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Las propiedades de lo natural 2ª Parte

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2. Dimensiones cuantitativas

Las dimensiones cuantitativas se refieren a la estructuración espacio-temporal. Consideraremos ahora las características espaciales, las temporales y su entrelazamiento, enmarcando ese estudio en un análisis previo de las relaciones entre substancia, materia y cantidad.

2.1. Substancia, materia y cantidad

Las substancias naturales existen en condiciones materiales. Hemos representado esa «materialidad» mediante el concepto clásico de «materia prima», que se refiere a las condiciones materiales en general. La materialidad forma parte de la esencia de las substancias naturales: se encuentra incluida en el modo de ser básico de esas substancias.

La materialidad se refiere a las condiciones espaciales, a las temporales, y a su combinación en el movimiento. Pero se refiere a ellas de modo genérico: cuando se afirma de algo que es material, sólo se dice que existe en ese tipo de condiciones.

Cuando nos referimos a esas condiciones materiales de modo concreto, hablamos de la. extensión, la magnitud, la localización, la duración, etc. Es fácil advertir que estas dimensiones concretas pueden variar, al menos dentro de ciertos límites, sin que cambie el modo de ser esencial de la substancia. En este sentido, puede decirse que se trata de dimensiones accidentales. Y, para representar de modo unitario esas dimensiones accidentales cuantitativas, se utiliza el concepto de «cantidad», y se habla de «la cantidad» de las substancias naturales.

Afirmamos ahora que la cantidad es un accidente de las substancias naturales. Esta afirmación incluye implícitamente dos: que la, cantidad es un modo de ser real, y que ese modo de ser no se identifica  con el modo de ser de las substancias.

En primer lugar, veamos por qué la cantidad es un modo de ser real. Por una parte, todas las substancias naturales poseen dimensiones espaciales; si no las poseyeran, se reducirían a un punto inextenso: pero los puntos inextensos, como los empleados por la matemática, sólo existen en nuestra mente, nunca se trata de entidades reales. Por otra  parte, las substancias naturales poseen también dimensiones temporales: de nuevo podemos pensar en «instantes» sin duración, pero también en este caso, cuando aplicarnos el concepto de «instante» al devenir, se trata de una idealización de la duración real. Podemos concluir que las substancias naturales poseen dimensiones espaciales y temporales reales. Pero cuando hablamos de «la cantidad», indicamos precisamente que las substancias poseen un modo de ser que incluye ese tipo de dimensiones: se trata, por tanto, de un modo de ser real.

Podría parecer que ese modo de ser no sólo es real, sino que pertenece al aspecto esencial de las substancias; en efecto, ¿no corresponde a la «materialidad», que es esencial a las substancias naturales? Afirmamos, sin embargo, que la cantidad es un modo de ser accidental, un accidente. En efecto, ya hemos señalado que, cuando hablamos de la cantidad, nos referimos a las condiciones materiales concretas de las substancias, y que esas dimensiones pueden variar sin que cambie el modo esencial de ser: se encuentran, por tanto, en el nivel de los accidentes.

Es preciso añadir que, aunque la cantidad exprese un modo de ser accidental, se trata de un accidente que afecta directamente al modo de ser de la substancia. y se da  siempre en cualquier substancia material: precisamente porque se refiere a la concreción de la materialidad. En este sentido suele decirse que la cantidad es un accidente intrínseco, a diferencia de otros accidentes (tales como una relación puramente externa, o la localización con respecto a otros cuerpos ). Y se añade que es un accidente derivado de la materia, para subrayar que expresa las condiciones materiales de las substancias.

Todavía suele añadirse que la cantidad es el primer accidente de las substancias naturales. Esta primacía se refiere al carácter de «sustrato» básico que posee la cantidad, y significa que los demás accidentes afectan a la substancia «a través de» la cantidad. Por ejemplo, el color, la dureza, la visión, o cualquier otra característica de las substancias naturales, existe en condiciones materiales, afecta a partes extensas, actúa a través de órganos y procesos distendidos en el espacio y el tiempo. Así se subraya aún más el entrelazamiento entre lo cuantitativo y lo cualitativo.

Se refieren a la cantidad algunas características como la magnitud, la divisibilidad y la numerabilidad, que se dan en cada substancia, en cada proceso, y en cualquiera de sus partes, y se refieren tanto a lo espacial como a lo temporal. Trataremos ahora de otras características que se relacionan de modo específico con las dimensiones espaciales y las temporales.

2.2. Características espaciales

Las dos características espaciales básicas son la extensión, que se refiere al aspecto interno de las entidades, y la localización, que depende de las relaciones con otras entidades. Consideraremos estas dos características, y también el espacio, que es un concepto abstracto estrechamente relacionado con ambas.

a) La extensión

Según la definición clásica, es extenso lo que tiene partes que están unas «fuera» de las otras (partes extra partes, en latín). Es fácil advertir que esta definición es casi una tautología, ya que la idea de partes mutuamente externas se limita a explicitar lo que ya implica la idea de extensión. Pero es inevitable que sea así; en efecto, la extensión es un concepto primario que difícilmente puede explicarse utilizando conceptos más conocidos.

La idea de extensión se relaciona con la experiencia sensible, sobre todo con la que proviene de la vista, del oído y del tacto. La aplicamos, sobre todo, a las entidades; pero la ampliamos, también en la vida ordinaria, a todo lo que implica distancias espaciales. En este sentido ampliado se encuentra estrechamente vinculada al concepto de espacio, que analizaremos más adelante.

Casi todas las discusiones filosóficas se centran en tomo al espacio, y de la extensión como tal, no parece posible decir gran cosa. Sin embargo, subrayaremos un aspecto que no suele mencionarse y que ocupa un importante lugar dentro de nuestra perspectiva. Se trata de la estructuración espacial.

Hemos subrayado desde el principio, en efecto, que la estructuración es un aspecto básico de lo natural; y además que, aunque no todo son pautas, en la naturaleza todo se articula en torno a pautas. En el ámbito espacial, esas pautas son las configuraciones. Estas ideas desempeñan una importante función en vistas a representar fielmente lo natural. En efecto, mientras nos detengamos tan sólo en la extensión, obtendremos una imagen indiferenciada de la naturaleza que, por el contrario, posee unos modos de ser muy específicos que en buena parte se manifiestan a través de las configuraciones espaciales.

El mecanicismo identificó la substancia corpórea y la extensión. En consecuencia, la naturaleza venía reducida a dimensiones cuantitativas indiferenciadas, que nada tenían que ver con lo cualitativo. Esta imagen conectaba fácilmente con la negación pura y simple de las cualidades, cuya objetividad se negaba, reduciéndolas a las alteraciones provocadas en los sujetos cognoscentes por una naturaleza «cualitativamente neutra». La reducción mecanicista proporcionó la base para la negación de toda dimensión no cuantitativa, y se presentó como si estuviera avalada por la ciencia matemática de la naturaleza, que sería el único camino para conseguir conocimientos auténticos sobre la naturaleza.

Afirmamos, por el contrario, que la reducción de la substancia corpórea a la extensión, no se adecúa a nuestra experiencia y, menos aún, al progreso de la ciencia. Que no se adecúa a la experiencia es patente, porque conocemos lo natural a través de sus cualidades sensibles. Pero si consideramos la ciencia, advertimos que lo material adopta, en todos sus grados de organización, configuraciones específicas que pueden describirse mediante pautas matemáticas; por tanto, nada tiene que ver con la imagen «indiferenciada» del mecanicismo, propia de un estadio muy poco desarrollado de la física matemática.

Estas consideraciones muestran que existe una estrecha relación entre lo cuantitativo y lo cualitativo. Equivalen, en efecto, a afirmar que la extensión real se articula en torno a pautas específicas, y que una extensión «homogénea» o «indiferenciada» corresponde más bien a una idealización.

b) La localización

La localización o adjudicación de un «lugar» siempre incluye relaciones de unos cuerpos con otros, porque «dónde» se sitúe un cuerpo depende de su relación con los cuerpos circundantes. Ni siquiera es siempre fácil esa localización en la experiencia ordinaria: en efecto, aprendemos a localizar los cuerpos mediante un conjunto de experiencia muy variadas que tienen un valor limitado; por ejemplo, nos es difícil situar los cuerpos lejanos con cierta precisión. Las ciencias proporcionan procedimientos para conseguir localizaciones fiables en muchos casos que resultan difíciles e incluso imposibles para el conocimiento ordinario. Pero siempre la localización  se refiere a algún marco de referencia.

Resulta lógico, por tanto, que tradicionalmente se haya afirmado que el accidente dónde (ubi, en latín) es un accidente extrínseco.

En la cosmovisión aristotélica, según la cual la Tierra era inmóvil y se encontraba en el centro del universo, resultaba posible adjudicar a los cuerpos un «lugar natural» hacia el cual tendían por su propia naturaleza mediante movimientos igualmente naturales, de acuerdo con su composición: los cuerpos celestes poseían un movimiento circular y perpetuo en sus propias esferas, y los cuerpos sublunares poseían movimientos naturales que venían determinados por los elementos que los componían (ya que los cuatro elementos se definían mediante sus cualidades básicas, dos de las cuales eran la tendencia hacia «arriba» y hacia «abajo»)[1]. Este fue uno de los aspectos criticados y superados por la nueva ciencia del siglo XVII. Desde ese momento, el concepto de «lugar» dejó de tener especial interés filosófico: en las ciencias es muy importante, por supuesto, determinar la localización, de los cuerpos y de todos los aspectos de la naturaleza, pero se trata de un problema que debe abordarse con los instrumentos conceptuales y experimentales propios de las ciencias.

Sin embargo, en la actualidad han adquirido nuevo auge los problemas relacionados con la localización, pero por otros motivos. El problema de la «localidad» o «no localidad» se encuentra en el centro de las discusiones en tomo a la física cuántica, y parece tener repercusiones científicas de gran alcance[2]. Ese problema se relaciona con el de la «separabilidad», y con la posibilidad de acciones físicas que se propaguen a una velocidad más rápida que la de la luz. Se trata, en pocas palabras, de saber hasta qué punto y de qué manera están conectados sucesos que en apariencia son independientes. Algunos experimentos parecen indicar que, en algunos casos, existen correlaciones que no corresponden a las ideas intuitivas[3]. Desde el punto de vista filosófico, la existencia de esas correlaciones parecería sugerir nuevas perspectivas sobre la unidad de la naturaleza y las conexiones estructurales entre sus componentes: de nuevo, todo lo contrario de la imagen analítica mecanicista.

c) El concepto de espacio

El concepto de «espacio» surge de una ampliación de los conceptos de extensión y de distancia: engloba todas las extensiones y todas las relaciones de distancia.

¿A qué tipo de realidad se refiere el concepto de espacio? Propiamente hablando, se trata de una idealización: lo que existe en la realidad natural son cuerpos que poseen una extensión e interacciones que se extienden hasta ciertas distancias. Mediante el concepto de espacio se intenta representar una especie de «recipiente» donde se encuentran esas realidades. Pero si el recipiente tiene una realidad física, consistirá también en cuerpos e interacciones, y si no la tiene, se tratará de un ente «ideal», de una «relación de razón» que sólo existe en nuestra mente, aunque en la realidad se encuentre un fundamento para construir ese concepto: el fundamento es la extensión real de los cuerpos y las relaciones de distancia.

Cuando predominó la cosmovisión antigua que representaba el universo como un conjunto «cerrado» de seres, con unos límites fijos, el concepto de espacio tenía poca importancias lo realmente importante eran los «lugares» que ocupaban o hacia los cuales tendían los cuerpos. En cambio, cuando se afianzó la física matemática en el siglo XVII, la situación se invirtió: el universo se representaba como contenido en el espacio homogéneo e infinito de la física newtoniana y, por el contrario, el problema de los lugares naturales dejó de tener relevancia. Bajo la autoridad de Newton y sobre la base de experimentos que parecían concluyentes aunque realmente no lo eran, se admitió que ese espacio era «absoluto», o sea, que poseía una existencia propia independientemente de su contenido, y en ese contexto se planteaba la existencia del «movimiento absoluto» con respecto a esa referencia fija.

Debido al enorme éxito de la física newtoniana, la idea del espacio absoluto fue admitida generalmente en la ciencia durante más de dos siglos, y tuvo importantes repercusiones filosóficas: por ejemplo, influyó notablemente en la formulación de la filosofía kantiana. Kant advirtió correctamente que el espacio absoluto no podía tener existencia propia, pero, convencido de la verdad definitiva de la física newtoniana, sostuvo que ese espacio era una de las dos formas «a priori» de nuestra sensibilidad: nuestro aparato cognoscitivo estaría construido de tal manera que las sensaciones desordenadas captadas por nuestros sentidos vendrían integradas, en una primera fase, por esas dos formas, la del espacio y la del tiempo; que eran «a priori» significaba que su validez no derivaba de la experiencia. Bajo el influjo de Kant, el espacio fue considerado como una condición básica de nuestro conocimiento.

A finales del siglo XIX y principios del XX, se plantearon serias dudas en el ámbito científico sobre el carácter absoluto del espacio (y del tiempo). El experimento de Michelson-Morley en el nivel empírico, y la posterior formulación de la teoría de la relatividad especial por Albert Einstein en 1905, mostraron que el concepto de espacio absoluto era inadecuado. Además, en la relatividad especial se fundían, de algún modo, los conceptos de espacio y tiempo en un continuo espacio-temporal. Esa nueva situación científica provocó nuevos planteamientos que se extendieron también al ámbito filosófico.

La situación se complicó de nuevo cuando, en 1915, Einstein formuló la teoría de la relatividad general. En efecto, la relatividad general ha sido interpretada como una «geometrización de la física», porque sustituye las fuerzas físicas por cambios en la curvatura del espacio-tiempo. Parecería, entonces, que el concepto de espacio no sólo recuperaba protagonismo científico, sino que se convertía en la trama básica de la naturaleza. Pero puede advertirse que también podría hablarse de una «fisicalización del espacio»: en efecto, la equivalencia entre la curvatura del espacio-tiempo y las fuerzas muestra que el espacio-tiempo de que se habla es un modo de representar las interacciones físicas.

Las teorías sobre el origen del universo conducen hasta un estado primitivo que, por el momento, sólo puede ser abordado mediante, teorías altamente hipotéticas y especulativas. Esas teorías se basan en la relatividad general, e intentan compaginarla con la física cuántica (por eso se denominan teorías de la «gravedad cuántica»). De acuerdo con las hipótesis más difundidas, el espacio y el tiempo perderían su sentido intuitivo en los primeros instantes del universo; se habla de «transiciones topológicas» que significarían la formación de estructuras espacio-temporales, a partir de las cuales se originaría la materia.

¿Qué puede concluirse, en definitiva, acerca de la realidad del espacio? Se puede afirmar que el concepto de espacio no se refiere a una realidad que tenga existencia propia. El espacio «absoluto», independiente de su contenido, no existe. Y acerca de las especulaciones actuales sobre estructuras espacio-temporales sin materia, como ya hemos advertido, más que de una «espacialización de la física» debería hablarse de una «fisicalización del espacio»; en efecto, si las condiciones físicas puede representarse mediante estructuras espacio-temporales, lo que esto significa es que esas estructuras tienen un significado físico real: no se trata, por tanto, de un espacio-tiempo que, con independencia de la realidad física, posea una existencia propia.

También puede afanarse que el espacio no es una forma «a priori» de nuestro conocimiento, como Kant afirmó. Sin duda, nos representamos los cuerpos situándolos en esquemas espaciales. Esta representación se refiere a la extensión y a las relaciones de distancia, que son reales; pero no implica ideas particulares acerca del espacio: en concreto, no implica un receptáculo homogéneo e infinito, como sugería Kant.

Con respecto a la infinitud del espacio, en todas las  épocas se ha planteado un interrogante que parece conducir a conclusiones paradójicas. En efecto, si se afirma que el espacio es infinito, debe afirmarse que existe un universo infinitamente extenso, lo cual es difícilmente admisible; y si se afirma que tiene límites, no se sabe en qué consistirían esos límites, porque no existiría nada fuera de ellos. La teoría de la relatividad ha propuesto una interesante solución: el espacio sería finito, pero ilimitado; como una esfera que tiene un volumen finito pero puede ser recorrida por quien se mueva en su superficie sin que nunca encuentre límites. Esta idea puede arrojar alguna luz sobre este difícil problema que, en cualquier caso, se refiere propiamente a los límites del universo y no a los del espacio, porque el espacio no tiene una realidad independiente de su contenido material.

2.3. Características temporales

Las dos características temporales básicas son la duración, que se refiere tanto a la permanencia en el ser de las entidades como a la magnitud de los procesos, y la situación temporal, que expresa las relaciones temporales con respecto a algún marco de referencia. Consideraremos ahora estas dos características, así como el tiempo, que (como el espacio con respecto a la extensión y la localización), es un concepto abstracto construido a partir de la duración y de las relaciones temporales.

 

a) La duración

La duración se refiere a la sucesión temporal. La idea de la sucesión temporal se basa en nuestra experiencia inmediata; es una idea primaria que no se reduce a otras más conocidas.

Nuestra existencia no se agota en un instante: se extiende en una sucesión temporal; y lo mismo sucede con todas las entidades naturales. La duración es algo real. Además, la duración se refiere a una sucesión temporal que tiene una dirección única y determinada: el presente va dejando atrás la existencia pasada, que sólo permanece en el recuerdo y a través de sus consecuencias.

En la perspectiva de la física matemática, resulta útil conceptualizar el tiempo como una magnitud que sirve de punto de referencia para construir algunas magnitudes (por ejemplo, la velocidad se refiere a la distancia recorrida en un tiempo determinado, y la aceleración a los cambios de velocidad en el tiempo), y para medir las variaciones de otras. A estos efectos, el tiempo es una «variable independientes transcurre de modo uniforme, sin ser afectado por los procesos que en él se desarrollan, e incluso resulta indiferente su dirección: las ecuaciones de la física clásica son correctas tanto si se supone que el tiempo transcurre desde el pasado hacia el futuro como en el caso contrario. En este contexto, se dice que los procesos descritos por esas ecuaciones son «reversibles».

Sin duda, tal perspectiva es legítima, y resulta fructífera para aplicar las matemáticas al estudio de la naturaleza. Pero la duración real depende de las condiciones físicas y tiene un sentido que va del pasado al futuro. El progreso científico ha puesto de relieve la direccionalidad de la sucesión temporal real, mostrando que la reversibilidad del tiempo es un artificio teórico que no refleja la irreversibilidad de los fenómenos reales: esto ya fue puesto de relieve por el segundo principio de la termodinámica en el siglo XIX, ha sido destacado por las teorías evolucionistas, y ha sido subrayado con nueva fuerza por los estudios científicos más recientes sobre los procesos irreversibles.

En el ámbito filosófico, Bergson destacó enérgicamente la función central que la duración real desempeña en la representación e interpretación de la naturaleza. No es necesario admitir toda la filosofía hergsoniana para advertir que, en este punto, tenía razón. Se trata de un aspecto al que se reconoce gran importancia en la cosmovisión actual y que, una vez más, muestra la conexión entre lo cuantitativo y lo cualitativo. En efecto, la duración real no se reduce a una simple sucesión cuantitativa indiferenciada; por el contrario, supone actividad física, emergencia de novedades, situaciones irrepetibles.

El entrelazamiento de lo temporal y lo cualitativo se manifiesta de modo típico en la existencia de ritmos naturales. Los ritmos son pautas temporales, y se encuentran por doquier en la naturaleza; de modo especial, en los vivientes: los procesos que se desarrollan en los organismos dependen esencialmente de procesos rítmicos o periódicos. Esto significa que los procesos naturales se articulan en torno a pautas típicas. Una vez más, el progreso científico muestra la importancia de los factores cualitativos: la perspectiva analítica redujo el tiempo a una magnitud matemática, homogénea, indiferenciada y reversible; pero a través de esa perspectiva se han conseguido muchos conocimientos particulares que han conducido, en el ámbito estrictamente científico, a una perspectiva sintética en la cual se han recuperado las características cualitativas de la duración real.

b) La situación temporal

Uno de los nueve accidentes aristotélicos es el cuándo, que se refiere a la situación temporal.

De modo semejante al dónde espacial, el cuándo es una determinación relativa, porque sólo es posible hablar de ella con respecto a alguna referencia. Es, por tanto, una determinación extrínseca, ya que no expresa el modo de ser propio de las entidades a las que se aplica. Pero si responde a relaciones temporales auténticas, se trata de una característica real.

Sin embargo, aunque las relaciones temporales respondan a la realidad, surgen dificultades nada triviales cuando se intenta medirlas. La teoría especial de la relatividad puso de relieve esas dificultades; Einstein señaló, en concreto, que las medidas de los intervalos temporales dependen de la situación del observador, y formuló las ecuaciones que permiten determinar las duraciones en los diferentes casos.

Esta dificultad resulta lógica y corresponde incluso a la experiencia ordinaria. Por ejemplo, obtendremos valores diferentes si medimos la duración de un fenómeno desde una situación relativa de reposo o desde un tren que pasa a gran velocidad por el lugar donde ese fenómeno tiene lugar (y algo semejante sucede con relación a las distancias). Cuando los fenómenos se desarrollan a velocidades muy grandes, los cambios en las medidas son también grandes, y resulta necesario utilizar las fórmulas de la relatividad especial.

Sobre esa base se han planteado algunos nuevos problemas con respecto a la situación temporal, que se refieren a la simultaneidad y a la relación entre pasado y futuro.

Sobre la simultaneidad, se plantea una pregunta desconcertante: ¿es posible afirmar que existe realmente sucesos simultáneos? Parecería imposible, en efecto, afirmar la simultaneidad real, ya que cualquier medición temporal se referirá a condiciones particulares de observación y las diferentes mediciones no coincidirán. Sin embargo, la dificultad sólo afecta a las mediciones concretas, no a la existencia real de la simultaneidad: aunque resulte imposible determinar la simultaneidad de fenómenos muy distantes mediante mediciones, es posible afirmar que esa simultaneidad existe en cada momento: ahora se están produciendo muchos fenómenos simultáneos en diversas partes de la Tierra y del universo, independientemente de las dificultades que podamos encontrar cuando intentamos determinar cuantitativamente esa simultaneidad.

El problema de la simultaneidad condujo a la paradoja de los mellizos. Se trata de dos mellizos idénticos, uno de los cuales permanece en la Tierra mientras el otro viaja a gran velocidad en una nave espacial; cuando la nave vuelva a la Tierra, como la duración medida en la nave y en la Tierra es diferente, los mellizos tendrán diferente edad y, por tanto, aspecto también diferente. Sin duda, esta paradoja pone de relieve que, como hemos señalado, la duración real se encuentra entrelazada las condiciones físicas concretas: unas condiciones diferentes producirán efectos también diferentes; pero la duración temporal, si los mellizos vuelven a encontrarse, será la misma para ambos. Debe tenerse además en cuenta que la nave espacial viaja en diferentes direcciones cuando se aleja de la Tierra y cuando vuelve a ella; por tanto, no sólo las duraciones relativas, sino incluso los efectos físicos podrían compensarse.

Otros problemas se refieren a la relación entre pasado y futuro. A propósito de la duración, hemos subrayado la irreversibilidad de las sucesiones temporales reales. Se ha afirmado, sin embargo, que los efectos relativistas podrían permitir, por ejemplo, los «viajes al pasado», que incluirían la insólita posibilidad de provocar cambios en los sucesos pasados y, por tanto, en las situaciones reales del presente. Esta extraña posibilidad se ha relacionado con «túneles del tiempo», que se relacionarían con las condiciones físicas exóticas que se darían, por ejemplo, en los agujeros negros. En este caso parecen confundirse las construcciones teóricas de la física matemática y la sucesión temporal real. En efecto, no pueden identificarse las posibilidades contenidas en un modelo matemático con las posibilidades reales, y no cabe apelar en este caso al éxito de las teorías científicas. Ya hemos señalado, por ejemplo, que la física clásica trata el tiempo como si fuera reversible; en realidad, esto no es cierto, pero ello no impide que la física clásica pueda aplicarse con gran éxito en numerosos casos: la aplicabilidad de una teoría no significa que todos los aspectos de los modelos que utiliza reflejen directamente la realidad. Estas observaciones valen también en el caso de las teorías actuales: los procesos naturales son irreversibles, y ninguna teoría matemática puede cambiar su sucesión temporal real.

e) El concepto de tiempo

Aristóteles definió el tiempo como el número del movimiento según el antes y el después[4]. En esta definición se subraya que el tiempo mide cuánto dura un movimiento; por tanto, como medida, el tiempo corresponde a algo real (la duración del movimiento) y, a la vez, implica un sujeto que efectúe la medida[5].

Habitualmente, se utiliza un concepto general de «tiempo» que supone una ampliación de los conceptos de duración y de relación temporal: engloba todas las duraciones y todas las relaciones temporales.

Se trata de un concepto análogo al de «espacio» y, de hecho, las reflexiones que hemos expuesto a propósito del concepto de espacio pueden aplicarse, con las oportunas matizaciones, al concepto de tiempo. En concreto, el tiempo no corresponde a una entidad real: son reales la duración y las relaciones temporales, pero el tiempo no tiene una existencia independiente de ellas. Por otra parte, el tiempo no es una condición «a priori» de nuestro conocimiento, al estilo kantiano, porque no existe un tiempo homogéneo, como un receptáculo vacío donde se sitúen los acontecimientos.

La historia de los conceptos de espacio y tiempo también coincide en gran parte[6]. No es preciso, por tanto, repetir las observaciones que a propósito del espacio se hicieron sobre la física newtoniana, donde se afirmaba, junto al espacio absoluto, un «tiempo absoluto» independiente de su contenido; ni la afirmación kantiana del tiempo, también junto al espacio, como condición a priori del conocimiento sensible; ni la crítica relativista que afectó a estas ideas igual que a las relacionadas con el espacio; ni las teorías actuales acerca de un espacio-tiempo independiente de la materia. Nos limitaremos a subrayar que, también en este caso, la duración y las relaciones temporales poseen una realidad que no se identifica con los modelos de la física matemática.

El progreso científico ha puesto de relieve un aspecto que fue subrayado en la antigüedad y olvidado bajo la presión de la física newtoniana: la existencia de un tiempo propio, relativo a cada proceso concreto. De acuerdo con la definición aristotélica antes citada, aunque puedan adoptarse sistemas estandarizados para medir el tiempo, en sentido estricto a cada tipo de movimiento le corresponde un tiempo propio. Frente al tiempo absoluto, homogéneo e indiferenciado, postulado como algo real por la física newtoniana y como una condición de nuestro modo de conocer por la filosofía kantiana, en la actualidad se advierte de nuevo que las dimensiones temporales reales se relacionan con los modos de ser específicos de las entidades y de los procesos. Sin duda, es posible adoptar sistemas estandarizados para medir el tiempo, pero lo natural se encuentra surcado por estructuras y pautas temporales que determinan sus características específicas, y el progreso en el conocimiento de la naturaleza depende, en gran parte, del conocimiento de los ritmos temporales.

Por fin, nos podemos plantear también el problema de la infinitud temporal. Aristóteles la afirmó, argumentando que el movimiento no podía tener un comienzo ni un final. Tomás de Aquino corrigió a Aristóteles, mostrando que su argumento en favor de la infinitud temporal del universo no era concluyente; sin embargo, afirmó que la finitud temporal del universo no es demostrable racionalmente y que sí lo es, en cambio, la creación: distinguió, por tanto, el problema de la creación y el del origen temporal, y sostuvo que Dios podía haber creado el universo con una duración indefinida, aunque el cristiano sabe por la revelación que no fue así. Además, la «duración indefinida» que Tomás de Aquino admite como una posibilidad teórica que de hecho no se ha dado, no se identifica con la «eternidad» divina: Dios está fuera del tiempo, posee perfectamente, la plenitud del ser sin verse sometido al devenir propio de lo temporal[7].

2.4. Compenetración de lo espacial y lo temporal

En la teoría de la relatividad., espacio y tiempo se encuentran no sólo relacionados, sino de algún modo unidos, formando un continuo espacio-temporal. Esta idea corresponde al entrelazamiento, que hemos subrayado, de lo espacial y lo temporal con las condiciones físicas reales y, por tanto, entre sí.

Con frecuencia se piensa en lo espacial y lo temporal como si se tratase de dimensiones completamente separadas, pero esta idea no corresponde a la realidad. Por ejemplo, cuando miramos a las estrellas las vemos tal como existían hace decenas, centenares o miles de años (según su distancia de la Tierra), y nuestra imagen espacialmente unitaria no corresponde a la realidad.

Las configuraciones espaciales existen en un flujo temporal y, a su vez, el tiempo propio de cada proceso depende de las condiciones espaciales que lo determinan. En definitiva, aunque podamos distinguir las dimensiones espaciales y las temporales, en la naturaleza ambas se encuentran estrechamente entrelazadas.



[1] Cfr. M. Rigau, Lugar y espacio, Promociones Publicaciones Universitarias, Barcelona 1986.

[2] Es un problema difícil y muy debatido, sobre el cual no existe unanimidad entre los científicos Puede verse, por ejemplo: M. Redhead, Incompleteness, nonlocality, and realism, Oxford University Press, Oxford 1987. Se atribuyen importantes repercusiones tanto científicas como filosóficas a este problema en: A. Suarez, «Unentscheidbarkeit, unbestimmtheit, Nicht-Lokalität. Gibt es unverfügbare Kausalverbindungen in der physikalischen Wirklichkeit?», en: H. C. Reichel - E. Prat (editores), Naturwissenschaft und Weltbild. Mathematik und Quantenphysik in unserem Denk- und Wertesystem, Verlag Hölder-Pichler-Tempsky, Wien 1992, pp. 223-264.

[3] El experimento más citado en este sentido es el realizado por Alain Aspect y su equipo en París, en 1982. Viene a ser una versión del experimento ideal propuesto por Einstein en 1935, a propósito de las primeras discusiones sobre la teoría cuántica, conocido como experimento EPR por las iniciales de los autores del artículo donde fue propuesto: A. Einstein - B. Podolsky - N. Rosen, «Can Quantum-Mechanical Description of Reality Be Considered Complete?», Physical Review, 47, (1935), pp. 777-780. Se encuentra una breve introducción divulgativa a estos ternas en: M. Artigas, El hombre a la luz de la ciencia, Palabra, Madrid 1992 (capítulo «El microcosmos y el hombre», pp. 47-70).

[4] Aristóteles, Física, IV, 11, 219 b 1-2.

[5] 6 Cfr. J. Conill, «¿Hay tiempo sin alma?», Pensamiento, 35 (1979), pp. 195-222; El tiempo en la filosofía de Aristóteles. Un estudio dedicado especialmente al análisis del tratado del tiempo (Física IV, 10-14), Facultad de Teología San Vicente Ferrer, Valencia 1981.

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