b)    Creatividad científica y singularidad humana

c)     El reduccionismo naturalista

4.3. La espiritualidad humana

5. Las fronteras del evolucionismo

 Los problemas de los orígenes alcanzan su punto culminante cuando se considera el origen del hombre. Es lógico que así sea, no sólo porque es el problema que más directamente nos afecta, sino también porque, si bien pertenecemos al nivel natural, poseemos también dimensiones espirituales que lo trascienden.

Consideraremos a continuación, en primer lugar, el proceso de la hominización, que se refiere al origen evolutivo del organismo humano, y en segundo lugar, analizaremos las características específicamente humanas y su relación con el proceso evolutivo[1].

4. 1. El proceso de hominización

Es frecuente referirse al posible origen del organismo humano a partir de otros vivientes diciendo que "el hombre proviene del mono". Obviamente, esta afirmación, en su tenor literal, es falsa: el hombre no proviene de ninguno de los primates que existen en la actualidad, y ningún científico afirma tal cosa. Lo que afirman las teorías evolucionistas es la existencia de un remoto antepasado común del que provendrían tanto el hombre como los póngidos o simios antropoides (chimpancé, orangután y gorila).

Se discute sobre identidad y caracteres de ese antepasado común, y también sobre su antigüedad; podría haber existido hace unos 20 millones de años. Y también se discute cuándo se separaron las líneas respectivas; los avances en la biología molecular conducen a fechas más recientes de cuanto se pensaba anteriormente. Tampoco existe unanimidad acerca de la separación de las diferentes ramas: existen varias hipótesis que son objeto de -debate científico, aunque por lo general suele admitirse que el chimpancé es el antropoide más próximo al hombre.

En cuanto a la filogenia de los homínidos, que conduce hasta el hombre actual, suele darse como válida la secuencia: «Australopithecus» (desde hace 4 millones de años), «Homo habilis» (desde hace 2,5 millones de años hasta hace 1 millón), «Homo erectus» (desde hace 1,6 millones de años hasta hace 200.000 años), «Homo sapiens» (desde hace 130.000 años). El hombre actual existiría desde hace unos 30.000 años.

Sin embargo, por lo que se refiere a los detalles concretos, también en este ámbito existen dificultades y diferencias de opinión entre los científicos[2]. En definitiva, las dificultades para reconstruir el origen del hombre siguen siendo grandes. Entre los científicos se encuentra una unanimidad casi total acerca del hecho, o sea, del origen del hombre actual a partir de los antepasados mencionados, junto con importantes discrepancias acerca de las explicaciones concretas, o sea, cuándo y cómo se originaron las diversas ramas, y cuándo puede decirse que un fósil concreto corresponde a un ser humano en sentido pleno. Por ejemplo, está claro que el «Australopithecus» no era un ser propiamente humano, pero las opiniones divergen cuando se trata de indicar cuál sería el primer ser verdaderamente humano: algunos sugieren que sería el «homo habilis», aunque poseyera una capacidad craneal muy inferior a la del hombre actual[3], y otros parecen inclinarse por seres muy posteriores.

El estudio del ADN mitocondrial, que se hereda de la madre, ha sido utilizado para sostener que, según la genética, una mujer africana, de hace 200.000 años, fue nuestro antepasado común; sus descendientes habrían sustituido a otros humanos primitivos que existían en otros lugares (en realidad, esos datos parecen conducir sólo a una población concreta, no a una mujer individual). Sin embargo, algunos paleontólogos no comparten esta conclusión[4].

No parece fácil que se despejen completamente las incógnitas mencionadas, aunque los futuros avances de la ciencia pueden proporcionar datos que por el momento son imprevisibles.

4.2. El hombre a la luz de la ciencia

Nos referiremos ahora a los interrogantes principales que plantea el evolucionismo en el caso del hombre, que se refieren a las diferencias entre el hombre y los demás animales, centrando nuestras reflexiones alrededor de la ciencia.

a) Hombre y animal

Las controversias en torno al evolucionismo siempre se han centrado, de modo particular, en tomo a las diferencias entre el hombre y los demás animales. El punto principal de discusión es si el hombre posee una naturaleza esencialmente, superior a la del resto de los animales o se trata solamente de una diferencia de grado.

Esas controversias tienen ya una larga historia, pues se remontan a Charles Darwin. En El origen de las especies de 1859, Darwin no desarrolló con amplitud el tema del hombre. Lo abordó en 1871, en su obra La descendencia del hombre y la selección sexual, cuyos capítulos 111 y IV tienen como título Comparación de las facultades mentales del hombre con las de los animales inferiores. Desde el comienzo, Darwin enuncia su tesis básica, según la cual, desde el punto de vista de las facultades intelectuales, no existe ninguna diferencia fundamental entre el hombre y los mamíferos superiores. Después de examinar las principales características humanas, incluyendo el lenguaje, el pensamiento abstracto, el sentido moral y la religión, Darwin concluye que, por considerable que sea la diferencia entre el hombre y los animales superiores, se trata sólo de una diferencia de grado, y no de especie.

La discusión continúa en la actualidad. Por ejemplo, Stephen Jay Gould afirma que la diferencia entre el hombre y el animal es sólo una diferencia de grado, y añade: “estamos tan atados a nuestra herencia filosófica y religiosa que seguimos buscando algún criterio de división estricta entre nuestras capacidades y las del chimpancé.....  Se han puesto a prueba multitud de criterios, y, uno tras otro, han fracasado. La única alternativa honrada es admitir la existencia de una estricta continuidad cualitativa entre nosotros y los chimpancés. Y ¿qué es lo que salimos perdiendo? Tan sólo un anticuado concepto del alma para ganar una visión más humilde, incluso exaltante, de nosotros mismos y nuestra unidad con la naturaleza"[5].

 Sin duda, existe una continuidad entre el hombre y los demás animales. Pero, incluso si se admite que el organismo humano proviene de otros organismos a través de la evolución, las características específicamente humanas continúan siendo reales: basta pensar en el conocimiento intelectual, la capacidad de autorreflexión, la capacidad de argumentar, el sentido de la evidencia y de la verdad, la libertad, los valores éticos.

En realidad, el problema no consiste en encontrar algún criterio capaz de mostrar que existe una diferencia básica entre el hombre y los animales inferiores. Es muy claro que existe esa diferencia, tal como puede mostrarse, por ejemplo, reflexionando sobre la ciencia. En efecto, es interesante notar que la ciencia, en cuyo nombre se quiere a veces borrar la diferencia esencial entre el hombre y los demás animales, es una de las pruebas más claras de que existe tal diferencia, ya que la ciencia sólo es posible porque el hombre posee una capacidad teórica y argumentativa que no se encuentra en los vivientes inferiores.

b) Creatividad científica y singularidad humana

En concreto, afirmamos que el progreso de la ciencia experimental manifiesta con especial claridad la existencia de las dimensiones específicas de la persona humana. Analizaremos ahora el sentido de esta afirmación, refiriéndonos a la actividad científica, a sus métodos, a sus resultados, y a sus supuestos o condiciones de posibilidad.

La actividad científica se dirige hacia un doble objetivo: el conocimiento de la naturaleza y su dominio controlado. No se busca ninguno de los dos por separado, sino una combinación peculiar de ellos: se trata de conseguir un conocimiento que pueda ser sometido a control experimental.

El científico adopta una actitud muy especial frente a la naturaleza. Desea conocerla, pero encuentra una dificultad fundamental: que la naturaleza no habla. Por tanto, para conocer muchos aspectos de la naturaleza que no aparecen ante la experiencia ordinaria, debe encontrar un modo de sonsacarle sus «secretos». El método científico es, esencialmente, el camino que el hombre ha encontrado para interrogar a la naturaleza de manera que ésta responda a sus preguntas.

El método científico es extraordinariamente sutil, y no puede extrañar que no se consolidase hasta el siglo XVII. Algunos han afirmado que se trata de observar la naturaleza, de recoger con cuidado los datos y de sistematizarlos en leyes, pero esto es una caricatura de¡ método realmente utilizado en las ciencias. Este método consiste en formular hipótesis y someterlas a control experimental pero esto sólo es posible si se utilizan conceptos que puedan ser definidos matemáticamente y puedan ser relacionados con procedimientos de medición: y estas exigencias complican extraordinariamente el problema.

Para advertirlo hasta pensar en los conceptos científicos más sencillos, tales como la masa, la velocidad, el tiempo y la temperatura. Todos tenemos una idea intuitiva de esos conceptos. Sin embargo, para que sean útiles en la ciencia, esa intuición es completamente insuficiente. Debemos definirlos de tal manera que puedan formar parte de relaciones matemáticas y, a la vez, podamos atribuirles valores concretos de acuerdo con los resultados de las mediciones. ¿Cómo lo conseguimos? No existen procedimientos automáticos. Es necesaria una capacidad creativa, por un lado, y una capacidad argumentativa, por otro.

Consideremos el aspecto teórico. ¿Cómo se suman las magnitudes? En el caso de las masas, se trata de una suma aritmética: la masa es una magnitud escalar. En cambio, las velocidades son magnitudes vectoriales, y se suman de acuerdo con la regla del paralelogramo. Y las temperaturas no se suman de ninguno de estos dos modos. Pero estas reglas no se obtienen por simple observación de hechos ni tampoco mediante un puro ejercicio mental; es necesario un trabajo creativo cuyos resultados han de someterse luego al control experimental.

Pero, si consideramos el control experimental, los problemas no son menores. Para medir, hay que disponer de unidades, y la definición de las unidades conduce a dificultades nada triviales. Por ejemplo, para determinar los valores del tiempo, debemos disponer de un movimiento que se repita periódicamente a intervalos iguales, y tomar como unidad una fracción de su duración; pero, ¿cómo sabemos que un movimiento es periódico, si todavía no sabemos medir el tiempo? La dificultad es real. Si se trata de la temperatura, para medirla necesitamos una ley que relacione los valores de la temperatura con los valores de alguna magnitud que podamos observar directamente, tal como la dilatación del volumen de un líquido o de un gas; pero, de nuevo, ¿cómo sabemos que esa ley es correcta, si todavía no sabemos medir la temperatura?

Estas dificultades son auténticas, y aumentan considerablemente cuando consideramos magnitudes más abstractas, tal como se hace continuamente en la ciencia experimental.

Por otra parte, aun suponiendo que ya dispongamos de una buena hipótesis y sepamos medir los valores de las magnitudes, ¿cómo podemos estar seguros, mediante el control experimental, de que esa hipótesis es verdadera? Aunque comprobemos en muchos casos que corresponde con los datos de experiencia, siempre es posible que aparezcan nuevos casos en los cuales la hipótesis no funcione: la historia de la ciencia es pródiga en importantes ejemplos.

Sólo hemos aludido a algunas dificultades básicas, bien conocidas por quienes estudian la metodología de la ciencia. No se trata de casos especiales; por el contrario, esas dificultades, y otras semejantes, explican que en la actualidad existan notables discrepancias entre los expertos a la hora de juzgar el alcance de las demostraciones científicas.

En esas condiciones, se comprende que la ciencia experimental exige fuertes dosis de creatividad y de argumentación. De hecho, la ciencia existe, y su progreso es muy notable. Esto sólo es posible porque la persona humana posee unas capacidades que le han permitido desarrollar métodos enormemente sofisticados, gracias a los cuales puede estudiar aspectos de la naturaleza que se encuentran muy alejados de las posibilidades de observación, formulando hipótesis muy elaboradas y sometiéndolas a control experimental mediante técnicas no menos refinadas.

Por consiguiente, el análisis de la ciencia experimental muestra el carácter completamente singular de la persona humana, ya que esa ciencia supone unas capacidades que no se dan en otros seres naturales. Se trata de una manera de enfrentarse ante la naturaleza, de estudiarla y de dominarla, que sólo es posible porque poseemos la capacidad creativa, que nos permite idear métodos y conceptos; la capacidad argumentativa, que permite evaluar las soluciones, el sentido de la evidencia , que se encuentra implícito en la capacidad argumentativa; la capacidad de auto-reflexión, sin la cual sería imposible la existencia de las capacidades mencionadas. Además, estas capacidades se refieren a la combinación de lo racional y lo empírico, de tal modo que manifiestan la interpenetración de ambos aspectos en la persona humana.

En definitiva, el progreso de la ciencia experimental muestra que la persona humana posee dimensiones materiales y racionales que se encuentran inter-penetradas. El materialismo y el empirismo por un extremo, y el idealismo y el apriorismo por el otro, no consiguen dar razón de la ciencia experimental, y de hecho, tropiezan con dificultades insalvables cuando intentan proponer una imagen de la ciencia que corresponda a la actividad científica real y a sus logros[6]. La reflexión sobre las características de la ciencia experimental muestra que sólo una antropología en la cual se reconoce la existencia y mutua inter-penetración de las dimensiones materiales y racionales en la persona humana, se encuentra en condiciones de explicar la actividad científica y sus logros reales.

c) El reduccionismo naturalista

El naturalismo afirma que el hombre en su totalidad es el resultado de una evolución biológica que se explica mediante procesos naturales. Este naturalismo no es una teoría científica, sino una doctrina filosófica. En efecto, el método científico incluye como ingrediente básico la posibilidad de control experimental, y ese control se apoya en la existencia de fenómenos repetibles y observables; por tanto, si en la persona humana existen dimensiones espirituales, se encontrarán fuera del alcance del método experimental.

El naturalismo no es un resultado de las teorías científicas. Lo que la ciencia experimental puede estudiar de acuerdo con su método propio es el origen y las características del organismo, así como aquellos aspectos de la persona que puedan relacionarse con experimentos repetibles; por tanto, no la persona en su totalidad. Si se afirma que todos los aspectos de la persona pueden estudiarse de acuerdo con el método científico, se afirma algo que cae fuera de los límites de la ciencia experimental; y si esa afirmación se presenta como si estuviera probada por la ciencia o como si fuese una consecuencia de la ciencia, se adopta una posición cientificista que es ¡legítima, falsa y contradictoria.

La afirmación de las dimensiones espirituales de la persona no depende del origen de su organismo. Para advertirlo basta considerar que el organismo de cualquier persona procede de una sola célula que, a su vez, procede de la unión de un espermatozoide y un óvulo; este hecho es seguro, pero de ahí no puede extraerse ninguna consecuencia, ni favorable ni contraria, acerca de la espiritualidad humana. Lo mismo vale en el caso de las teorías evolucionistas científicas que, por principio, no pueden llegar a las cuestiones que se refieren a la espiritualidad.

En este contexto, los equívocos surgen cuando las teorías evolucionistas se exponen como si exigiesen interpretaciones materialistas, naturalistas o reduccionistas que, en realidad, no son científicas. Las doctrinas naturalistas y materialistas nada tienen que ver con las teorías científicas acerca de la evolución. Y, cuando se presentan como científicas, son un ejemplo de pseudo-ciencia ¡legítima. Para negar la espiritualidad humana en nombre de la ciencia, es preciso adjudicar a los conocimientos científicos un alcance que realmente no poseen, y esto exige distorsionar el uso correcto del método científico.

Estas consideraciones no se, dirigen en contra de las teorías evolucionistas. Sólo pretenden mostrar la ilegitimidad del reduccionismo naturalista.

El reduccionismo suele afirmar que las características peculiares de la persona se explican mediante la complejidad del cerebro. Pero, si bien es cierto que las capacidades humanas no podrían darse sin un cerebro tan complejo y organizado como el que tenemos, también es fácil comprender que las neuronas no piensan, ni quieren, ni deciden. Quienes pensamos, queremos y decidimos somos nosotros. La creatividad, la moralidad, y las demás características que nos distinguen del resto de los animales, se refieren a una persona. Tenemos una clara conciencia, tanto psicológica como moral, de que somos personas. El materialismo no sólo tropieza con problemas; lo que le sucede es que no puede dar razón de los hechos más básicos, o sea, los que tienen que ver con nuestra condición de personas.

4.3. La espiritualidad humana

La singularidad humana corresponde a unas dimensiones que suelen denominarse espirituales para distinguirlas de las condiciones materiales. La espiritualidad humana significa que la persona humana posee unas características que trascienden las condiciones materiales.

Algunos parecen pensar que es preciso criticar a las teorías evolucionistas si se pretende afirmar la espiritualidad del hombre. Sin embargo, los problemas acerca del espíritu se plantean también aunque se prescinda del evolucionismo. En efecto, sabemos con certeza que el organismo de cada uno de nosotros ha comenzado su existencia siendo una célula; desde luego, una célula viva, humana, y programada para producir nuestro organismo entero: pero, al fin y al cabo, una célula. Por tanto, cuando se afirma que poseemos dimensiones espirituales, se trasciende el nivel biológico. Tanto si pensamos en cada ser humano actual, como si nos referimos al origen de los primeros seres humanos, la afirmación de la espiritualidad humana se basa en las características específicas que poseemos, sea cual sea el origen de nuestro organismo.

Las dimensiones espirituales exigen un substrato real, que suele denominarse alma. Además, si se tiene en cuenta que trascienden el ámbito de lo natural, exigen una intervención especial de Dios, mediante la cual crea el alma humana espiritual. Esta afirmación en nada se opone a las leyes naturales ni al espíritu científico; simplemente se afirma que, junto con las dimensiones que pueden ser estudiadas por la ciencia experimental, existen otras (las espirituales) que, por trascender el ámbito natural, también trascienden el ámbito de las ciencias. Pero son dimensiones reales, que deben admitirse para explicar los datos de experiencia y la existencia de la ciencia.

Finalmente, puede resultar oportuna una referencia al monogenismo, o sea, a la doctrina según la cual todos los hombres procedemos de una única primera pareja. A veces se afirma que, si se admite la evolución, el monogenismo sería insostenible, y debería afirmarse el poligenismo, o sea, el origen a partir de un conjunto de seres humanos primitivos. Sin embargo, el asunto es más complejo. El poligenismo no es tan sencillo como parece a primera vista. ¿Habrían llegado a ser verdaderamente humanos diferentes seres a lo largo de toda una época? Desde luego, no poseemos ninguna prueba científica de ello. En el ámbito estrictamente científico, es difícil llegar en este terreno a conclusiones definitivas. Pero es interesante advertir que, desde el punto de vista de la ciencia, no hay ninguna razón que fuerce a admitir que el origen del organismo humano por evolución implicaría el poligenismo, y no existe ninguna dificultad de principio para explicar el origen de la humanidad actual a partir de una única primera pareja.

5 . Las fronteras del evolucionismo

Las fronteras de la ciencia experimental se encuentran en los límites del control experimental. Las realidades y dimensiones espirituales, por principio, no pueden ser sometidas a control experimental. Esto no significa que no pueda probarse su realidad, sino que esas pruebas son de carácter metafísico: se apoyan en los datos de experiencia, pero utilizan el razonamiento para establecer las condiciones de posibilidad de lo que conocemos mediante la experiencia.

   Si aplicamos esta idea a las teorías evolucionistas, se pueden señalar tres problemas básicos que se encuentran más allá de sus fronteras.

 El primero es la creación del universo. En sentido estricto, la creación se refiere a la producción de un universo que antes no existía en absoluto. Esta cuestión cae totalmente fuera del alcance de la ciencia. ¿Cómo podría controlarse mediante experimentos u observaciones? Haría falta observar la nada, o la creación misma: pero ambas cosas son imposibles. Por tanto, el problema de la creación pertenece al ámbito de la metafísica. Puede probarse que ha debido darse la creación; pero los razonamientos que lo apoyan van más allá de las posibilidades de la ciencia experimental.

 El segundo es el problema del alma humana. Sólo puede someterse a control experimental lo que es material y, por tanto, sigue las leyes de la materia. Los experimentos siempre incluyen la observación a través de nuestros sentidos y de instrumentos. Pero el espíritu no se ve, ni puede someterse a experimentos científicos. El espíritu es interioridad, personalidad, auto-conciencia, amor, libertad. Todos sabemos bien qué significa todo esto. El espíritu es lo que conocemos mejor; ha sido objeto de estudios profundos desde la antigüedad, mientras que ha costado miles de años comenzar a conocer con cierto detalle la materia. El espíritu es completamente real, y todos tenemos experiencias continuas de nuestras dimensiones espirituales. Pero no se lo puede observar o someter al control experimental propio de las ciencias. Por tanto, las teorías de la evolución traspasan ¡legítimamente sus fronteras si pretenden extenderse hasta el ámbito del espíritu, sea para afirmarlo o para negarlo.

El tercero es el problema de la acción de Dios en el mundo. Las ciencias formulan leyes acerca del mundo, pero la existencia del mundo y de sus leyes no depende de nuestra ciencia. La naturaleza tiene un dinamismo propio. Podemos intervenir para transformarla, pero siempre de acuerdo con sus leyes. La ciencia se apoya en ese dinamismo y en esas leyes; si no existieran, tampoco existiría la ciencia. Y el método de la ciencia experimental no le permite descifrar cuál es la clave de la existencia de la naturaleza, de su dinamismo y de sus leyes. La reflexión metafísica permite afirmar que esa clave se encuentra en la acción de Dios, que da el ser y conserva en el ser a todo lo que existe, le da sus leyes propias, y hace posible el funcionamiento de la naturaleza. No tiene sentido negar esa acción divina en nombre de la ciencia. Se trata de una cuestión que  sobrepasa sus fronteras.

Otros problemas fronterizos son los que se refieren a la finalidad y al azar. En este caso, las ciencias pueden decir su palabra, pero se trata de problemas que sólo pueden ser tratados con rigor desde una perspectiva filosófica. Por ejemplo, los partidarios del denominado principio antrópico subrayan que la existencia del hombro, es posible porque las leyes básicas de la física, y las sucesivas estructuras en los niveles físico, químico y biológico, son muy específicas; sin duda, estas consideraciones resultan útiles para examinar la finalidad natural, pero han de ser completadas con reflexiones que permitan abordar el problema de la finalidad en su nivel propio, que es filosófico.

Afirmar que las ciencias tienen fronteras no significa minusvalorarlas. El progreso de las ciencias depende, en gran parte, de la deliberada elección de un método particular  que se limita a estudiar las dimensiones de lo natural que pueden relacionarse con el control experimental.

Por otra parte, la perspectiva metafísica permite comprender en toda su profundidad el significado de la naturaleza en la vida humana, cosa que no es posible si se adopta un reduccionismo naturalista. La aparente exaltación de la ciencia y de la naturaleza por parte del cientificismo y del naturalismo conduce, si se desarrolla de modo consecuente, a una visión empobrecida en la cual se pierde el significado auténtico de la vida humana, que queda reducida a un accidente dentro de un proceso evolutivo carente de finalidad. En cambio, la perspectiva metafísica fundamenta una visión de la naturaleza que se encuadra dentro de las dimensiones antropológicas y éticas de la existencia humana.



[1] Se encuentra un buen resumen de los datos científicos acerca de la hominización, junto con interesantes reflexiones acerca de los aspectos filosóficos y teológicos, que incluyen una propuesta original del autor, en: R. Jordana, «El origen del hombre. Estado actual de la investigación paleoantropológica», Scripta Theologica, 20 (1988), pp. 65-99.

[2] Puede verse al respecto, por ejemplo: S. L. Washburn, «La evolución de la especie humana», en la obra colectiva Evolución, Labor, Barcelona 1982, pp. 128-137; D. Pilbeam, «Origen de los hominoideos y homínidos», Investigación y Ciencia , n' 92, mayo 1984, pp. 48-58. Aunque cada vez se dispone de más datos, Pilbeam concluye: "al mismo tiempo, han aumentado las dudas sobre el grado de confianza que puede inspirar cualquier relato de la evolución humana. ¿Qué precisión y qué fiabilidad pueden alcanzar esas reconstrucciones?  ..... La tarta, los diversos estadios primitivos de la evolución humana, se nos presenta por ahora de digestión muy dura".

[3] Se encuentra esta opinión en: R. Jordana, «El origen del hombre. Estado actual de la investigación paleoantropológica», cit. La capacidad craneana del «homo habilis» podría llegar a los 775 centímetros cúbicos, frente a los 1.345 del «homo sapiens»; sin embargo, se ha sugerido que poseía las bases fisiológicas necesarias para poder hablar y, por tanto, que podría poseer las principales características humanas: cfr. P. V. Tobias, «Recent Advances in the Evolution of the Hominids with Especial Reference to Brain and Speech», en: C. Chagas (editor), Recent Advances in the Evolution of Primates, Pontificia Academia Scientiarum, Città del Vaticano 1983, pp. 85-140.

[4] Se exponen ambas posiciones en Investigación y Ciencia, n° 189, junio 1992: A. C. Wilson y R. L. Cann («Origen africano reciente de los humanos», pp. 8-13) argumentan a favor; A. G. Thorne y M. H. Wolpoff («Evolución multirregional de los humanos», pp. 14-20) lo hacen en contra.

[5] S. J. Gould, Desde Darwin , Hermann Blume, Madrid 1983, p. 53.

[6] Esta idea se encuentra ampliamente ilustrada en: S. L. Jaki, Angels, Apes and Men, Sherwood Sugden, La Salle (Illinoís) 1982. 

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